En mitad de la encarnadura pura de su carne hice una parada técnica. Había un lunar
allende los mares de su mirar que se encrespaba entre mis dedos colegiales -mas expertos
en eso de tocar, que de casta le viene al galgo aunque esté mal pregonarlo- y luego enlaciábase
mayestático y abandonábase renuente a mis lascivos labios infantiles. Por aquel entonces yo calzaba
manos de sabañón, lucía rodillas desconchadas y los zapatos me duraban ilesos apenas un respiro
entre piedra y tropezón. Pero tenía encanto para las chiquillas y me perseguían vaya usted
a saber por qué. Probablemente porque les gustaba mi lengua y los derroteros que tomaba
cuando pretendía cuidar de su saliva... ¡Qué juegos aquellos!
Así que planté tienda y defendí el pendón de mi delicadeza lingual en múltiples consultas sin malicia,
pero los hermanos mayores veían lúbricos menesteres de la carne donde yo sólo admitia camaradería
y las consecuencias eran contundentes e inexplicadas, por lo que los chicos me rehuían
-para que no les zumbaran también la badana- pero las chicas acudían en tropel como a la miel las moscas
llevadas por la instigación impúber y tan rebelde de “si le sacuden es que es malo y eso me gusta”.
Se forjó entonces la mínima leyenda que me aún me adorna de desenvolverme mejor entre mujeres
y lo más probable es que sea cierto, aunque a estas alturas carezca de importancia.
Fernando Lorente