Si quisiera poseer el mundo lo nombraría muy despacio.
Agotaría la lista de los peces, y los árboles, y la de todas las labores concebibles
bajo el mar y sobre tierra, bajo el aire y en el cielo.
No tendría prisa. Necesitaría tanto tiempo que no valdrían nada los segundos,
ni los años, ni los lustros, y las eras crecerían de improviso
anidando entre los ceros de su estirpe.
Si quisiera definir el mundo lo besaría muy despacio.
Consumiría todos los labios existentes en el supuesto caso susodicho:
no quedaría mujer u hombre disponible que pudiera besar y no besase.
No tendría prisa nuevamente. Necesitaría tanto mimo en el milagro
de besar y besar intensamente que no valdrían nada los segundos,
ni los siglos, ni siquiera los milenios solapados de los astros.
Si quisiera reflejar el mundo lo pensaría muy despacio.
Consumiría diccionarios sin fronteras, con sus atlas, sus apéndices,
con el curso detallado de los ríos, la altitud de las montañas, lo profundo de sus simas.
No tendría prisa sin embargo. Necesitaría tanto tiempo que no valdrían nada los segundos,
ni los crones, ni tampoco los eones que amontona el universo.
Y todo por buscar una palabra.
Fernando Lorente
(De Siete veces siete)