Análisis de tierra

by Administrator 26. noviembre 2009 08:13

 

      

La oscuridad debe ser más rápida que la luz,

porque ya está allí cuando la luz llega.

Elizabeth Moon.  

Yo fui

lo que no supe

ser completamente.

Imperfecto,

como

buscando

luz

desde

lo oscuro.

  

Confundí

causas y desperfectos,

fines y alboradas,

y las sirenas me ahogaron

en sus fábricas de tedio.

Ulises se reía desde Ítaca,

yo lloraba por él

y los dos estábamos

muertos de silencio.

  

He llegado

a ninguna parte,

por fin con un motivo

para palpar lo que era

sólo referencia abstracta,

y sé que piensan que gasté mi tiempo,

que quemé mis naves

y que luego fui

devorado por la medianía.

 

Detrás del nombre hueco

huero,

huérfano,

sólo huesos...

Huella de labios mudos,

huerto baldío allende el Orco,

me hallé por fin acuclillado

temeroso de ser sencillamente

sólo yo y mis estribaciones

con las dificultades propias de la nada.

 

Me hice

y rehíce después

mi cimiento con barro transitorio

y sobrepuse mi quimera de no ser

a la impotencia de ser lo que soy

-ni un centímetro más,

ni un suspiro menos-:

capitán de la simpleza,

comandante en jefe de las fuerzas sepulcrales,

general absurdo de la inoperancia exacta,

voluta grácil,

arabesco sutil de la fruslería,

polvo, nada, sombra de humo...

 

 Fernando Lorente

(De Di que fue...)

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2.4 y 2.5

by Administrator 24. noviembre 2009 14:10

 

2.4 

Urdo paraísos afligidos.

Besos se despeñan de su boca.

Cabe corazón apenas un murmullo

Tejen las arañas con segundos mustios

vidas que degüellan sus quelíceros.

Urdo, digo, paraísos compungidos

donde arrecian los defectos y las taras,

las carencias justifican su salario

y las tachas y las lacras y los yerros

certifican la victoria del desánimo.

2.5 

Urdo paraísos atristados,

grises como yo cuando me ausculto,

nirvana fraudulento, tramposo

afán de simulacro.

                                   Tan solo lo que soy.

Estupor.

O silencio.

Zumbido de quemazón infame

poquedad exacta en que me ignoro.

 

 

Fernando Lorente (De Siete veces siete)  

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La cigarra y la hormiga

by Administrator 23. noviembre 2009 12:43

 

   

El albor mismo de la génesis lo grabó.

Inscripción  sin letras,

sin palabras, 

                               sólo geometrías,

                                              sólo colores

                                                               antes del color.

 

Se nace, como todo, partiendo de la nada.

De esa que asusta tanto por ser

extremada entelequia incomprensible.

Y a las más altas cumbres de miseria

(querido Groucho) nos encaminamos

con soberbia excelsa y minúsculo equipaje.

 

Se llega a saber que no se sabe,

pero...  ¡tan fácil se olvida la enseñanza!

 

Y aquí estamos:

un suspiro de centurias

colma mares de segundos

y como éramos seguimos:

dualidades sencillas

para mentes primerizas:

                Bueno/Malo,

                Blanco/Megro,

                Mar/Desierto,

                Caín/Abel,

                Cigarra/Hormiga. 

 

Con el transcurso del tiempo

inventamos crucigramas

y decimos sin sonrojo

que para llegar al ocio

se pasa por el  negocio…

Y comprobamos asombrados

que los clásicos prefieren

ser cigarra antes que hormiga.

 

¿Por qué tamaña inquina

contra cualquier hedonista?

Infecundo tuercebotas,

manirroto reprobable.

 

La pobre hormiga acredita  

lo vital del sacrificio

con la sangre humilde y roja

de todo insecto cantor.

Con el paso de los años

se enriquece sutilmente

y va cortando las manos

de tanta cigarra ociosa

-que cantar no es un oficio-

convertidas por decreto

en vagas y maleantes,

y disfruta con deleite

del sublime sacrificio

(ora pro nobis) que ocurre

en su altar particular

para consumo selecto.

 

Pero ¿en qué se quedaría

un extremo sin contrario?

 

Reverencio a las cigarras

por su constancia melódica,

por su fricción sistemática

y puede que licenciosa

de cualquier extremidad.

Me suena a música honrada

su menosprecio de corte

 y alabanza de maleza

y envidio sobremanera

cualquier trago de su vino

o el aroma de sus rosas,

porque cuando no nos miran

todos nos vemos cigarras.

Fernando Lorente

(De: Veleidades de mi sombra)  

 

 

 

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Tumefacción

by Administrator 22. noviembre 2009 18:30
  

Se

llama

dolor

arde

verdad

era

mente

y viene

veneno

de

si

mas oscuras

en

vuelto

en

aguijones

clava

regalos

en

lo

que

(de)ci

da

a

cercar

a

cechar

y es tan

de

tallado

que gra(v/b)a

su

linaje rojo

con

de

leite

a

mama

ntado

sabes

entonc

es

con el filo

justo

del puñal

in

candes

cente

su valor

exacto

la

longitud

ilimitada

de

lo

breve

doy

fe

(r)reo

de

muerte

segura

 

Fernando Lorente

(De Di que fue...  

 

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Río abajo

by Administrator 21. noviembre 2009 17:25
     

No hay ríos caudalosos que asciendan a los valles

y busquen el sosiego durmiendo en las montañas.

(Piedrecillas. Ángel Guijarro)  

 

 

 

El río fluye, besa sus márgenes y olvida.

Se evade sin malicia ni retorno posible.

Expolia indiferente la arena de su lecho

camino de la muerte que alienta en cada océano.

  

Nunca es el mismo río aunque crean reconocerlo.

 

Reverbera en sus aguas la estampa desvaída

de los que se creyeron navío indispensable

y bogaron río abajo sin  doblegarse al miedo,

las velas retejidas con cicatrices mustias,

las raíces al aire y sin carne en la esperanza.

 

Son almas devastadas por un tiempo precario

que apostaron, perdieron y vagan sin objeto,

la idea del suicidio tanteando su hastío.

 

De nada sirve hurgar en esa herida sin labios.

Él ya les advertía sin entrar en detalles:

“Es como masticar cada pena con los dientes

o  morir centenario con un corazón joven…”.

Pero el daño en piel ajena apenas escarmienta

y volvían temerarios a surcar sus aguas.

  

Ahora pasa y ve gente vencida en las orillas.

Simulan que disfrutan de gloria y de fortuna.

Fingen que sonríen para no decepcionarse

sabiéndose apátridas sin tierra ni bandera…

Su historia se amartilla  en la sien con los revólveres

 que urden los gatillos de mil ruletas rusas.

Fernando Lorente

(De Di que fue... 

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La misma herida de siempre (V)

by Administrator 19. noviembre 2009 07:55

 

 

...Cuando se despidió de su aldea

lloraba el paisaje todo anegado en sus ojos

y una fina cinta escarlata

le ponía un río nuevo a su horizonte.

Fernando Lorente 

(De Elegía del militante)

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Griselda

by Administrator 13. noviembre 2009 11:31

 

Llegué pronto, fiel a mi proverbial puntualidad. Como si fuera necesario comprobar que las cosas seguían en su sitio. Y lo estaban. Todo limpio y ordenado. Todo perfecto. Verdes franjas de césped fresco y primorosamente recortado festoneaban las largas hileras de lápidas blancas. Muchas de ellas, coronadas por una sencilla cruz, parecían vigilar la soledad del silencio… No la vi hasta que estaba prácticamente a pie de tumba, debido a su cortísima estatura. Ahora ya es evidente dónde nos hemos citado. Un cementerio es un lugar tranquilo. Los muertos no son muy bulliciosos. Parece ser que tenemos que llegar a un acuerdo sobre el reparto de los bienes. Ya le dije que no tenía mucha importancia. Que hiciera lo que quisiera. Al fin y al cabo, ella y mis tres hijos tenían la última palabra.

Mientras la esperaba he contemplado la sepultura desde fuera, con otros ojos, como si no fuera la mía. Como si tuviera que encontrar argumentos para venderla. Es cómoda (llevo habitándola unos meses) y está orientada al sur, como a mí me gusta, sobre todo pensando en el frío del invierno. Serán por lo menos diez años los que pasaré aquí. Luego, si hay suerte y mis hijos están contentos con lo heredado, tal vez la compren. Pero bueno, tiempo al tiempo. Todo se andará. Hay que ver qué pasa con los otros ocupantes. Los  sepulcros que están a ambos lados del mío han sido vaciados recientemente y todavía no tienen inquilino. Cuando sepa de quiénes se trata podré hacer planes de futuro. No me gusta estar a mal con los vecinos y las disputas me cansan. Ya discutí todo lo que tenía que discutir con mi mujer. Por eso nos separamos. No podía ser que nuestra rutina cotidiana se fundamentara en engarzar una trifulca con otra. Así que un buen día, tras una serie de algaradas de especial virulencia, le planteé que algo había que hacer porque, si no, acabaría cometiendo una locura. Ella debió de ver en mi cara que hablaba en serio, porque al poco ya me había buscado una habitación mugrienta en una pensión de mala muerte para que abandonara la casa, y en cuestión de unos pocos meses firmamos el divorcio… Pero ahora yo estoy muerto. No recuerdo nada absolutamente de cómo ocurrió. Sólo sé que Griselda se ha puesto en contacto conmigo porque tiene que darme un recado de mi ex. Soy todo oídos.

Me comenta que no ha sido posible ponerlos de acuerdo. Mis tres hijos querían  vivir juntos hasta que Adela, la pequeña, fuera mayor de edad. Pero mi ex quiere vender la casa. Argumenta que es demasiado grande, demasiado sórdida y que las paredes rezuman malos recuerdos. Los dos mayores han acabado por transigir con lo de la venta de la vivienda, pero aducen que quieren rehacer su vida lejos, a ser posible en otro país, ya que no pueden cambiar de planeta, y que en esos planes no encaja su hermana Adela. Con el dinero de la venta, una vez liquidada la hipoteca, todavía les quedará a cada uno un buen pellizco, así que mi ex mujer quiere comprarse un piso más modesto y vivir a su aire. Y llegamos otra vez al tema de la pequeña. Nadie quiere vivir con Adela. Todos dicen que se parece demasiado a mí y que eso dificulta la convivencia.

Griselda me sigue poniendo al corriente con sosegada eficiencia: Me refiere con un tono neutro que ha hablado con todos y que, en realidad, el motivo principal de haberla contratado es que quieren que me pregunte dónde había guardado el famoso millón de euros que cobré por testificar en falso contra el alcalde, cuando trabajaba en el ayuntamiento de técnico municipal.  Aquí sí que se me hubiera helado la sangre en las venas de haberla tenido. No sabía que fuera de dominio público. El caso es que cuando cayó en desgracia el primer edil -de hecho creo que aún sigue en la cárcel- y luego su partido perdió las elecciones, los remordimientos fueron tan grandes que me propuse no tocar el dinero… Pero, claro, ahora que caigo, le conté mi hazaña a mi ex un día de esos en que quedamos en el cuartucho de mi pensión para liquidar flecos pendientes y, sin saber bien cómo, acabamos enzarzados en una discusión que desembocó en un beso incongruente y enloquecido, que provocó unas prisas de ropa prácticamente arrancada, que degeneró por fin en el  encuentro más salvaje que recuerdo. Me imagino que los dos estábamos tan necesitados de sexo como de compañía. Fuimos un roto y un descosido.

Pues eso. Siguió argumentando que con todo lo que se les venía encima les sería de gran ayuda contar con un buen dinerito para salir adelante. ¡Mira qué bien: yo criando malvas y ellos llorándome desconsoladamente…! Y… entonces se me ocurre la idea… Griselda puede proponerles un trato: si compran a perpetuidad mi sepultura, garantizando mi permanencia en el cementerio, yo les diré dónde escondo el bendito millón. Es una transacción inmobiliaria  ventajosa para todos. Ella no se lo piensa. Me comenta que tiene autorización para garantizármelo… ¡Pues no se hable más!... Le digo que saque papel y lápiz y que anote la dirección de un banco y las claves de apertura de una caja de seguridad.

Griselda lo anota parsimoniosamente. Cuando ha guardado su cuaderno en el bolso, su actitud es distinta. Una sonrisa ilumina su cara y parece haber crecido.  Sus gestos secos y rígidos se relajan y adquiere repentinamente aires de marquesa. Yo me preocupo. Parece que le acabara de tocar la lotería. Y en cuanto la idea termina de recorrer las cenizas de mi cerebro un escalofrío recorre el recuerdo de mi columna vertebral de arriba abajo: ¡Seré imbécil!... ¡Le acabo de regalar un millón de euros!... Y entonces ella se quita la careta. Se sienta tranquilamente en la losa de mi sepultura y me suelta su discurso:

--Ha sido un placer hacer negocios con toda la familia. He de confesarte que me costó lo indecible convencer a tu ex mujer de lo que le odiaba su hija. Claro, sólo se parecía a ti porque a ella no la quería, porque no creía que fuera su madre, quién sabe si tú no la cambiaste incluso en el hospital. Y acabó por creérselo. Una médium puede ser muy convincente. Es como si tú mismo -¿desde cuándo me tuteaba?- le hubieras dicho que era hija de otra mujer. Sí, ya sé que es difícil de creer, pero soy muy persuasiva. Así que la desazón hizo que recelara tanto de ella que empezó a vigilarla. Yo me encargaba de sembrar la desconfianza. Hasta que logré que creyera que Adela planeaba su muerte. La aversión que cultivé día tras día hizo el resto, y ella acabó por adelantarse. Una sobredosis de somníferos diluida en la leche que tomaba cada noche antes de dormir, una nota de suicidio, con una caligrafía magistralmente imitada, que dejaba patente lo insulso de una vida sin su amado padre, zanjaron el asunto a todos los efectos. Con este precedente resultó todavía más verosímil el suicidio de otra mujer destrozada, primero, por la muerte de su ex marido (padre de sus tres hijos) y, después, por la de su hija queridísima… ¡Ah, se me olvidaba!... Antes habíamos tenido una sesión de hipnosis muy rentable para mí. Ella había firmado un documento por el que me hacía heredera universal. Yo era la fiel amiga de la familia que se había mantenido a su lado durante estos meses tan duros… Así que sólo quedan tus dos hijos, pero ¡algo se me ocurrirá! Soy bastante buena urdiendo tramas… No tardarán en aparecer por aquí las dos mujeres de tu vida para bien o para mal. Y con un poco de suerte, hasta es posible que les asignen las tumbas contiguas a la tuya… Bueno, me voy, que tengo prisa por hacerme cargo de mi dinero.  ¡Recuerdos a tus mujercitas! ¡Y a ver si ahora las cuidas mejor!

 

* * * 

Efectivamente, a los pocos días, o quizás minutos, no sé bien cómo marcha ahora esto del tiempo terrenal ni conozco el trámite de la asignación de sepulcro, aparecieron las dos. Como era comprensible, les asignaron las tumbas que flanqueaban la mía, seguro que movidos por la delicadeza de mantener unido el clan... Y lo han conseguido. Por fin nos llevamos bien. ¡Ironías de la muerte! Después de aclarar el cúmulo de malentendidos atesorados, somos de nuevo una familia… He sabido por mi mujer –nos hemos vuelto a embarcar en una relación- que mi muerte fue causada por un atropello nocturno a la vuelta del trabajo. Parece ser que morí instantáneamente. El vehículo circulaba a grandísima velocidad. Un peatón que fue testigo del accidente declaró que lo conducía una mujer tan bajita que apenas asomaba por encima del volante, pero le que pareció que me arrolló a propósito, puesto que cambió de carril, aceleró para embestirme y, sin tocar en absoluto el freno, se dio a la fuga, todo en poquísimos segundos. No pudo ver ni la matrícula, ni la marca o el color del coche porque la calle estaba muy oscura. Y si advirtió los rasgos de la conductora fue porque circulaba con la luz de cortesía encendida… No sé por qué –bueno, miento, lo sé perfectamente- pensamos inmediatamente en Griselda. Ellas tampoco sabían qué les había sucedido. Hasta que se lo conté. Y nuestra opinión unánime es que tenemos que mantenerla ocupada haciéndole la vida más difícil. Y ¡vaya si lo hacemos! Lleva cuatro días sin dormir. Procuramos que no olvide que sabemos quién es, dónde vive, en qué trabaja y lo que ha hecho. Tiene ventajas para los cuatro que sea médium. La comunicación se hace mucho más fluida. Sus clientes ya se han dado cuenta de ello y han dejado de acudir a su consulta. A nadie le agrada que le rompan un jarrón en la cabeza o que le quemen la mano con su propio cigarrillo. Así que es cuestión de tiempo que se derrumbe y no tenga más remedio que cumplir nuestro recado. Cuando se lo confiese todo a mis  hijos daremos por zanjado el asunto. No sabe lo feroces que pueden llegar a ser enfadados, sobre todo cuando sepan lo que les ha robado. Nuestra muerte no les preocupará en exceso –para qué negarlo, sólo se quieren a sí mismos-, pero lo del millón de euros es harina de otro costal. Mientras tanto estamos ansiosos por recibir a Griselda como se merece. Nos tiene que aclarar si entre sus aptitudes también entra la adivinación. Sólo por el prurito de cerrar el círculo y comprender cómo perpetró todo el asunto. Aunque si es así ya sabe lo que le espera.  Pero como vamos a tener todo el tiempo de este mundo recién estrenado, es mejor tomarse las cosas con filosofía y no adelantar acontecimientos.

Fernando Lorente 

(De Entremundos )

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La misma herida de siempre (IV)

by Administrator 6. noviembre 2009 14:40

  Ante aquella noticia su padre adelantó el carnaval:

improvisó un gran salón al amor de la lumbre

y compartió el triunfo:

“Ya veis, mi chico sacó las notarías”,

y siguió soñando su futuro

entre tajadas de cabrito y vino áspero. 

 

 

Fernando Lorente

(De Elegía del militante)

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Cabeza alegre

by Administrator 4. noviembre 2009 14:36

 

 

 “No hasta que por fin me haya mordido” fue lo último que dijo riéndose, yo lo oí. ¡Y vaya si le mordió! ¡Le arrancó la cabeza de cuajo!

 El policía no ha creído una sola palabra. Es comprensible, mi ropa está empapada de su sangre, la misma que aún gotea de mis labios.

Pero digo la verdad. Él sabe que cuando viene no puedo hacer nada. Que se enseñorea de mi voluntad. Pero me lo suplicaba desde hace tanto que bajé la guardia y ocurrió. Me dormí un instante y volvió con mucha hambre atrasada. Sólo le gustan las cabezas alegres. Ésta es la tercera. 

 

Fernando Lorente

(De Entremundos)

 

 

 

 

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La misma herida de siempre (III)

by Administrator 2. noviembre 2009 14:12

 

 

   

Y recordar su infancia perdida en la inocencia:

aquellos prados, aquella aldehuela,

aquel manantial en que se lavaba la sonrisa...

Su madre trajinando en la cocina,

perdida en el resonar de los pucheros,

no tenía apenas más mañana que sus hijos...

Su padre, amable y silencioso, laborando el huerto,

con un honrado aroma a sudor y campo.

Su abuela, con los ojos ocultos en las arrugas del  tiempo,

cosiendo al amor de la solana.

Todo duro pero sencillo.

Madrugar y trabajar con Dios de su parte.

Después las fiestas, y su devoción y derroche:

los músicos, siempre caros y   reincidentes;

la zurra, con su deslenguado escanciar de las tristezas;

la vaquilla, terca y con más tablas que los mayores del lugar;

las chuletas en la cueva cavada

con sus propias manos

y el vino de la propia viña,

del propio esfuerzo,

con sabor a ambrosía

por más agrio que brotara.

 

Los domingos, siempre, la misa inevitable

por convicción y convención, como tantas cosas:

Las mejores galas, posturas, ademanes generosos,

los más tiernos propósitos apalabrados

con el cura en confesión

y olvidados a la siguiente alborada.

Fernando Lorente

(De Elegía del militante) 

 

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