Asomó con curiosidad imparable.
Las diecinueve cincuenta y todo él ojos
‑perplejos, espantados, atónitos-
que olvidaban la traslúcida oscuridad
de su mundo amniótico.
La premura rítmica de su madre
se agolpaba tras él y le proyectaba
envuelto en el manto de la vida
libre, roja, caliente y umbilical.
Afanada en el esfuerzo,
extenuada sin percatarse todavía,
lo contempla con cara única, irrepetible.
Yo los veo allí, juntos y hermosos,
lo mejor de mí en el regazo del parto.
Y la charla del médico,
del amigo médico,
que te recompone con un cariño inefable,
que juega a tranquilizar con la broma adecuada,
con la justa medida de lo que puede decir,
sabiendo insinuar y callar con magistral discreción.
Luego te va raptando
Morfeo
pausadamente
‑celoso y profesional‑,
y yo,
tan solo
ante el miedo a tu profundo sopor
y la extrema palidez de tu rostro,
busco respuestas que aplaquen
el pánico que trastorna mi plegaria.
-‑¡Tranquilo, todo va bien!
(¡Qué frase maravillosa!
¡Las palabras pueden ser
lo más hermoso del mundo...!)
Entonces te dejo dormir y me vuelvo a verle.
Ahí está diminuto
y ya sufriendo a manos de los hombres:
pesado,
medido,
palpado,
estrujado con rigor científico
y envuelto
en la sirena
de su propio llanto.
Me desespero con las ansias de cogerle en brazos,
de besarle con la intensidad de nueve meses de espera,
de llevarle en volandas al lado de su madre
acariciando su piel recién estrenada.
Por los pasillos del hospital,
sobre tu vientre aún abultado,
viaja con la cabeza erguida
venteando el universo.
No ve más que luz ‑creo‑,
tan distinta de su oscuridad.
No oye más que el fragor de la premura,
pero nosotros no podemos hablar,
sólo miramos.
Y, por fin, llegamos a nuestra habitación
‑de inmediato nuestro hogar en miniatura‑.
Él es un fisgón impenitente
y observa inquisitivo,
atendiendo a las voces
con una aplicación admirable.
Me arremango la emoción y lo sostengo:
tiene la piel suave,
sonrojada,
recubierta de pelusa de algodón
como un fruto atónito e inquieto
recién caído del cielo.
Yo tengo el corazón en los mismos labios...
Y no soy capaz de otra cosa que
abrazarte,
besarte,
dejarte descansar...
y luego mirarle en su cuna mínima
levantando su cabeza
y proclamando su deseo incuestionable de vivir.
Y pienso
‑¡loca esperanza!-
que el mundo es desmesuradamente bello.
Fernando Lorente
(De La miel y la hiel)