Fuera de quicio

by Administrator 29. octubre 2009 09:49

                   Arturo no podía dormir. Siempre le pasaba lo mismo cuando se quedaba escribiendo hasta tan tarde: se metía en la cama con todos los engranajes del magín funcionando y le era imposible detenerlos. Como toda maquinaria, el proceso creativo tenía sus inercias y estaba claro que esta noche le iba a cobrar su factura haciéndole velar las armas de su novela (¡qué coincidencia lo de “no vela”!) para que llegara a serlo. Pero iba a merecer la pena. Estaba razonablemente satisfecho con sus progresos, sobre todo teniendo en cuenta que a las cuatro de la tarde la pantalla de su ordenador no mostraba más que un par de ideas apenas esbozadas. Sin embargo, diez horas después había pulido la trama hasta descender a unos detalles que a él mismo le parecían brillantes, había perfilado sus dos personajes principales y, lo fundamental,  había escrito veinte folios de una tirada. ¡Ésa era la clave de su entusiasmo! Por propia experiencia sabía que si lograba redactar las diez primeras páginas, existían bastantes posibilidades de culminar la novela, así que veinte prácticamente la garantizaban… Tenía que admitir, sin embargo, que había “respirado influencias estructurales” –se sonreía para sus adentros recordando esta frase de un crítico cursi- de El nombre de la rosa, eso estaba claro desde el primer renglón,  pero no  se le caían los anillos por admitirlo. El narrador escribiente de su novela  se llama Jakob de Seltz  y, como Adso, se remontaba a su juventud para glosar la finura intelectual de su maestro, Guillaume d’Autreville,  y narrar jornada a jornada las peripecias acaecidas en su compañía. Hasta ahí llegaba el paralelismo. Su vuelta de tuerca y gran contribución a la intriga consistía en que, al final de la novela, Jakob y Guillaume eran la misma persona. Cómo lo lograría, eso estaba por desarrollar, pero lo que sí era seguro es que tenía que dosificar con cautela los indicios que condujeran al desenlace. En realidad,  ya había bosquejado sus líneas maestras: Jakob era un anciano que volvía a su juventud al retroceder en el tiempo para contar la historia; Guillaume ya había fallecido cuando Jakob escribe sus andanzas, pero en la novela lo muestra en plena madurez física e intelectual.  ¿Cómo resolverá el aparente contrasentido de estar muerto y a la vez escribir? “Tiempo al tiempo, querido mío. No seas impaciente”, se decía a sí mismo, tratándose ahora como lector…

Y se distrajo al escuchar un sonido difuso al fondo de la casa.  Aguzó el oído. Parecía que rasparan una superficie áspera. No le gustaba nada la sensación que se abría paso entre sus vísceras. Esa especie de náusea anticipatoria de la desgracia que se le encaramaba en la boca del estómago era muy de tener en cuenta. Que él recordara nunca le había fallado. Y aquí estaba ahora, presionando bajo la punta de su esternón, implacable… No, mejor se quedaba en la cama mirando hacia lo alto en la oscuridad. Consiguió así distraer su atención: el techo que no veía se metamorfoseaba en lienzo imaginario para retratar a sus personajes. Por ejemplo, el Jakob de Seltz que acompañaba a Guillaume d’Autreville era un joven delgado, pelirrojo, de mirada viva y movimientos rápidos, pero cuando lo imaginaba escribiendo, ya muy anciano, tiene el pelo totalmente cano (sí, los pelirrojos también encanecen), ha engordado unos cuantos kilos –no demasiados-, sus movimientos son lentos y meditados y sólo la viveza de su mirada recuerda al joven de hace treinta años. Guillaume, sin embargo, no tiene antes ni después. Aparece espléndidamente aseado, la barba cuidada, la mirada alerta…

“Pero…, ¿será posible que tenga que levantarme?”, farfulló contrariado.Salió por fin de la cama. Tropezó con la pata, maldijo en arameo frotándose los dedos doloridos y fue cojeando hasta que acertó a encender la luz. Se dirigió al fondo de la casa. El pasillo iba intensificando la desazón que atenazaba su estómago con su obcecada longitud. Algo le decía que el sonido que escuchaba no lo producía el viento al agitar las venecianas de la ventana, y mucho menos un pequeño roedor que se hubiera colado en casa, proveniente del descampado cercano… No. La náusea era cada vez más intensa, más cercana al vómito, como si vaticinara algo aciago, luctuoso…

Al final del pasillo estaba la habitación de trabajo. Un tenue resplandor la iluminaba, como si el ordenador estuviera encendido. Pero estaba seguro de haberlo apagado.  Se aproximó y el sonido que escuchaba desde su dormitorio se hizo más nítido: ahora adquiría todos los matices que le permitían suponer que alguien escribía a mano sobre un papel de mucho gramaje… Entró en la habitación y casi se tropezó con un monje benedictino que trabajaba en la mesa de su ordenador. Éste no levantó la vista de lo que Arturo rápidamente identificó como un pergamino. Cuando hizo ademán de dirigirle la palabra,  el extraño le rogó silencio levantando su mano izquierda. Concentrado en su escritura, parecía querer rematar un texto que fluía vertiginosamente de su cabeza... Las piernas de Arturo comenzaron a temblar. El monje se dio por satisfecho con lo escrito y depositó con delicadeza la pluma en el tintero. Alzó por fin la vista y dijo: “No pareces muy contento de verme”. 

Arturo replicó: “¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado en mi casa?”.  Su voz había ido subiendo de tono y el temblor de las piernas alcanzaba ya los brazos, de modo que parecía presa de un frenesí incontrolable. “Tranquilo, Arturo, tranquilo”, respondió el monje. Empuñó de nuevo la pluma y escribió un renglón más. Arturo se tranquilizó. “Sabes perfectamente que soy Jakob de Seltz y que para entrar en mi casa sólo necesito la llave de la puerta”.

“¿Cómo que su casa? Ésta es mi casa y voy a llamar ahora mismo…”

“¿A la policía?” completó el monje la frase. “No creo que puedas hacerlo… ¡Anda, inténtalo!”.

Arturo quería coger el teléfono que estaba sobre la mesa en que escribía el monje, pero le era imposible extender el brazo. Su rostro mostraba impotencia y miedo a partes iguales.

“No te asustes. Estás un poco confuso. Es normal.  Ya sabía yo que no había planteado coherentemente la situación. Pero lo arreglo ahora mismo”. Y volvió a tomar la pluma entre sus dedos.

“¿Qué quiere decir? Usted no tiene que arreglar nada. Sólo tiene que irse ahora mismo”.  El sudor comenzaba a perlarse en su frente, pero seguía sin poder realizar el menor movimiento.

El monje escribió unas palabras.  “Mira, verás como ahora todo es más fácil”.  Entonces Arturo se acercó a él. El temblor de su cuerpo había cesado  y el miedo dejaba paso a un agradable sosiego. Su frente se relajó y las gotas de sudor desaparecieron.

“¿Puede explicarme qué está ocurriendo?”, inquirió Arturo.

“Es muy sencillo –contestó el monje-. Por fin he conseguido tal grado de realismo en la expresión que mis personajes creen que tienen existencia propia e intentan abandonar la trama”.

“No entiendo nada de lo que dice. ¿Qué tiene que ver eso conmigo?”.

“Tú eres uno de mis personajes”, se limitó a contestar el monje.

“¡Está usted loco! Si hay aquí un personaje, ése es usted. Si es verdad que es Jakob de Seltz , entonces es usted quien se ha escapado de la novela que estoy escribiendo… ¡Pero esto el colmo! ¡Le estoy dando explicaciones a una alucinación que dice ser el protagonista de mi novela! ¡Se me está yendo la cabeza!  ¡No tenía que haber trabajado tanto!”.

“Si te sientes más seguro creyendo eso, allá tú. Pero si quieres saber la verdad, sólo tienes que acercarte aquí y leer las últimas líneas”.

Arturo se acercó con cierta reticencia.  Sobre el pergamino el monje había escrito con  letra gótica poco definida, muy suelta y rápida. Leyó los últimos renglones: “Quiso alcanzar el teléfono, pero su mano estaba paralizada. Sabía que todo lo que le estaba contando era verdad. Así que no tenía otra opción que la de tranquilizarse.  Al poco, el sudor de su frente había desaparecido”.

No podía dar crédito a lo que había leído. “¿Cómo era posible? Esto es una locura”, se dijo. Luego, dirigiéndose al monje: “No sé lo que está pasando. Lo único que tengo claro es que yo estoy escribiendo una novela y que usted es uno de mis personajes. Su apariencia física la he decidido yo, y la acabo de evocar precisamente hace unos minutos, cuando estaba tumbado en mi cama y no podía dormir”. 

El monje le respondió: “Estás muy seguro de lo que dices. Claro, es tu forma de ser porque yo he querido que fueras así. Pero soy yo quien te escribe a ti, no lo olvides. Te he situado en un mundo futuro rodeado de inventos del futuro, que dentro de siglos podrán ser o no ser, pero que son en mi imaginación y en el mundo que he concebido para ti. Y la prueba palpable de que lo que yo digo es verdad es que tú has leído en tu idioma los últimos renglones de un texto que yo estoy escribiendo en el latín del año en que vivo, a principios del siglo XIV, en la Edad Media, como tú crees que se llama mi época. Pero no olvides nunca que tú sabes eso porque yo he decidido y consentido que lo sepas”.

 “Ya, claro. ¡No contento con decir que usted me ha ideado, pretende ahora también ser el creador de todo lo que me rodea…! ¡Tiene un altísimo concepto de sí mismo! ¡A lo mejor se cree usted el único dios verdadero!”, ironizó coléricamente Arturo… “No. Vuelvo a repetirte que simplemente soy un escritor que ha descubierto una nueva técnica narrativa que otorga a sus personajes una autonomía tal que, en casos como el tuyo, puede llegar a rebasar el ámbito de su propia realidad. Y eso posiblemente ha sucedido porque he cometido algún error en la elaboración o descripción de la tuya”.  “¿Me quiere decir que esta mesa no es real? ¿Que este ordenador no es real?”, preguntó Arturo golpeando sucesivamente la mesa y el ordenador con su mano derecha. “Pues claro que no, hijo. Ahora mismo lo vas a comprobar”, contestó el monje, que volvió a tomar la pluma del tintero y añadió un par de renglones más a su pergamino. Cuando levantó la pluma del texto, la habitación de trabajo de Arturo comenzó a difuminarse, para luego volver a definir los contornos precisos de los  scriptoria típicos de las abadías medievales.

Arturo no podía tenerse en pie.  Jakob volvió a escribir mientras comentaba: “Está bien, ya basta de tanta incredulidad. Tienes que descansar. Ahora mismo van a llevarte a la cama. Cuando despiertes nada de esto volverá a preocuparte”.  Se oyeron unos pasos enérgicos al otro lado de la puerta de la sala. Entró Guillaume d’Autreville. “¡Ah, Artús! ¡Me tenías preocupado! ¿Cómo has venido hasta aquí? ¡El hermano enfermero dijo que era peligroso que anduvieras solo! El efecto alucinógeno de los hongos que te suministraron en la bebida todavía tardará uno o dos días en desaparecer.  Hasta que eso ocurra, la confusión mental que te provocan puede hacer que confundas realidad y ficción... ¡Anda, acompáñame! Lo mejor será que duermas  mientras yo sigo con las pesquisas.  Tengo que encontrar al culpable”. Luego le hizo un guiño a Jakob y se llevó a Artorius, que no opuso resistencia.  Camino de la enfermería, Artús o Artorius o Arturo –como decía ahora que se llamaba-, o lo que quedaba de él, se atormentaba en voz alta con un interrogatorio despiadado que confirmaba a Guillaume que había perdido el juicio:  “¿Y cómo sé yo ahora quién soy? ¿Y cómo salgo de este libro? ¿Y por qué me llama Artús Guillaume si mi nombre es Arturo? ¿Y qué hago yo en la enfermería si tengo que continuar escribiendo? ¿Y cómo me lleva del brazo un personaje que yo he creado? Y si es verdad que yo he sido  escrito ¿quién me garantiza que Jakob no está escrito como yo? Y si todos y todo está escrito ¿quién será el lector? ¿El que escribe sin ser escrito? ¿Otro escritor que está aprendiendo su oficio? ¿O somos todos personajes que leen o escriben dentro de un libro, que está dentro de un libro, que está dentro de un libro, que está dentro de un libro?...”

Y Guillaume le llenó la boca con un trapo para que la lengua no volviera a salir, le cruzó las manos sobre el pecho y dio orden de que cerraran el ataúd. Desgraciadamente no eran hongos alucinógenos. Y no tenía ni la menor pista para poder encontrar al asesino. Lo más inteligente era convencer a Jakob de que no registrara esta muerte en sus anotaciones hasta que tuviera algún indicio fiable que seguir.  “De la duda no nos queda sino el miedo”. 

Fernando Lorente

(De Entremundos)

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La misma herida de siempre (II)

by Administrator 27. octubre 2009 09:48

 

  

¡Cuánto sufrió baldíamente!

¡Cuántas traiciones íntimas

sus pequeñas renuncias!

¡A cuántos vendería

defendiendo sus principios!

Y cuando sus principios le vendieron

una fina cinta escarlata

fue trazando su camino.

Fernando Lorente

(De Elegía del militante)

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Aurum potabile

by Administrator 23. octubre 2009 14:23

     “Si el hombre es polvo

esos que andan por el llano

son hombres”.(Octavio Paz) 

Todo era por aparentar. Y por disimular la cojera del alma. Y por alumbrar sueños nuevos en este erial de silencio. Y por embaucar al tiempo. Y para poder mentirse una y otra vez que nada cambia. Y para descerrajar los cielos con su mirada indecorosa.

Ella carecía de importancia. Si era una mera brizna de casi nada en un punto irrisorio de este universo ilimitado, ¿qué más daba otro golpe de duelo?

Todo iba recuperando su sabor. La sangre acre en sus manos. La sal del llanto en su lengua. La dulzura exacta de la muerte en el descanso larvado de sus ansias. 

Todo se iba impregnando de resonancias metálicas, sombrías,  amortecidas, como si fuera alejándose, adentrándose, anidándose, anudándose, enlodándose sin temor en la tierra madre, Refugio Inciso Permanente.

Ella me lo debía. Desde el día en que aceptó las condiciones para pernoctar en esta casa. Desde el momento en que llamé a la puerta. Desde el instante en que sus ojos se enredaron en los míos. Desde la certeza que guió mi mano cuando imploró ayuda, segundos antes de echárseme encima como un perro rabioso.

No me arrepiento de nada. El rito es así. La maté, la enterré, tan poca cosa (un puñado de polvo de mujer enterrado en la  polvareda transitoria del recuerdo). Al César lo que es del César.  Y a ti, ¿qué te daré a ti?

Por eso me exonero y me sacrifico. Porque dos muertos caben en el mismo hoyo. Por fortuna para todos, cuando se cumpla el proceso y sus gusanos se apareen con los míos me descompondré en miríadas ínfimas de hálito invisible y anidaré en cada garganta alentando gritos. Así pues, la batalla estaba ganada antes de su inicio. El círculo se cierra en cada una. Vivo para siempre cuando muero. Y vuelta a empezar. Custodiar la casa y ensalzar la magnitud del galardón: sobrevivir una sola noche para beber el aurum potabile y alcanzar la inmortalidad, sin necesidad de volver a comer o beber. Soy el Conde de Saint Germain y todavía busco con quien compartir mi secreto. 

 

Fernando Lorente

(De Entremundos)

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7 haikus

by Administrator 21. octubre 2009 08:35

Mayo despunta:

distraído en tus ojos

bebo tus besos.

 * * *  

Árbol desnudo,

desmenuzas tus ansias,

vence el otoño.

 * * *  

Agua estancada:

soñadora de mares,

vergel de juncos.

 * * *  

El aguacero

con su tambor despierta

la flor dormida.

  * * *  

Arrecia el viento:

algarabía de hojas

árbol desnudo.

  * * *   

Luna de agosto.

Se desmaya en la fuente.

Brilla en tus ojos.

  * * *  

Como una garza,

tan manchada del blanco

de tu camisa.

Fernando Lorente 

(De 38 haikus y 10 tankas al anárquico modo)

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Bellezasilenciosa (endecasílabos)

by Administrator 20. octubre 2009 13:35

Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.

Francisco Umbral.

Mortal y rosa  

 

       

         Aunque  pudiera creer que las nubes en el cielo transitan impulsadas por tus besos, que  las olas del mar se mecen empujadas suavemente por la tenue cadencia de tu cuerpo, he claudicado de creer en ti.

 

                Entre las palabras dichas expira la tristeza toda de lo posible, como estertor recién  recuperado, pecado tan venial e insoslayable. Decir y luego agonizar callados, fina línea expoliada del silencio, de su desmán último y caprichoso: cada palabra dicha difumina el orden tan estricto de lo mudo y elige un mundo pobre para ser despojo de lo que acaso alcanzara.

 

               En el tedio de la voz que te nombra renuncias y te extingues al unísono, breve luminaria ahíta de negrura. Padeces como estos endecasílabos disfrazados de prosa desahuciada, percutiendo tambores de desastres, alumbrando atardeceres aciagos, resumiendo con un beso lo muerto.

 

                Como lo bello de inefable túnica  desnudo, de redondas oquedades cariado, de podridos intereses corrompido, te suplico clemencia, ahora que de tu sangre sin palabras brota la desmesura de tu amor yugulada por mis salvajes manos.

 

                Te temo aun yerta y fría entre mis brazos: no sé como escapar al maleficio  de  tus ojos abiertos que me buscan y que sin hablar  me acusan, desprecian y delatan fijamente encelados.

Fernando Lorente (De Entremundos)                   

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[Ahora que estamos aquí juguemos]

by Administrator 19. octubre 2009 11:29

 

[Te conmovías incandescente.

Te abandonabas confiada en la ternura

y paulatinamente abatías tus murallas.

Un atardecer se adormecía en tu penumbra

y tan enmudeciendo en la nostalgia

irradiaba la irreversible agonía de la tarde.

Y te amaba más.

Y te obsequiaba con la nítida constancia de mi calma.

 

 

En cada beso todos los labios se resumen.

En cada labio todas las lágrimas abrevan.

En cada lágrima todos los pasos se remansan.

Ven, ven de risa y amapola.

Ven de prístina alegría

a adormecerme entre tus brazos,

a encandilarme el corazón con tus palabras.

Ven de súbito y silencio

a desbridar la desesperanza de su soberbia atalaya.

Que en tu soledad de salmo mudo

resplandezca la esperanza.

Que en tu plegaria se posen subrepticias

las albricias de tu boca.

Y que sólo yo sepa acotarte

parámetro imprescindible de mi alma.]

Fernando Lorente 

(De Casi sin sentir que fui)

 

 

 

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Nada

by Administrator 16. octubre 2009 12:38

                  La oscuridad de la sala es completa. No me preguntes cómo, pero veo aunque no disponga de linterna alguna. Tampoco es esencial para lo que tengo que contarte. Sé, porque me lo dice el miedo que respiro, que no hay remedio. Todas las plantas están bajo su control. Muertos sin  otra finalidad que matar… De eso debe de ir este sueño. Sólo quedamos tres. Mi mujer, mi hijo y yo. No sabría decirte cuántos éramos antes, ni  cuántos pisos tiene el edificio.  Tampoco sé a ciencia cierta cómo llegamos a esto. Hemos intentado salir por ambos extremos de la sala, pero tuvimos que cerrar las puertas rápidamente. El olor a descomposición era tan intenso y los inquietantes sonidos que se aproximaban lo hacían tan deprisa que el miedo devoró nuestra mermada valentía de inmediato.

Ahora ella está tan cansada que nos pide a gritos que dejemos de soñar, pero mi hijo y yo no podemos hacer otra cosa. Él ha asumido nuestro destino y se ha acurrucado en un rincón esperando a que estos despojos humanos aparezcan y hagan su trabajo: ve como algo enteramente normal pasar a formar parte de esta horda putrefacta condenada a la desaparición y creo que ya no nos sueña. Pero yo no me doblego. Soy de los que luchan hasta el final. Incluso dentro de los sueños. Para darme ánimos, decido evadirme unos instantes. Me imagino un cielo brillante y azul henchido de nubes, colgado sobre el vaivén calmoso y verde de las olas del mar… No resulta. Un sueño dentro de una pesadilla es como una victoria dentro de una derrota. No sabe a nada.

Estoy escribiéndote esto dentro de mi sueño para que cuando abras la puerta y contemples los cadáveres que deambulan sin rumbo por la sala, reconozcas los nuestros y les des sepultura: los tres iremos de la mano y llevaremos escritos nuestros nombres en el pecho.  Y cuando tu boca los pronuncie comenzaremos el tránsito,  y podremos soñar que soñamos que no soñamos, y creeremos por fin reales a pies juntillas todos y cada uno de nuestros sueños, que los sueños sueños son.

Fernando Lorente

(De Entremundos)

  

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Ya que estamos aquí juguemos

by Administrator 14. octubre 2009 12:17

 

Te espleronabas incandescible. 

Te incrustionabas imprecedable en la falangia

y a davientras admiliculabas tus perilios.

 

Un plandrelir se acanacía en tu plastilia

y tan cravaliando en la celopa

distreplacía la irrelectiva surtifia de la plandre.

Y te somio tor.

Y te estropo con la fúlgide insalicia de mi vitra.

 

En inda boli doti los linsos se parilian.

En inda linso doti las litias se distreplan.

En inda litia doti los ámpidos se lapian.

 

Can, can de vélida y sondina.

Can de lútida lesergia

a adalimarme cita lis tandangios,

a resoliparme el dorolex con tus ditribas.

  

Can de lísipe y auspiria

a lideprar la incarda de su endogumia catalda.

Da en tu caliqué de dulci crave

luiplacie la carda.

Da en tu sollar se pacien lacricedas

las milidras de tu galda.

 

Y da tola yo tudri ditrili

data dimetrolabia de mi antra.

 

Fernando Lorente

(De Casi sin sentir que fui

 

 

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La que trae la paz (fragmento)

by Administrator 13. octubre 2009 14:25

 

Al concluir la paliza solía apostillar: “Y aún ties’ que dar gracias a Dios. Pa’ lo puta qu’eres, poco te pego”. Y después el muy cabrón dormía la mona plácidamente.

Fernando Lorente

(De Entremundos)

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La misma herida de siempre (I)

by Administrator 8. octubre 2009 16:58

 

El corazón contraído,

como una piedra inerte,

pesa tanto en el pecho

como un fardo de odios....

No perdona el sarcasmo de la vida

ni la maldad del mundo que le cree libre,

apenas un murmullo ya su existencia,

una fina cinta escarlata su esperanza.      

 

Fernando Lorente

(De Elegía del militante)

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3.1

by Administrator 7. octubre 2009 14:14

 

A filo y silencio.

Meditando exacto.

Duro exceso de lo poco

a sabiendas de lo mucho.

Conceptismo incauto:

sinestesia abstrusa,

tan solo palabra

lobulada, llena

como letra

“o”

o cual

esa gota

que colma mi copa.

  

Fernando Lorente

(De Siete veces siete

 

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Mejor lo dejamos estar

by Administrator 6. octubre 2009 14:44
    

He leído Mass miedo de Gonzalo Escarpa y me han entrado unas ganas locas de escribir todavía no sé bien qué. Es evidente que muerdo las flores y pisoteo las buenas intenciones de todos los que pasean por las calles de esta ciudad que duerme en su mañana de lunes. No hay esperanza y la que hay no me gusta (podría decir aquello de me cago en tu puta madre pero soy demasiado civilizado… aunque pueda sospechar y sospeche que ella, la que no baila boleros, es lo peor que le ha pasado a mi ciudad en los últimos doscientos años). Es consustancial con mi forma de ser, pensar y repensar y luego volver a pensar para luego regurgitar y después reconsiderar para decidir con criterio racional y… no hacer nada. Ése es el problema. Empieza por hacerme daño la oscura maraña tejida sobre el futuro del hijo que no será y la mujer ideal que ha desertado de su propia existencia: ruedas de molino que abisman en un mundo sin sentido. ¿Quedará poesía? ¿Hay responsabilidad sobre las palabras, las dichas y las calladas, las ciertas y las mentidas? ¿Qué coño es la sociedad? ¿Quién habla de raíces del hombre cuando se extirpan a diario por millares como mala hierba y casi nadie hace casi nada? ¿A quién le importa el destierro de los que escriben, el confinamiento de sus lenguas y sus pensamientos si el miedo nos hace obedientes y tan blandos por fuera como si no lleváramos huesos por dentro? ¿Nos limpiamos las gafas como hacen los ciegos, por si acaso estuvieran sucias? ¿Qué me importa lo que guste o no guste de lo que escribo? ¿Quién no se expulsaría a sí mismo algunas veces, quién no se apagaría sin dudarlo aunque sólo fuera por unos instantes, bendito Rimbaud? Se me pudren las noticias en las manos y el pescado crudo cambia sus aletas por un nauseabundo aliento de estercolero marino; se rumorea que no es más que el comienzo de una podredumbre universal que abolirá paulatinamente la lucha por la vida hasta dejarla en una tentativa de ducha por la grima de quitarse la peste de uno mismo. Luego cruzo el semáforo que perpetra este lunes y casi me atropella un sauce seco que se desangraba en el surco del carril-bus. ¡Qué desengaño descubrirse súbitamente estafado por la servidumbre del ser sin ir más lejos de serlo! Y luego el tren pasa a lo lejos, como una bestia que huye llevando en su vientre a esa pareja de pijos incongruentes con la realidad del sistema irreal que les traslada sobre unos raíles que se enroscan en sus piernas como sierpes de necesidad, íncubos y súcubos de la peor calaña que abusan de la posición dominante de sus tentáculos para jodernos a todos sin demasiada imaginación pero de forma contundente. ¡Y luego dicen de la coca-cola! ¡Será que se mata poco! Pero, por lo menos, que no se nos quede nada en el tintero o en el cuerpo, que no se nos vuelva espesa la sangre para que cuando los niños lloren, o El Corte Inglés se levante en armas, o la burbuja ecuménica estalle por su más tersa superficie, o el cemento almado hasta las ansias tiemble de tristeza, nos demos cuenta de que seguirán descojonándose como siempre los de siempre de los de siempre. Y que la poesía sea ritmo o rima o risa o acción o reacción o cambio o bala o crasa criba de criminales ¿a quién coño le importa salvo a cuatro perros verdes? También yo podría cagarmeenlaputamadredelmáshijo-deputadelosmortales... y luego ¿qué? Otro coche con otras luces acosándote, otro sándwich de polla de artista de a 1.000 €, otro logotipo pintado de ojo de gran hermano que lo jode todo, mucho parloteo y nada mejor que hacer, salvo quejarnos del hijo de puta que se lo lleva crudo, que se lo come crudo, que se nos come crudos tan callando. Pero, eso sí, ella, la pobre negra, que baje los putos pies del asiento, que deje de manchar con su presencia los doloridos antros de nuestro lumpen residencial. Ya leeremos para hacernos libros y hombros probos y baratijas, ya nos venderemos por un plato de lentejas, ya compondremos el cuadro universal de la falacia. Y cuando ya no sepamos si somos más o menos la mujer que termina el final de lo que acaba saldremos y llegaremos a la vez en el mismo tren que nos deja perplejos cada día… Por cierto, ¿por qué tantos trenes para no salir del libro? Quizá podrían engarzarse amatistas con el candor de lo cósmico que subyace en el estío, ese principio de incertidumbre que teje caries en el hielo de los polos, ese baldosín a contrapelo del buen gusto que desgracia una pared discreta con su color chillón, que parece un soniquete de los Pechosboys asesinando una obertura. Tal vez podría cocinarse un solomillo tan delicioso que derritiera los dientes del alicate más atroz, que ascendiera al firmamento con el fragor inusual de la santidad fileteada. Es posible, incluso, que la sílfide más prístina pasara por harpía ante lo arcano de su ambrosía. Acaso lo ignoto despierte la sed desmesurada por lo fastuoso, muela cualquier diagrama que marque su posición, astral o terrenal, y actúe como el botón de muestra de lo nuevamente cándido, como el resorte que dispare la beldad hasta aproximarla al otro extremo de las mismas heces, para caer luego en barrena en el estruendomundo. Después de todo, disfrutemos las molestias de vivir mientras dure la mentira de la literatura, mientras encontramos la persona que dejamos en ese pueblo perdido de la provincia de Cádiz que hubiera sido algo en nuestra vida si ella y nosotros tuviéramos una importancia biyectiva y las dualidades dejaran de ser poemas fáciles, si pudiera ser por un solo instante linterna de voces diversas para ciegos doloridos. Por pura poesía escribir C2H2 cuando lo químico sería C2H6, vamos, etano, pero quizá es que no lo entiendo. Pero confieso que roeré mi error con mayúsculas y negritas y versales de tomo y lomo y salvedades redundantes de erres ornamentales y retrógradas que ridiculizan el ruido recalcitrante del sacrificio de los palíndromos. Para que luego llegue un surfer de mierda y se camele la vida como a una niña tonta que bebió demasiado y no se le ocurre otra cosa que verse lista… Y no me consuela en absoluto pensar en lo que Neruda o Gonzalo puedan o no puedan hacer esta noche, al fin y al cabo yo haré lo de siempre, y la siguiente también y la otra y la otra, y aunque permute palabras ecolálicamente, aunque no atienda a su significado y rime pernil con mandril no cambiará nada, porque la vida nos pasa por encima como un camión sin frenos y apenas controlamos algo más que el puro proceso de la micción, y eso sólo hasta el punto exacto del no poder más. Pero, claro, si me fuera a morir mañana, si te fueras a morir mañana, no creo que yo escribiera ni tú me leyeras, es más, creo que ahora, que ambos sabemos que a lo mejor no nos morimos, en realidad estás pasando los ojos por las letras que yo he escrito,  eso lo puede hacer cualquiera, pero leerme, lo que se dice leerme… En fin, para rematar la puntada de oro, el chocolate del loro, hablar de la poesía que pudiera salvar el mundo, de los poetas que bajaron del Olimpo, de los que están o estarán en los cielos, de decir lo que no se sabe decir, de que se ponga en pie o que se acueste, la poesía no sirve para nada… Y por eso es tan bella, porque todo es poesía hasta que lo piensas, hasta que lo digieres, hasta que lo devuelves al  medio… Se me cae de las manos la misma violencia de creer que podría utilizarla para fines legítimos… Sigo con mi gilipollez de que el fin no justifica los medios, y debo de ser el único. Y vuelvo a pensar que con unos cuantos tiros en la frente –siempre cara a cara, por Dios, somos asesinos, pero no cobardes- hubiéramos evitado sufrir lo que sufrimos… Es ocioso poner ejemplos y, pensándolo mejor, es dudoso que alcanzaran las balas a cubrir tanta demanda. ¡Satán ora pro nobis, que Dios no nos quiere!

Fernando Lorente

 

 

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Amanecer

by Administrator 5. octubre 2009 14:52

 

LA LUZ DEL SOL ESCRIBE

su caudalosa prole de ascuas.

Entre orondas nubes se esponja,

y se despereza,

y  taladra luego el espacio

con su redonda tormenta de albor.

¡Fíjate cómo su halo nimba

el perfil de las montañas

y diluye tenuemente

la filigrana del río

amorteciendo laciamente

su quimera de ser mar!

En el fondo del valle la arboleda

ansiosa y acallada desayuna

las primeras briznas del orto

que descuidadamente se enredan

en sus ramas y los pájaros tejen

con su dulce trino el manto

espléndido de la mañana.

¡Cuánto milagro diario y tan discreto

hace la noche para ser alba!

Fernando Lorente

(De Tránsito 

 )

  

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Pangea

by Administrator 2. octubre 2009 12:21

 

                Amanece de ceniza. Encinta. Demacrada. Abatida como empalizada inservible. Amanece de silencio. Enjuta. Derrotada. Asaltada como coraza de azúcar. Así se siente, vulnerada, lacerada, puro paria en estado de gracia. Las manos sobre el regazo. Los ojos más allá del mar, donde acaso crezca una esperanza. Los hijos que no tendrá le miran con sus tizones ciegos y blasfeman. ¡Cuánto penar para arrepentirse siempre! Le sobraba amor y la traicionaron una y otra vez con las mismas palabras,  promesas de antaño urdidas con desdén de rutina perpetua. Y ahora se lame sus heridas. Amanecer y anochecer amancebados la contemplan con su sorna de crepúsculo superfluo. Algo se oculta en su interior envilecido, no vencido. Magma puro, incandescente, primigenio. Tectónica de placas. Extrusión kárstica. Erupción volcánica. Volver a empezar.

Fernando Lorente

(De  Entremundos)

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