Arturo no podía dormir. Siempre le pasaba lo mismo cuando se quedaba escribiendo hasta tan tarde: se metía en la cama con todos los engranajes del magín funcionando y le era imposible detenerlos. Como toda maquinaria, el proceso creativo tenía sus inercias y estaba claro que esta noche le iba a cobrar su factura haciéndole velar las armas de su novela (¡qué coincidencia lo de “no vela”!) para que llegara a serlo. Pero iba a merecer la pena. Estaba razonablemente satisfecho con sus progresos, sobre todo teniendo en cuenta que a las cuatro de la tarde la pantalla de su ordenador no mostraba más que un par de ideas apenas esbozadas. Sin embargo, diez horas después había pulido la trama hasta descender a unos detalles que a él mismo le parecían brillantes, había perfilado sus dos personajes principales y, lo fundamental, había escrito veinte folios de una tirada. ¡Ésa era la clave de su entusiasmo! Por propia experiencia sabía que si lograba redactar las diez primeras páginas, existían bastantes posibilidades de culminar la novela, así que veinte prácticamente la garantizaban… Tenía que admitir, sin embargo, que había “respirado influencias estructurales” –se sonreía para sus adentros recordando esta frase de un crítico cursi- de El nombre de la rosa, eso estaba claro desde el primer renglón, pero no se le caían los anillos por admitirlo. El narrador escribiente de su novela se llama Jakob de Seltz y, como Adso, se remontaba a su juventud para glosar la finura intelectual de su maestro, Guillaume d’Autreville, y narrar jornada a jornada las peripecias acaecidas en su compañía. Hasta ahí llegaba el paralelismo. Su vuelta de tuerca y gran contribución a la intriga consistía en que, al final de la novela, Jakob y Guillaume eran la misma persona. Cómo lo lograría, eso estaba por desarrollar, pero lo que sí era seguro es que tenía que dosificar con cautela los indicios que condujeran al desenlace. En realidad, ya había bosquejado sus líneas maestras: Jakob era un anciano que volvía a su juventud al retroceder en el tiempo para contar la historia; Guillaume ya había fallecido cuando Jakob escribe sus andanzas, pero en la novela lo muestra en plena madurez física e intelectual. ¿Cómo resolverá el aparente contrasentido de estar muerto y a la vez escribir? “Tiempo al tiempo, querido mío. No seas impaciente”, se decía a sí mismo, tratándose ahora como lector…
Y se distrajo al escuchar un sonido difuso al fondo de la casa. Aguzó el oído. Parecía que rasparan una superficie áspera. No le gustaba nada la sensación que se abría paso entre sus vísceras. Esa especie de náusea anticipatoria de la desgracia que se le encaramaba en la boca del estómago era muy de tener en cuenta. Que él recordara nunca le había fallado. Y aquí estaba ahora, presionando bajo la punta de su esternón, implacable… No, mejor se quedaba en la cama mirando hacia lo alto en la oscuridad. Consiguió así distraer su atención: el techo que no veía se metamorfoseaba en lienzo imaginario para retratar a sus personajes. Por ejemplo, el Jakob de Seltz que acompañaba a Guillaume d’Autreville era un joven delgado, pelirrojo, de mirada viva y movimientos rápidos, pero cuando lo imaginaba escribiendo, ya muy anciano, tiene el pelo totalmente cano (sí, los pelirrojos también encanecen), ha engordado unos cuantos kilos –no demasiados-, sus movimientos son lentos y meditados y sólo la viveza de su mirada recuerda al joven de hace treinta años. Guillaume, sin embargo, no tiene antes ni después. Aparece espléndidamente aseado, la barba cuidada, la mirada alerta…
“Pero…, ¿será posible que tenga que levantarme?”, farfulló contrariado.Salió por fin de la cama. Tropezó con la pata, maldijo en arameo frotándose los dedos doloridos y fue cojeando hasta que acertó a encender la luz. Se dirigió al fondo de la casa. El pasillo iba intensificando la desazón que atenazaba su estómago con su obcecada longitud. Algo le decía que el sonido que escuchaba no lo producía el viento al agitar las venecianas de la ventana, y mucho menos un pequeño roedor que se hubiera colado en casa, proveniente del descampado cercano… No. La náusea era cada vez más intensa, más cercana al vómito, como si vaticinara algo aciago, luctuoso…
Al final del pasillo estaba la habitación de trabajo. Un tenue resplandor la iluminaba, como si el ordenador estuviera encendido. Pero estaba seguro de haberlo apagado. Se aproximó y el sonido que escuchaba desde su dormitorio se hizo más nítido: ahora adquiría todos los matices que le permitían suponer que alguien escribía a mano sobre un papel de mucho gramaje… Entró en la habitación y casi se tropezó con un monje benedictino que trabajaba en la mesa de su ordenador. Éste no levantó la vista de lo que Arturo rápidamente identificó como un pergamino. Cuando hizo ademán de dirigirle la palabra, el extraño le rogó silencio levantando su mano izquierda. Concentrado en su escritura, parecía querer rematar un texto que fluía vertiginosamente de su cabeza... Las piernas de Arturo comenzaron a temblar. El monje se dio por satisfecho con lo escrito y depositó con delicadeza la pluma en el tintero. Alzó por fin la vista y dijo: “No pareces muy contento de verme”.
Arturo replicó: “¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado en mi casa?”. Su voz había ido subiendo de tono y el temblor de las piernas alcanzaba ya los brazos, de modo que parecía presa de un frenesí incontrolable. “Tranquilo, Arturo, tranquilo”, respondió el monje. Empuñó de nuevo la pluma y escribió un renglón más. Arturo se tranquilizó. “Sabes perfectamente que soy Jakob de Seltz y que para entrar en mi casa sólo necesito la llave de la puerta”.
“¿Cómo que su casa? Ésta es mi casa y voy a llamar ahora mismo…”
“¿A la policía?” completó el monje la frase. “No creo que puedas hacerlo… ¡Anda, inténtalo!”.
Arturo quería coger el teléfono que estaba sobre la mesa en que escribía el monje, pero le era imposible extender el brazo. Su rostro mostraba impotencia y miedo a partes iguales.
“No te asustes. Estás un poco confuso. Es normal. Ya sabía yo que no había planteado coherentemente la situación. Pero lo arreglo ahora mismo”. Y volvió a tomar la pluma entre sus dedos.
“¿Qué quiere decir? Usted no tiene que arreglar nada. Sólo tiene que irse ahora mismo”. El sudor comenzaba a perlarse en su frente, pero seguía sin poder realizar el menor movimiento.
El monje escribió unas palabras. “Mira, verás como ahora todo es más fácil”. Entonces Arturo se acercó a él. El temblor de su cuerpo había cesado y el miedo dejaba paso a un agradable sosiego. Su frente se relajó y las gotas de sudor desaparecieron.
“¿Puede explicarme qué está ocurriendo?”, inquirió Arturo.
“Es muy sencillo –contestó el monje-. Por fin he conseguido tal grado de realismo en la expresión que mis personajes creen que tienen existencia propia e intentan abandonar la trama”.
“No entiendo nada de lo que dice. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?”.
“Tú eres uno de mis personajes”, se limitó a contestar el monje.
“¡Está usted loco! Si hay aquí un personaje, ése es usted. Si es verdad que es Jakob de Seltz , entonces es usted quien se ha escapado de la novela que estoy escribiendo… ¡Pero esto el colmo! ¡Le estoy dando explicaciones a una alucinación que dice ser el protagonista de mi novela! ¡Se me está yendo la cabeza! ¡No tenía que haber trabajado tanto!”.
“Si te sientes más seguro creyendo eso, allá tú. Pero si quieres saber la verdad, sólo tienes que acercarte aquí y leer las últimas líneas”.
Arturo se acercó con cierta reticencia. Sobre el pergamino el monje había escrito con letra gótica poco definida, muy suelta y rápida. Leyó los últimos renglones: “Quiso alcanzar el teléfono, pero su mano estaba paralizada. Sabía que todo lo que le estaba contando era verdad. Así que no tenía otra opción que la de tranquilizarse. Al poco, el sudor de su frente había desaparecido”.
No podía dar crédito a lo que había leído. “¿Cómo era posible? Esto es una locura”, se dijo. Luego, dirigiéndose al monje: “No sé lo que está pasando. Lo único que tengo claro es que yo estoy escribiendo una novela y que usted es uno de mis personajes. Su apariencia física la he decidido yo, y la acabo de evocar precisamente hace unos minutos, cuando estaba tumbado en mi cama y no podía dormir”.
El monje le respondió: “Estás muy seguro de lo que dices. Claro, es tu forma de ser porque yo he querido que fueras así. Pero soy yo quien te escribe a ti, no lo olvides. Te he situado en un mundo futuro rodeado de inventos del futuro, que dentro de siglos podrán ser o no ser, pero que son en mi imaginación y en el mundo que he concebido para ti. Y la prueba palpable de que lo que yo digo es verdad es que tú has leído en tu idioma los últimos renglones de un texto que yo estoy escribiendo en el latín del año en que vivo, a principios del siglo XIV, en la Edad Media, como tú crees que se llama mi época. Pero no olvides nunca que tú sabes eso porque yo he decidido y consentido que lo sepas”.
“Ya, claro. ¡No contento con decir que usted me ha ideado, pretende ahora también ser el creador de todo lo que me rodea…! ¡Tiene un altísimo concepto de sí mismo! ¡A lo mejor se cree usted el único dios verdadero!”, ironizó coléricamente Arturo… “No. Vuelvo a repetirte que simplemente soy un escritor que ha descubierto una nueva técnica narrativa que otorga a sus personajes una autonomía tal que, en casos como el tuyo, puede llegar a rebasar el ámbito de su propia realidad. Y eso posiblemente ha sucedido porque he cometido algún error en la elaboración o descripción de la tuya”. “¿Me quiere decir que esta mesa no es real? ¿Que este ordenador no es real?”, preguntó Arturo golpeando sucesivamente la mesa y el ordenador con su mano derecha. “Pues claro que no, hijo. Ahora mismo lo vas a comprobar”, contestó el monje, que volvió a tomar la pluma del tintero y añadió un par de renglones más a su pergamino. Cuando levantó la pluma del texto, la habitación de trabajo de Arturo comenzó a difuminarse, para luego volver a definir los contornos precisos de los scriptoria típicos de las abadías medievales.
Arturo no podía tenerse en pie. Jakob volvió a escribir mientras comentaba: “Está bien, ya basta de tanta incredulidad. Tienes que descansar. Ahora mismo van a llevarte a la cama. Cuando despiertes nada de esto volverá a preocuparte”. Se oyeron unos pasos enérgicos al otro lado de la puerta de la sala. Entró Guillaume d’Autreville. “¡Ah, Artús! ¡Me tenías preocupado! ¿Cómo has venido hasta aquí? ¡El hermano enfermero dijo que era peligroso que anduvieras solo! El efecto alucinógeno de los hongos que te suministraron en la bebida todavía tardará uno o dos días en desaparecer. Hasta que eso ocurra, la confusión mental que te provocan puede hacer que confundas realidad y ficción... ¡Anda, acompáñame! Lo mejor será que duermas mientras yo sigo con las pesquisas. Tengo que encontrar al culpable”. Luego le hizo un guiño a Jakob y se llevó a Artorius, que no opuso resistencia. Camino de la enfermería, Artús o Artorius o Arturo –como decía ahora que se llamaba-, o lo que quedaba de él, se atormentaba en voz alta con un interrogatorio despiadado que confirmaba a Guillaume que había perdido el juicio: “¿Y cómo sé yo ahora quién soy? ¿Y cómo salgo de este libro? ¿Y por qué me llama Artús Guillaume si mi nombre es Arturo? ¿Y qué hago yo en la enfermería si tengo que continuar escribiendo? ¿Y cómo me lleva del brazo un personaje que yo he creado? Y si es verdad que yo he sido escrito ¿quién me garantiza que Jakob no está escrito como yo? Y si todos y todo está escrito ¿quién será el lector? ¿El que escribe sin ser escrito? ¿Otro escritor que está aprendiendo su oficio? ¿O somos todos personajes que leen o escriben dentro de un libro, que está dentro de un libro, que está dentro de un libro, que está dentro de un libro?...”
Y Guillaume le llenó la boca con un trapo para que la lengua no volviera a salir, le cruzó las manos sobre el pecho y dio orden de que cerraran el ataúd. Desgraciadamente no eran hongos alucinógenos. Y no tenía ni la menor pista para poder encontrar al asesino. Lo más inteligente era convencer a Jakob de que no registrara esta muerte en sus anotaciones hasta que tuviera algún indicio fiable que seguir. “De la duda no nos queda sino el miedo”.
Fernando Lorente
(De Entremundos)