Una tarascada en el costado como la llaga
amortecida de un estertor. Silba entre costillas
como una lezna de tiempo que echara medias suelas
desde el enfranque hasta la punta del alma, jugando
con mi corazón cansado, con mi definitiva
animadversión a la trementina de los árboles
caídos del recuerdo. Pepe, Valentín, Justina
se han ahogado a trompicones de distancia y ya nada
tienen que decirme, salvo que no están donde dejo
los asuntos delicados. Y me lo dicen alto
y a borbotones y a duras penas trastabillean
sus ojillos de ardilla en mi recuerdo, fantaseando
ruinas que conquistar y damiselas que salvar
de los desafueros del más vulgar de los bandidos.
Y ahora soy feliz, con las dudas y dificultades
propias de la existencia de un hombre al que le sonríe
la vida con esa mueca insolente que devuelven
los espejos en las horas de maledicencia,
y que acaba por preguntarse si acaso merece
estas dosis tan altas de felicidad en forma
de mujer de nombre Laura y actividad variada
-pero siendo una de ellas la de amarme hasta la médula
sin otras limitaciones que el espacio y el tiempo-;
o en la forma más joven de Javier y vocación
no defraudarme en lo fundamental ni por asomo
-demostrada de momento y día a día por mi hijo-.
Pero a lo mejor es que me implo de pura soberbia
y de solo miedo de, en el fondo, no merecerlo.
Una imprecisión celestial: eso es siempre la infancia
de uno mismo; injerto de nervio bueno en la memoria
de aquellos días libérrimos de risas y sol
en que todo estaba ganado anticipadamente,
en los que si se perdía era tan sólo un segundo,
y que robo sin sonrojo a los corsarios del tedio.
Fernando Lorente(De Fragmentos)