Haiku

by Administrator 30. junio 2009 10:11

Sin perspectiva,

condenado a ser mar

sucumbe el río.

 

 

 

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La rabia

by Administrator 30. junio 2009 08:39

           Le había salvado otra vez, pero no dejaba de intentarlo. Le advertí:

          --Si Rayo te muerde morirás.

          --Mejor -me contestaba-. Si va a morir, quiero irme con él. Es mi único amigo.

          --Pero nosotros somos tu familia. Él es un simple perro.

          --Es mentira. Sois unos monstruos. Me hacéis trabajar de sol a sol. Duermo seis horas y sólo descanso para comer. Mientras lo hago juego con Rayo. Es mi única diversión.

          No dije una palabra más. Maté al perro, tiré de la cadena con fuerza y le obligué con el látigo a volver al trabajo.

De  Entremundos

 

 

 

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Y miércoles, 1 de abril

by Administrator 30. junio 2009 08:14
   

7.30 de la mañana.

Alonso Martínez.

Soy un animal de costumbres.

Pagándome, si quieren,  me ahorcan.

D. D. canta ya “Nothing’s gonna change my love for you”,

una canción romántica, melosa…,

no,

meliflua.

No sé por qué,

ni cómo,

pero sé que se cerrará el círculo.

Algo se va a romper.

Siempre me pasa:

Si todo va bien, ya es tarde.

Si hay tiempo, suele ir mal.

Me acerco con mi dinero visible.

Él me ojea y, sin dejar de cantar,

coge el billete y me da el cd.

Así, sin más ceremonia.

Integra su “gracias” en la letra de la canción.

Tiene oficio el jodío.

  

Sigo mi camino leyendo la cubierta del compacto.

Primer síntoma de descomposición: 

“Danny Daniel. Musica del Ayer”, sin acento.

Más abajo:

“Daniel Medrano Cardona”.

…. ¡Ay, papito! que no es él.

Google me ilustra fulminante: el auténtico D.D.

se llama Daniel Candón de la Campa.

Así que “papito” quería decir algo así como:

“¿Qué quieres? Tengo que vivir”.

“Sí, coño, pero sin contar trolas”,

me argumento.

Y me siento esquilmado en mi buena fe.

¿Por qué ocurren estas cosas?

Ganas me dan de preguntárselo.

Incluye su teléfono en la carpeta:

“Móvil: 671 291 382”.

“¿A que le llamo y le pongo a caldo?"

“NO ME GUSTA LA MENTIRA”.

Empezaría así, gritando, para acojonarle.

Pero me queda todavía algo más por saber.

 

Cuando introduzco el cd en el reproductor, el display refleja 20 cortes…

Pero sólo en los diez primeros canta D. M. (exD. D.).

Los otros diez son fusilamientos exactos a los originales.

“No habrá podido grabarlos cantados por él.

Varios ya se los he oído en vivo”.

Pero esto no me duele apenas,

comparado con la estafa identitaria.

Y me hago cruces

y se me abren las carnes

y se me encoge el ombligo:

“¿Y qué hago con el cuento que escribí

titulado ‘D.D. canta en el metro’?”

Ordeno a mi cerebro

la liberación urgente

de un chute

de noradrenalina.

Me tranquilizo:

“Yo no he mentido.

Simplemente soy un crédulo”.

La Reina de Corazones lo tendría muy claro: "Que le corten la cabeza”. Pero no soy reina.

Soy,

simplemente,

el capullo al que siempre se la clavan.

Esto ha sido así durante medio siglo y no tiene por qué cambiar.

 

 

Tengo el culo pelao,

los colmillos romos

y más conchas que un galápago, eso sí.

Pero no aprendo.
 

Mejor para mí.

Cuando alguien me ponga en la balanza de sus afectos,

podrá decir muchas cosas,

pero no que mentí en algo medianamente importante.
 Y duermo tranquilo.

Y a mí me quieren.

Eso es mucho más de lo que pueden decir

unos cuantos miles de millones.

Sobre todo los que mienten.
  

No obstante,

me reservo el derecho

a tener unas palabras con D.M.

Nobleza obliga.

 

 

 

 

De Octomanario

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La sangre

by Administrator 29. junio 2009 14:55
              Todavía cree reconocer el olor de la sangre. Es más perceptible cuando se arrodilla a su lado y sigue con las yemas de los dedos la maraña de hendiduras rectilíneas que talló el hacha en su faena. Sus manos, trémulas de gozo, acarician el último latido del ser humano que anida en cada incisión. Luego posa la cabeza en el tajo y escucha el postrer rezo del reo, cercenado por el  filo. Sólo de vez en cuando el ambiente se carga del olor acre e inconfundible de la sangre. Entonces se despliega y luego explota entre sus piernas el deleite y le parece ínfimo el precio que pagó al verdugo.

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Martes, 31 de marzo

by Administrator 29. junio 2009 14:36
  

7.30 de la mañana.

Alonso Martínez.

Riada de gente con la huelga de chichinabo en ciernes,

como una espada de Damocles de plastiqueta:

el cincuenta por ciento preavisado de servicios mínimos es la caña.

 

D. D. no está cantando.

Cambia las pilas  del mando a distancia.

  

Me armo de valor y aprovecho para hablar con él.

Llevo mucho tiempo intentando comprarle un cd autoeditado.

Imposible.

Con él en mis manos me veo obligado a devolvérselo:

No tiene cambio.

 

En el ínterin,

le hago la pregunta del asno:

“¿Tú eres Dani Daniel?”

Y a preguntas tontas respuestas aviesas:

“¡Pero, papito!”

Y me quedo frío. Me ha dejado en evidencia.

Lo suyo sería huir, pero aguanto a pie firme el sonrojo

y valoro en milisegundos distintas opciones:

 
  1. Dejarle de propina el resto.
    1. Pro: me llevo el cd.
    2.  Contra: me asusta que lo malinterprete.
  2. Dejarle pagado el próximo cd que dice va a grabar.
    1. Pro: me llevo el cd.
    2.  Contra: me inquieta que piense que soy  un lunático obseso de su persona.
  3. Decirle que mañana me devuelva el cambio.
    1. Pro: me llevo el cd.  
    2. Contra:  me jode que piense que soy gilipollas.

Conclusión: me quedo sin cd.

Pro: Ninguno

Contra: Mañana lo volveré a intentar  con un sentimiento integral de bobería

y con el convencimiento de que el cielo se caerá sobre mi cabeza

si es preciso para evitarlo.

Como resultado más patente de lo narrado

esta sensación de hallarme entre Escila y Caribdis

se ha quedado a vivir en mi corazón.

Quería llevar una prueba de vida a la guarida de la pisci,

y me he quedado sin prueba y sin música.

 

Decido sobrevolar mi desazón.

Me observo como resultado de la tirada maliciosa de un dios trilero.

En un momento determinado

fui un lance de palillos,

de runas,

de dados,

de genes...

Y eso no ha cambiado.

En cada instante jugamos y apostamos:

todos contra todos.

Y de esa interacción caótica nacen

los actos en unos

que serán

las inacciones de otros:

 acción y reacción,

logro y fracaso,

premio y castigo,

nacer y morir,

ser y no ser,

estos son los  fonemas,

amado simio,

nada más,

porque no hay dilema,

querido Hamlet,

porque casi nunca hay elección.

Nuestras vidas son los ríos,

que diría el vate Manrique, 

y yo

Nuestros ríos una mierda,

nuestra vida una simpleza

y todos

a la greña por recibir sin dar,

por ser amados sin amar,

a dios rogando

pero sin el mazo andando.

 Y así nos va.

Yo para ser feliz quiero un camión.

 
 La cultura de la simpleza,

no de la simplicidad

de lo bueno, bonito, barato,

bellacos todos, pelagatos,

meapilas declarados con urgencia en el trincar.

 

Emilio y Cándido se han suicidado.

Disimula. No queda otra.

De Octomanario 

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La desgracia

by Administrator 26. junio 2009 13:09
            Desde que ocurrió la “desgracia”, su padre es un pobre vegetal. A las 6.15 de la mañana se desarraiga de la cama que cada noche riega con su sudor. Luego deambula torpemente hasta la oficina y allí se arraiga en su silla frente a una pantalla de ordenador que le miente la vida de los otros cuando está encendida y le devuelve el reflejo de una planta mustia cuando está apagada. A su regreso, vuelta al rito de la cena  -triste, callada, cansada- oficiado con el laconismo de las palabras indispensables: “pásame la sal, por favor”, “¿quieres un poco más?”, “no, gracias”, y frases por el estilo. Después se arrastra hasta el cuarto de baño y por fin, se entrega a su pesadilla cotidiana. La cama le recibe como una amorosa enredadera que lo acoge primero y lo posee después.  Sueña que de su boca brotan ramas que se vuelven contra él y lo acaban cubriendo completamente, fundiéndolo con su cama en un muro vegetal que apenas se distingue del resto del jardín que es ahora el dormitorio. Su hija Ana acude en su auxilio, pero no puede franquear la tapia erizada de espinos, convertida ya en feroz empalizada. No puede ver que él es parte integrante del muro y su lengua es sólo una rama dura y retorcida…

          Ana enciende la luz.

          La dulce Ana ya no puede más.

          Año tras año sufriendo en silencio el peso de las miradas de la gente. “Mírala, es Ana, la hija de la suicida”.

          Y toma una decisión.

          Coge de la entrada las llaves del coche y se dirige al garaje.

          Allí está. Es un viejo Seat 1500. Todo un tanque.

          Lleva veinte años parado, y siempre que lo ha visto le ha dado miedo.

          Cuando se sitúa frente a él no se deja seducir por su perenne sonrisa varillada. Ni por sus cuatro faros como ojos fisgones y circunflejos. Hay algo que le murmura al oído que desconfíe…

          Pero no puede seguir así. Si su madre se encerró en él y encendió el coche hasta que le sobrevino la asfixia en un garaje pequeño y lleno de humo quiere saber por qué.

          Según le han contado -ella tenía sólo tres años cuando ocurrió la “desgracia”- su madre era un perpetuo cascabel, llena de risas y de proyectos, la alegría del barrio. Hasta el mismo momento en que la vio entrar en el garaje el viejo Samuel -“Hasta luego, don Samuel, voy a comprar unas cosillas, ¿quiere usted que le traiga algo?”- no dejó de mostrar una sonrisa en los labios. Lástima que el viejo y su alzheimer olvidaran rápidamente que la vieron entrar, que oyeron encender el motor del coche, pero que no la vieron salir.

          Y después ya no se pudo hacer nada.

          Pero hoy es distinto. Hoy va a ser capaz de sentarse en el coche, de ver con sus propios ojos las últimas imágenes  que vieron los de su madre. En la facultad de Psicología ha estudiado que muchas veces un paciente se desbloquea al reexperimentar las situaciones previas al suceso traumático…

          Así que, allá va.

 

                                                                                                                                * * *

 

          El padre ha tenido que levantarse.

          La ansiedad enorme que le producía su pesadilla le ha despertado.

          Tiene la garganta seca.

          Pasea la lengua por el interior de su boca para comprobar que no hay ninguna rama que le impida hablar.

          Por unos instantes, cuando bordeaba los límites del sueño y la vigilia, ha creído que Ana llegó a entrar en la habitación.

          Pero no. Debió formar parte de la pesadilla.

          Está llenando un vaso de agua para combatir la quemazón de su garganta.

          Oye el motor del 1500 encendido. “Ese maldito coche”, murmura colérico. “No me deja en paz ni dormido ni despierto. En cuanto amanezca lo llevaré al taller para que lo desguacen. Sólo así dejaré de oír su endemoniado motor”.

          Y se vuelve a la cama para seguir sufriendo los golpes del insomnio, con la misma resignación con que el púgil noqueado pugna por levantar su cara de la lona sabiendo que, si lo logra, el próximo golpe será el definitivo. 

 De Entremundos

 

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Lunes, 30 de marzo

by Administrator 26. junio 2009 12:59

El día ha despertado más oscuro

(jugando con el tiempo le hemos robado una hora),

más frío

(la primavera juega a despedirse del invierno),

más legañoso e inasequible a la piedad

(he jugado a dormir mal, como todos los domingos).

 

Hay aviso de huelga parcial en el metro.

Los flecos de los amagos de las tímidas protestas del conductor del convoy

pretenden convencernos de que el movimiento obrero no ha muerto.

¡Menos mal…! Entonces el olor que nos adorna debe provenir de otro fiambre.

Vamos, que sólo supone unos minutos de retraso.

 

En su pasillo de siempre, D.D. canta “Born to be alive”.

Me trae a la memoria la vuelta ciclista de hace unos años.

¡Menuda letra! Parece una obviedad.

Me refiero a lo de “nacido para estar vivo”,

pero no lo es tanto. Y tiene otros dos conceptos más,

que para una canción de este tipo es mucho:

1. No necesita sentar la cabeza para justificar su vida.

2. Con una maleta, una vieja guitarra y algo nuevo que ocupe su mente se siente bien.

 

Esto, salvando las distancias,

es lo más parecido que encuentro

a aquella parábola bíblica de los lirios del campo.

Desde luego, preocupaciones, ninguna.

 

En fin, duro lunes.

Inaugurar la semana cuesta:

desahuciar el estraperlo del horario anárquico;

fusilar la última imagen de ocio que se nos durmió en la retina;

sacrificar el “pues apetece seguir un rato más”;

ejecutar, en suma, una retahíla de ardides

para que no se nos suicide la vida entre las manos.

 

Porque no somos capaces de asumir que hemos nacido para estar vivos.

Es algo tan evidente como biológicamente incuestionable.

El problema es, por lo visto,  la memoria.

Yo corregiría: el problema es el sentimiento de culpa.

Y lo redondea el sentimiento privatizador de lo mío y el miedo a perderlo.

 

Pero es que hoy tampoco es el día adecuado para agudezas filosóficas.

Quizás el martes,  sí, el martes mejor, cuando el fin de semana

haya quedado aislado de nosotros por la corriente fría del lunes.

Cuando nos reunamos alrededor de G. como peces ansiosos

y a la rebatiña domestiquemos el concepto que nos lance,

diseccionemos la pequeña realidad que hemos deglutido,

diagnostiquemos galgos o podencos literarios,

pervirtamos la esencia y subvirtamos la existencia,

arañemos con nuestra pequeña ignorancia la pulida superficie de la ignorancia

gigante y gastada de los petimetres que cobran una fortuna por parecer ser lo que nunca serán,
dobleguemos nuestra mente al contenido del corazón y nos sintamos, simplemente,

más humanos,

más personas,

en una palabra: 

vivos.

 De Octomanario

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Eco

by Administrator 25. junio 2009 08:35

          No creí poder despertar nunca de ese silencio. Se me clavaba con tanta intensidad en el recuerdo que hacía desaparecer cualquier sonido de mi memoria. Miraba mis manos en medio de la nada y sobre ellas se agolpaban millares de preguntas que no sabía articular, como mariposas primero, como moscas pegajosas después y, por último, como gusanos inmundos que las devoraban calladamente. En mi pesadilla yo era consciente de lo urgente que era reaccionar. Mi boca se abría, se cerraba, se abría, se cerraba… y no llegaba a escuchar una sola sílaba de los alaridos desgarrados que emitía. Mis manos ya no estaban, ni mis brazos, y miraba hacia mis pies y la nada desvanecía cualquier atisbo de corporeidad. Pero yo sentía…, o creía que sentía, o pensaba que creía que sentía, o quería creer que sentía…

          Pero no, todo se resumía en una simple y burda espera. Ahora lo sé. Aquí sigo, esperando a que suceda algo. ¿El qué? Si lo supiera podría decirlo. Sólo sé que huele a tierra húmeda, y siento un gran peso ante mi cara, como si estuviera a punto de venírseme todo el mundo encima de improviso.

 

De Entremundos 

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Domingo, 29 de marzo

by Administrator 25. junio 2009 08:23
  

Va apareciendo la tristeza de lo que se agota y lo sabe.

Agoniza el fin de semana con una precisión milimétrica.

Las horas en la cocina van dando su fruto en forma

de riadas de platos cocinados para la semana que empieza.

 

La música que me recibe este día es de Nino Bravo.

Hay un musical sobre sus canciones.

Siempre me ha gustado su voz.

Sabía cantar.

Escucho una especie de   alimones de ultratumba:

la voz de Nino con la de una tal María,

en dueto imposible.

La tecnología,

que rompe distancias

y hace cosas irreales con la realidad.

 

A propósito de esto,

recuerdo aquellas declaraciones morbosas

de una médium que afirmaba que Nino Bravo

se había puesto en contacto con ella

y  le había confesado

que lo estaba

pasando muy mal

donde estaba.

Pero no puntualizaba si era el cielo o el infierno.

¡No te jode! ¡El cielo no iba a ser, digo yo!

¿O es que nos quieren cambiar los muebles de sitio?

 

Yo tengo la esperanza de poder hablar con mi padre.

Nos dijo que vendría a cuidarnos

y a contarnos sobre el más allá,

si era posible.

Mi padre siempre cumplía lo que decía,

así que si no lo ha hecho (todavía)

es porque no se puede o no ha podido (todavía).

Aunque yo he tenido conversaciones

con él y con mi hermana en sueños

estando ambos muertos

(me refiero a mi padre y a mi hermana) …

A lo mejor no eran sueños.

O a lo peor sólo en sueños pueden

los muertos hablar con nosotros.

Al fin y al cabo cuando soñamos estamos

de visita en un mundo que se rige por normas distintas.

 

El día casi ha terminado a la hora de escribirlo.

Parece que la vida sea pura palabra distribuida en un papel,

como aquello del Larsen de Onetti, que vivía para contarlo.

 

Yo no estoy seguro.

A veces tengo la impresión de que alguien

me cuenta,

me escribe,

me vive.

Pero serán imaginaciones mías.

De Octomanario

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Sábado, 28 de marzo

by Administrator 24. junio 2009 12:08

  

Ayer trasnoché, como cada viernes.

En casa, fuera del circuito laboral,

todo adquiere un aire cómplice y ucrónico.

 

El tiempo parece que dejara de importar.

Entrada la madrugada caigo como un fardo en la cama

convencido de que el día siguiente tendrá cien horas

y podré recuperarme del cansancio.

  

Pero hoy pago las consecuencias:

pierdo la primera parte de la mañana abrazando a Morfeo.

En fin, ¿qué música estrenarán mis oídos este sábado?

D. D. no canta en mi casa.

Enciendo la radio: Montserrat Domínguez

habla de casquería con Sergi Arola y otro invitado.

No me gusta la casquería, ni literal ni figuradamente.

  

Un poco más tarde surge, por fin, la música.

Canta Apnea –me gusta el nombre- una versión de Yo soy aquel

Tocan bien y tienen  voz y criterio. Me agradan. Son originales.

 

El día comienza a rodar…

Limpieza, algo de compra, pan y periódico…

Un paseo largo con Laura.

 

Comida viendo las noticias.

Instalo el ordenador después de ser reparado:

El disco duro ha muerto.

El técnico no ha podido recuperar nada.

Yo tenía una copia de seguridad que no aparece.

El disco duro nuevo es tres veces mayor, pero está vacío.

  

La broma me ha costado perder textos. Y fotos.

Y muchas cosas más que todavía no sé…

  

He comenzado la peregrinación por los dispositivos diversos:

El portátil, los discos duros externos, los lápices de memoria, el  G-mail.

 

Benditos sean todos porque me regalan bastante más de lo que creía tener.

Lo pienso bien y en el fondo es como volver a nacer.

Hay que ser positivo. Y lo soy, pero no olvido.

Así que decido enterrar el disco antiguo sin ninguna ceremonia,

no sin antes maldecirlo por ser tan hijo de puta,

y luego me tiro de los pelos

y no me doy de cabezazos contra la pared

porque me hago daño.

Ya lo dije, soy positivo, no masoca.

Y demasiado confiado. Incluso crédulo.

Seguiré buscando la copia.

Los milagros ocurren de vez en cuando.

De Octomanario

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Recital de poesía: ¿Te apuntas?

by Administrator 24. junio 2009 12:07

Recital de poesía: ¿Te apuntas?


El próximo jueves, 25 de junio, a las 20.30 horas, hacemos una lectura poética y presentamos una antología de nuestros poemas en La escalera de Jacob, que está en la calle Lavapiés, 11, de Madrid. Si tienes un ratito (durará aproximadamente una hora) me gustaría mucho verte por allí, y te aseguro que a mis amigos y amigas poetas también.

Presenta el acto y prologa la edición del libro nuestro inigualable maestro y amigo Gonzalo Escarpa.

Te esperamos con los brazos abiertos y el oído atento a tus aplausos.

Muchos besos.

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La ventana

by Administrator 23. junio 2009 13:15
  

                Hace frío. Cuando las ramas golpean mi ventana decido no hacerlas caso. Sé lo que pretenden. Ya hemos jugado muchas veces. Y sé que cuando no las mire sostendrán tu silueta implorante de amor, y golpearás el cristal con tus manos como las golondrinas de Bécquer lo hacían con sus alas... Pero, definitivamente, no tengo ganas de jugar.

                Hace frío y la nieve se obceca en tapizar mi ventana con un visillo blanco que me impide verte. Pero, aun así, tengo que decirte que has sido infame, que has resultado sumamente perversa en tu propósito. No sigas con este juego, porque te aburrirás sola.

                Hace un frío primordial. Hace un frío como si el sol se hubiera muerto. Como tú. También tú te moriste, pero noche tras noche me visitas.

                Hace un frío tan superlativo que ha congelado todas mis ansias de recordarte... Ya no quiero volver a verte jugando en mi cristal llamándome con un gesto deslucido y travieso de complicidad. Tu piel lívida ya no me asusta. Yo también palidezco con este helor esdrújulo que enlentece mi corazón, que coagula mi sangre como la madera de los títeres... Un títere en tus manos, un volcán apagado en tus gélidas ansias de volver a tenerme.

               Hace un hielo que no había sentido jamás. Hace una carencia tan rigurosa de calor que no la reflejaría ni el cero Kelvin: ¿Quién ha decidido que sólo hay 273 grados bajo cero?... Yo siento 487, 1.534, 12.849 grados bajo cero en este congelador que es mi habitación, porque me muero. En realidad me he muerto hace un rato, pero  la baja temperatura dificulta el pensamiento, la insoportable levedad de las sensaciones hace mucho congeladas es una losa inamovible...

               ¿Qué hacemos los dos aquí, golpeando en el mismo lado del cristal de la  ventana que fue nuestra, en el lado de acá que permite valorar las carencias de los vivos...?

              ¡Mira!... ¿no es ése nuestro hijo? No nos ve. Así es mejor. No lo hagas también huérfano de esperanza.  Deja de llamarle. Ya me tienes a mí. Deja que siga adelante. Prométeme que no golpearás en su ventana... Y tú, hijo mío, abrígate, que hace frío.

 

De Entremundos

 

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Viernes, 27 de marzo

by Administrator 23. junio 2009 13:08
   

El día pesa en mis hombros soñoliento, pero tiene premio:

todo mi mundo redondea sus aristas cuando es viernes.

Una señora me atropella con su maleta

y pienso en mi hermano y su tromboflebitis contusa.

 

Los viernes tempranea el público viajero.

Acarrea su equipaje como Sísifo su piedra.

Pero la gran diferencia está en el gesto.

No pueden ocultar la tenue sonrisa vengadora

del ocio que vence al negocio

y campean como el Cid por los pasillos.

 

Renqueo con dignidad haciendo un triunfo de mi cogida.

Subo la escalera que desemboca en el  pasillo de D. D.

Me inquieto.

No suena su música.

Ninguna música.

D. D. no está.

A lo mejor ha decidido tomarse el día libre.

Ayer estaba recogiendo sus cachivaches cuando volví.

Eran las 15.30… Así que había  cantado ocho horas.

¡Para que luego digan de los que no van a la oficina!

 

A lo peor, simplemente, se ha dormido.

Hoy no tendré sintonía que acune mi singladura…

 

Vuelvo a pensar en María.

El dolor está pasando los dedos por su corazón

como agujas de cristal envenenado. Seguro.

Su angustia es una losa de tristeza que viaja en coche fúnebre.

¡Lo siento mucho, pero tú tienes que ser fuerte y seguir!

 

La temperatura ha subido.

Los árboles desempolvan la misma primavera del año pasado.

Luego la estrangularán con el calor y la desnudarán con el otoño.

Siempre es lo mismo.

El eterno retorno de la realidad.

 De Octomanario 

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Jueves, 26 de marzo

by Administrator 22. junio 2009 10:58
  

D. D. canta a Joe Cocker.

Se desangra en su “With a little help of my friends”...

Mece el cable del micrófono su mano  crispada.

Los dedos clarean en sus falanges de puro brío.

Su voz de negro, como la de Cocker,

matiza la pena en su inglés perfecto.

 

Y me inocula pesadumbre desgranada.

Pienso en María…

He pensado mucho en ella,

desde que ayer Marisa me dio la noticia.

Hay dolores que calan hondo,

como si aplastaran el más delicado de los nervios.

Y no hay excepciones

que nos salven

ni atajos

que restrinjan su vigencia.

Lo siento tanto porque te ha ocurrido a ti

y porque  yo ya lo sufrí y sé lo que supone

la envergadura de ese manotazo helado.

Lo que duele,

las piedras que resquebraja

de nuestro cimiento,

de nuestra poca inocencia.

Por eso  D. D. canta como un bálsamo.

Su voz administra el ungüento solidario del igual:

“con una pequeña ayuda de mis amigos”  hay alivio,

comunión discreta que lenifica la pena,

vínculo afectivo que mitiga el desgarro.

 

D. D. debe de saber también de congojas.

Parece que cante un dolor ancestral para tu luto.

 

La vida es

una carrera perdida,

una encerrona,

una feroz historia que siempre acaba mal,

pero tiene sus momentos,

breves como el resuello de un asmático,

brillantes como la risa de  los niños,

inefables como el amour fou que todo lo abrasa.

De Octomanario

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De juguete

by Administrator 22. junio 2009 10:55
  

            Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. El clavo se estaba empleando a fondo… “¡No podrá conmigo!”, pensaba. Pero mi talla y mis fuerzas menguaban. Los niños habían entrado en clase. Cuando me acerqué, los peldaños ya me llegaban a la grupa y la seño, desde su enorme estatura, me reprochó: “Cada día más lento y más pequeño”. Y su boca sonriente era una brizna de carne en el pico de un ave. El clavo dolía como si ardiera. La seño me cogió, miró el casco de mi pata delantera y arrancó de cuajo la herradura defectuosa. Ya cabía en su bolsillo y allí me desmayé.

De Entremundos

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Contemplaciones

by Administrator 19. junio 2009 12:24

Uno  

La palabra se ensucia al enunciarla.

Se queda dentro de su forma

acorazada y temerosa,

apresada en las estrías de la voz.

Permanece allí amedrentada

la otra más profunda, la no dicha,

diferencia entre oro y oropel.

 

La palabra dicha de tan necia

se impla, fatua y jactanciosa,

con su sonido nimio y desgastado

y apenas es un rastro  de la aún callada,

apenas huella leve de su pisada recia.

Dos  

Lo que pienso se corrompe

y alumbra lo que luego digo.

Puede que ambos se encuentren

y negocien el precio de lo expreso

en territorios contiguos al teatro

donde habita el olvido,

donde duerme la luz,

donde reina el silencio.
 Porque sé que yazgo en mí,

acorazado y temeroso,

apresado en las estrías de mi vida.

Porque sé que el suelo enorme

de la celda en que me pudro

mide justo la distancia

entre vida y existencia.

Tres 

La ventana se empaña suavemente

con el frío del invierno.

Galopan por la calle los chiquillos

al amparo de la prisa.

Gritan y ríen y se arrojan nieve

perpetuando su contento

con la límpida savia que rezuma

su inocente algarabía.

En la casa de enfrente una muchacha

desangra suavemente en el piano

la lacia dejadez de sus lecciones.

Severa, la maestra regurgita

su impotencia en el teclado

y la cría ya no quiere ser princesa

ni siquiera por un día,

ni pájaro, ni risa, ni cantante…

 

En el tejado unos gatos se acicalan,

cien palomas torpes zurean defecando

y el humo omnipresente va tiznando

los contornos de la obstinada azotea,

que se defiende erizándose

inútilmente de antenas.

 

Sobre mi corazón desorientado

lates tú con insistencia:

pan candeal, trigo te me presentas…

No sé ni decirte apenas.

Tu aroma me suicida los recuerdos:

compartimos nuestra carne

tan cauta y mansamente disfrazada

de distancia disculpable.

Cuatro

Tu nombre te explica con su habitual destreza.

Desde mi ventana apagada con tu ausencia

te lanzo con furia cinco letras esgrimidas

muy a mi despecho y con puntería certera.

 

En la cueva donde apuro el reflejo de tus besos,

en el centro justo de tu apellido postrero,

domo un haz de labios que te digan precavidos,

que alíen sin suspicacia mi sintaxis y Cupido.

Tú me clavas tu mirada clara entre las cejas,

te ríes y vas desintegrando con tus pies la acera.

Yo ya no puedo esperarte y bajo las escaleras.

Cinco 

La ventana ha apagado su cristal.

El invierno se ha dormido ante la luna

y el frío va escarchando subrepticio

las palabras que agonizan en la calle.

 

Yo te miro dormidamente ajena.

Tiendo mi corazón junto a nosotros.

Se vuelve terciopelo entre tus manos

orientado por fin su itinerario.   

De Veleidades de mi sombra

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Miércoles, 25 de marzo

by Administrator 18. junio 2009 10:34

No, no lo dejo estar.

No pienso rendirme.

Insigne poeta desconocido, 

echo de comer a mis versos

 su sombrero de ala ancha,

su chaleco,

 sus zapatos desgastados,

 su oronda impostura tan impostada,

su colgante hortera con la “D” de pedrería.

Canta bien,

canta como

 si le fuera

la vida en ello.

Es un profesional del desconsuelo,

del micrófono  engullido a sacudidas.

Interpreta sus letras con los ojos cerrados

y con una voz vieja y rasposa de blues

Probablemente no quiere ver

para no estar,

para evadirse

masticando notas,

suicidando agravios,

desesperando en los pasillos de su laberinto…

“Deja que sea”.
Y es imposible.

Brilla con la desfachatez de lo genuino.

Se mueve con el gesto de los pumas,

sus colmillos retorcidos triscan las palabras

y me cautivan sus manos de cetrero.

 

Es cuando  caigo en la cuenta de improviso.

Todos somos presas fáciles y apetecibles.

La riada desindivualizada de tergal y portafolios.

La diáspora ratonera de lo banal adormecida en las escaleras mecánicas.

[Los ojos pintados de mujer que desvían su trayectoria disfrazándola de infinito.

Las uñas pintadas de taller que tiznan con sus medias lunas negras la desgana.

Las bocas pintadas de tristeza global que besan sus remordimientos.]

 Pero yo le sostengo la mirada.

Esgrimo mis dioptrías

como un salvoconducto

para hurgar en su cinismo bienaventurado.
Agrando mis pupilas
para retratar toda su excelencia.
 Se trasmuta sutil carne de verso en mi cerebro.
Soy consciente de que me salva la poesía.

Él también lo sabe.

Creo que me dedica la canción

 “susurrándome sabias palabras”

 para que no le tema.

Let it be”, dice el lobo a los corderos que pacen gregarios.

“Déjalo estar”,  “deja que sea”,  mientras una tarascada en la yugular

ajusta cuentas de los desmanes pasados, de los oprobios vivos en el recuerdo.

 

Dani Daniel canta en el metro

como si nada ocurriese.

La vida va preñada de ardides,

el silencio quema su naves

y quizá fuera mejor modular microtonos

atusando las cuerdas fallidas de la lasitud.

 

Yo, insigne poeta de andar por el metro,

reconozco si me lo propongo el tufo de la desesperación.

“Let it be” canta D. D. en trance místico-semántico.

“Deja que sea un día más, una mentira más”.

“Déjalo estar, no pretendas cambiar nada que no deba ser cambiado”,

dices mientras clavas tu pupila en mi osadía azul de andar por casa,

y te reenvío los múltiples síntomas que lancinan mi albedrío.

 En los túneles del metro no hay cobertura.

De Octomanario

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Catorce versos dicen que te pierdo

by Administrator 17. junio 2009 14:37
 

Bastón que tintinea y busca luces

en el centro riguroso de la noche.

Me ritmas y mitigas y te callas

como  esquila apaciguándome las sombras.

 

En la noche reconozco que eres dueño

de todo lo que dije sin pensarte,

saboreándote artesano de esperanza,

sintiéndome deudor de tu altruismo.

 

Te sustentas  en reflejos de lo oscuro

transparente promesa de camino,

pulcritud de los cristales de obsidiana.

  

Te transito recóndita vereda

y concibo tus sutiles controversias

como aves que desdeñan mis señuelos.

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Otra noche de mierda en esta puta ciudad

by Administrator 17. junio 2009 11:43

    Otra noche de mierda en esta puta ciudad de Nick Flynn

Por Fernando Lorente

                   Puedo empezar diciéndote que es una novela que conviene leer y merece ser leída. Pero si ya lo has hecho convendrás conmigo en que no es posible mantenerse indiferente.  Porque si en cualquier aspecto de la vida se puede entrar con silencio respetuoso y discreto o como un elefante en una cacharrería, Nick Flynn opta desde las primeras palabras de la novela –su  título-, desde la primera página –la cita de Beckett-, desde el primer vistazo que nos permite atisbar el escaparate de sus páginas –un cajero automático-, por abrirnos las carnes, por descerrajarnos  como un tiro en el centro del cerebro la vergüenza de ser como somos y no avergonzarnos por ello. En sus páginas no hay concesión a lo gratuito, ni rendición ante la ternura… Se nos descarna en las manos, porque es lo que pretende su autor consigo mismo. Y lo consigue, y en el trance de lograrlo nos escarnece a todos. Es un canto estridente y prolongado que camina por el filo de la doble moral.  Es la historia de un superviviente  que se siente en su salsa como pez pantanoso en el cieno del doble rasero.  Es el relato de un espectador que se asoma con estudiada indiferencia, con inaudita ferocidad, por encima de la valla que confina nuestro mundo del bienestar. Es, en fin, la crónica de la rendición de un ser humano (su propio padre), el anuario (puesto que deambula por la vida en años) de la destrucción programada de un individuo para que surja de sus miserias otro (él mismo), ni mejor ni peor, simplemente con algo más de suerte…

Nick  se reduce a un eufemístico diminutivo del zar (Nicholas), a un apodo de sí mismo, a una versión de su propio padre que lucha por no seguir sus huellas; se juzga excrecencia del tronco del árbol caído del que hace leña sin piedad, aunque sea su progenitor (sobre todo por ser su progenitor)… No tiene ningún problema en reconocer que es mal hijo, que no quiere ser buen hijo, que su padre no merece tener un buen hijo… Y rehúye el encuentro por la mucha sangre que supondrá… La reminiscencia del fatum clásico actualiza su reverberación en los prolegómenos de su encuentro. Sus palabras son increíblemente esclarecedoras: “En cierto modo yo sabía que acabaría apareciendo, que si me quedaba lo suficiente en un sitio él me encontraría, como te enseñan a hacer cuando te pierdes. Pero nunca nos enseñaron lo que hacer si los dos estáis perdidos, si ambos acabáis en el mismo lugar, esperando”.

En esta tragedia cotidiana que es la vida, en este teatro y mercado del corazón, los hilos que nos mueven son metálicos, líquidos, oscuros,   desalmados y cotizan en bolsa,  y las moiras que los gestionan mantienen escarceos con la cuna, el éxito social y su carencia. No hay lugar para los  bienintencionados ni para los que erraron su camino. Por eso cuando el peso social se hace insoportable, cuando cedes al chantaje del qué dirán, cuando el “tanto tienes, tanto vales” es un marchamo grabado a fuego en tus cuartos traseros, no puedes perdonar que te vuelvan a fallar. Así de cristalino lo dice Flynn: “El día que mi padre entró por la puerta me volví transparente. No sabía cómo hablar de él con los amigos, con los colegas. Se me acercaban algunos, de costado, como cangrejos, ofreciéndome ayuda, comprensión, pero eso sólo alimentaba mi vergüenza…”

En busca de su catarsis, cuando los acontecimientos se han desbocado y el padre cae en barrena abatido por el fuego graneado de toda una sociedad que le menosprecia, le encarcela, le excluye, le arroja a la calle,  le recoge y le vuelve a deshauciar incluso de sí mismo, la duda alumbra un remordimiento que hace que Nick busque terapia redentora en el cuidado de todos los excluidos sociales que tropieza en su camino. Pero no lo hace porque sea un deber moral, sino por puro remordimiento, para intentar enmendar en otros las desatenciones e injusticias que propinó a su padre. Que este sufra un delirio casi permanente, inducido por el abuso de drogas, y de sueños, y de corazones y de afectos, todos rotos y corrompidos. Que un cúmulo de desgracias le impulse a la travesía solitaria del desierto de la vida. Que sus dos hijos escurran el bulto y se justifiquen en la distancia o el olvido. Todo esto acaba por dejar un poso de duda en el jucio final del hijo… Y el dudo luego existo se abre camino al final del texto -transitando posibilidades tan inquietantes como que el demonio no exista y que sea sólo dios que está borracho-  para rematar la faena, para cerrar el círculo, para clavetear la tapa del libro como si de un ataúd se tratara con estas palabras:  “Si pudiera sostener a mi padre en la palma de la mano y acercarlo a la luz… Ahí estarían todas sus historias, dentro de él. La claridad de la palabra, la transparencia de la historia. Mi padre se construye enteramente a partir de las cosas que cuenta, como el andamiaje que rodea a un edificio en construcción. (…) ¿Cuántas historias se le pueden arrebatar sin que se derrumbe el edificio?”

En definitiva, nadie gana nada... todo acaba siendo pasado,  y la fortuna y la gloria perseguidas hasta la obsesión (ser el escritor más grande que haya dado Estados Unidos) anticipan en vida el fin al que estamos abocados, convirtiéndonos “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada”  ante los ojos de los demás.

 Nick Flynn no deja un solo lugar donde escondernos, un refugio donde cobijarnos hasta que pase la tormenta. Él ha llegado a publicar y obtiene el reconocimiento de su padre, pero no se otorga el propio… Ya está todo el pescado vendido. Es la sociedad la enferma, es nuestro sistema la máquina que nos digiere y nos expulsa deshechos en las aceras como desechos, condenándonos a pasar las noches, por frías que sean, al raso: “Te despiertas sobre la hierba, con la ropa empapada. El rocío es la medada de Dios. Otra noche de mierda en esta puta ciudad, murmura mi padre”.  Y esto, durante las noches que te resten, porque la sociedad solo ofrece a los desvalidos no un  bote salvavidas,  sino “una roca donde descansar un momento, recobrar el aliento, orientarse un poco (…) consciente de que los mendigos, en su mayoría, nunca volverían a ganar la orilla”.

 ¡Qué visión más dura y desesperanzada! ¡Qué bienvenida callada dedicada a la tercera Parca! Y ¡qué lejos del amoroso hijo que cuida a su padre con esmero y sufre cuando se aproxima el fin…

Yo me quedo con la visión de Philip Roth: “Morir cuesta trabajo, y él era un buen trabajador. Morir era horrible, y mi padre se estaba muriendo…” (Patrimonio), pero doy gracias, muchas gracias, por haber leído este texto impagable, esta prosa poderosa, profunda, poética. Algo sonó en mi interior también cuando llegué a su última página. 

Publicado en la revista digital Crónica Social

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El recuerdo engendra monstruos

by Administrator 16. junio 2009 12:34

 Intento clavar tu sombra en la pared de mi nostalgia.

Allí, en el fondo oscuro de la luna nueva que reverbera

en el cristal de mi noche...

Refulges azulada y vencedora como un demonio impío

si restañas mis heridas de sueños desollados

y luego las desbridas, feliz y vorazmente.

Yo me resigno al desayuno incruento

del más lento calvario de mis horas sonámbulas,

transitando con tesón de masoquista

los rescoldos de la hoguera de tus besos,

arquetipo de un placer cansado y solo.

 

¡Cómo te odio cuando te añoro!

¡Cómo me pierde ansiar tu abrazo,

morir de amor sin quererlo ni comerlo!

¡Qué fácil fuera desuncirme si pudiera!

 

¡Ay, si te tuviera...!

¡Qué tres palabras de pérdida subjuntiva!

¡Qué conjuro maléfico

percutiendo sin piedad

el asma de mi exiguo pecho!

 

Si te pudiera tener y retener tan solo un segundo,

sentada en las rodillas de mi valentía te diría

“vida mía no soy nada  salvo lo que fui a tu lado”.

 

Si te pudiera tan sólo releer

entre las líneas de tus cartas veneradas...

¡Con cuánto empeño,

con cuánta ferocidad

el fuego engulló tus letras

y después mis manos!

¡Con cuánta devoción

se me diluyó el alma

por efecto de las llamas

y aún gotea por mis dedos

como antorcha inextinguible

de penuria inabordable!

 

Tanto corazón amargo,

tanta falsa complacencia de tu nombre,

de tu risa portentosa, de tu deambular

por los mágicos senderos de mi ruina

te aplacó y distanció por fin de mi quimera,

pero me dejó  tullido y amargado

odiándote

por no poder dejar de desvivirme

por encima de mí mismo y mi soberbia,

buscándote

palpando los escombros de las ansias,

perpetrando los registros más taimados,

sublimándome

en la nada de los otros,

en la vacuidad extraordinaria

de las más insulsas salas

tan colmadas de tu ausencia.

 

Porque te amo tanto y estoy tan solo

que me doy una lástima indecorosa y superlativa. 


(De La plegaria de las piedras)

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