No hay nada que hacer.
Todo está ya escrito,
ya dicho.
La combinación de todas las letras
y sus espacios en blanco
es pura aleatoriedad de fonemas
elevados a una potencia concreta.
Luego, las normas de gramática
del idioma diezman el total
de forma que el resultado sigue siendo
número ingente pero más imaginable.
Toda la novela, toda la poesía,
todo el teatro visto y por venir
estaba ahí desde los albores del idioma
esperando a alguien que seleccionara
el artículo adecuado al gusto del consumidor.
Incluso estas palabras podrían haber sido escogidas
por un troglodita cualquiera
si hubiera encontrado el supermercado de la palabra,
esa biblioteca inagotable, envidiable, divina...
Todo discurso,
pues,
es pasado.
Todo nuestro trabajo
afición o pura redundancia.
Toda nuestra voluntad
de fijar una referencia
en la historia de los pueblos
en forma de escritura
es veleidad de Dios muerto.
Y la literatura no está muerta,
porque nunca vivió.
(De Elegía del militante)
Un punto.
Coma.
No puedo.
No quiero saber.
Un espacio en blanco.
No estoy.
No sueno.
No vibran mis cuerdas.
Un asterisco.
No admitido.
Erróneo.
Soy yo.
Un asterisco solo.
Me defino
con permiso
de mi miedo.
Soy apenas.
A dolor,
a ratos,
a veces
a tientas me veo.
Soy casi no.
Casi no puedo
vivir y soñar.
No río.
Río sin agua.
Cauce seco.
Sin carmen ni poema.
Sin jardín rimado.
Yermo y muerto.
Sin lápida o pluma.
Sin texto.
Epitafio inútil.
No seré porque no fui.
Alguien que no existía
se lo contó a mi quimera.
Gracias.
Comprender y después recomprenderse.
Orientar y fijar la singladura…
Descubrir y domar cada resorte
del mecanismo abstruso que nos mueve
ejercita el asalto a la palabra
-esgrima de las lenguas y los labios-,
y confirma su esencia verdadera:
se labra con palabras y con ritmo,
se forja con silencios que destellan
y parten y reparten cada signo.
Para no ser sólo monos dicentes,
escribientes, pensantes y paupérrimos
en lo más hondo del desasosiego,
hay que menoscabar lo razonable,
sentir el escalofrío soberbio
de lo bello, lo feo, lo siniestro,
como deslumbramiento fulminante,
camino de Damasco libertario,
y comprender de pronto que te encuentras
sin la exigencia previa de indagarte.
Comprimida ya en verdad casi pura
trasciende la imagen, la voz, y se alza
como vendaval amigable y tierno,
nos ausculta sin manos con destreza,
nos deja guarecidos en buen puerto
y casi acariciando con los dedos
las ideas perfectas que transitan
la cima celestial de lo inefable,
la que no desportillan las palabras.
Yo rivalizo con las propias ansias
de alcanzarte conciso y despacioso,
y ando en tratos con los celos, te sigo,
te persigo pausado en pulso párvulo
de besos, de amores, tras la constancia
subrepticia y honda del manantial
de la mirada tuya, que me encierra
entre barrotes como versos frescos,
pero lejanos, arcanos, incógnitos,
inexplicables porque me rebasas,
porque me resumes y te escabulles…
La verdad es que la escultura es lo más parecido que conozco a una muerte lenta. Lentamente la piedra, sobre todo la piedra, entrega con un dolor morosamente destilado el secreto que guarda con celo. Parsimoniosamente el escultor lucha hendiendo con amorosa furia, con detallada conmiseración esa piedra que pugna, pasiva pero tozuda, por mantener su integridad... Yo lo veo en la dureza de las esquirlas que arranca cada golpe de cincel, de martillo, y lo siento en cada latido de mi corazón que, como un sofisticado dispositivo de escudriñamiento, pulsa, palpa, sondea con el eco de su torrente rojo, como un mensajero de mis inquietudes, como un heraldo de mi propia búsqueda.
Muchas veces me vence la piedra. Por más que penetro en ella, por más que conquisto golpe a golpe cada uno de sus baluartes, no alcanzo a contemplar otra cosa que un atisbo de la posibilidad que yo mismo he desmenuzado y destruido. Ya no hay vuelta atrás... Un escritor puede empezar de nuevo, un pintor también: la belleza, el horror o lo que quiera que persigan está dentro de ellos mismos, viven y duermen con el motivo de su devoción. Todos los folios en blanco son iguales, como lo son también todos los lienzos vírgenes.
Un escultor de piedras es distinto. Un escultor como yo, por lo menos. Cuando veo una piedra se desencadena de forma automática mi proceso "creador", entre comillas. Digo "entre comillas" porque opino que nadie crea, simplemente se limita a recibir multitud de mensajes más o menos explícitos a través de todo lo que le rodea, de todo lo que ve, oye, huele, toca... y de relacionarlos en un posterior proceso de análisis e interpretación. Yo, como escultor de piedras que soy, estoy más a merced de mi material de trabajo. No llevo conmigo más que un equipaje de sensaciones y experiencias, de conocimientos e ignorancias a medio hacer, que no adquieren cuerpo ni se manifiestan en toda su plenitud hasta que se ven enfrentados a la piedra. Es en esos precisos instantes cuando recibo la primera respuesta a mi primera pregunta, una de las muchas que enunciaré a partir de ella. Se basa en las impresiones iniciales que me produce la piedra... Puedo contar con los dedos de una mano las veces que una piedra me ha ofrecido la visión prácticamente final de la labor que debía realizar. En cada una de ellas me dije algo como: "Esto es lo que hay dentro de la piedra y es lo que debo de conseguir". En esos casos el trabajo fue rápido y fácil. La piedra era mera portadora de su contenido y tenía prisa por dejarse sacrificar para mostrármelo cuanto antes. Parecía que sintonizaba a la perfección con mis movimientos y estoy por afirmar, incluso, que más de una vez me murmuró dónde y cómo cincelar y qué zonas no debía de agredir... En contadas ocasiones, sin embargo, la piedra está definitivamente muerta, me doy cuenta de que en realidad siempre lo ha estado, que no esconde nada en su interior, y ella misma se encarga de decírmelo de forma inequívoca, como si fuera acompañada de un certificado de defunción o de un manual de instrucciones de perogrullo para la confección de un pedrusco con otro exactamente igual de inútil... Pero en la inmensa mayoría de las veces ocurre que, cuando me enfrento a una piedra por primera vez, recibo como respuesta a mi primera pregunta un enigma que he de desentrañar, un texto fragmentario que he de completar, una insinuación de lo que debo de lograr, un fogonazo que me permite vislumbrar durante unas milésimas de segundo la estatua que anida en su interior y de la que sólo acierto a percibir una silueta tan difusa como sugerente. Es entonces cuando comienzo a sufrir con cada pregunta que va cristalizando en mi boca, y he de expresarla con sumo cuidado para que sus aristas no me hieran y para que la roca me devuelva una respuesta simple e inequívoca: "¿Cómo he de mirarte?" ... "¿Cuál es la posición en la que he de desentrañar tu secreto?". Por regla general es a partir de este interrogante cuando la piedra se crece, se hace díscola y juguetona, y las vetas que me permite contemplar van escribiendo un acertijo que unas veces es charada y otras simple chascarrillo hasta que, en un momento mágico -si estoy inspirado y tengo la suerte de percibirlo-, la piedra por fin se doblega y confiesa una por una las maniobras de despiste que ha ejecutado para mantener a su prisionero en el más abstruso anonimato. Si el azar me sigue favoreciendo la piedra consiente dócilmente y rinde su mineral a un vertiginoso desbastado, casi tan sencillo como desmoldar una pieza previamente vaciada en su interior. Si, por contra, la piedra se encastilla en una defensa numantina y se niega a capitular, su obstinación me obliga a desistir, a veces definitivamente, y el bloque más o menos intacto, termina por engrosar mi museo de piezas fallidas, mi cementerio de obras malogradas... Por último, una o dos veces en toda mi vida me he encontrado con la piedra que ya es la obra de arte que yo jamás podré realizar. No hay lugar para maniobra alguna, salvo la de favorecer su exposición buscando la postura más adecuada, la separación más sugestiva de sus partes con el fin de realzar la expresividad de su contenido. Esta piedra es la más difícil de valorar... En el diálogo que entablo apenas caben las preguntas, porque se me muestra como una respuesta en sí misma, como un manifiesto a voces de su potencia expresiva que destierra lisa y llanamente el menor roce del cincel.
En realidad yo no soy un "creador". Todas las esculturas que he realizado ya estaban allí, aunque sólo las viera yo. Mi único mérito ha sido estar ojo avizor y hacer lo necesario para que los demás pudieran admirar lo que yo contemplaba. Mi trabajo con las piedras ha consistido en intentar desvelar el secreto que guardan. El gran público sabe de mis éxitos, pero desconoce los muchos fracasos que cargo a mis espaldas. Esperan que esculpa la piedra que me encargan, que satisfaga los deseos de los que pueden pagarme... Pero no siempre es posible. No se puede encargar lo que no se sabe que existe. Por eso lo primero es observar, abandonarse ante la roca con la esperanza de recibir la iluminación, de caer del caballo camino de Damasco. Una vez que acontece de forma inequívoca, sé que puedo tallar la peña a oscuras y con una mano atada a la espalda. Es cuestión de certeza, pero también de conciencia recta, y recta ante todo ante mí mismo. Si me engaño, si me miento diciendo que lo que veo no es verdad y busco otra cosa, o si me traiciono y veo lo que no es sabiendo que no lo es, ocurre que las piedras se desmoronan entre mis manos. Y yo también…
La piedra no hablaba y debí dejarla como estaba. Pero me equivoqué. Después del primer golpe supe con absoluta certeza que lo que se me ofrecía era lo mejor que contenía. Y me volvía a equivocar porque tuve miedo. Mi error fue creer que esculpiendo me acercaba a lo que me pedían. Pero sólo es cierta la piedra y sólo importa lo que me diga. Insistí, pero ya no había nada. Estaba vacía de forma irreversible. Y yo era el culpable.
Para Esther,
acicate de versos
y versificadora amiga.
Me compro un libro.
Después me lo dedico
sin modestia: “Para mí
(porque me quiero)”…
Pero estoy triste.
Progresa mi aflicción
desangelada, se me van
cayendo lacios los recuerdos.
Este otoño me quiero tener
un querer patente, competente,
sin fisuras, nutrido del desdén
con que otros me reniegan…
Me compro un libro.
Lo leo para leer y desleerme,
para desleír pausadamente
mi congoja en un nutricio licor
de voz ajena, para mecer
moroso mi tristeza con el vaivén
de nana de sus letras.
Y sus frases como surcos son azadas
laborando mi geórgica cabeza,
cautivando con deleite irremediable
los resortes más arcanos de mi pena…
Estoy triste, es evidente, y me detengo
con parsimonia sutil que pronostica
la herida ruin en el filo de los gestos,
la sangre en los bordes del silencio todavía,
la venda en las manos que aún no humillan ni laceran.
Y comprendo de repente
(renunciando de antemano
a domeñarme el lomo
de la voz atormentada)
por qué se mueren los poetas
poco a poco, por qué reinciden
mansamente en el delito
abominable de cantar
cómo se sienten, de contar
no monedas y sí piedras
como golpes secos en sus sienes,
mientras la taimada risa del engaño
lapida impía su tristeza.
Me compro un libro y me alimento
-maná laminado y fortuito-,
sujetándome con tino la querencia
de tocar lo intangible de los otros,
de pensar lo que concibió su ingenio,
de plasmar como verbo deponente
los callados susurros de sus alas.
¡Qué gran salón de baile ya sus páginas,
tacón-punta-tacón de la sintaxis!
¡Qué huésped tan humilde me declaro
si yazgo arrebujado entre adjetivos!
Es siempre entonces cuando Amor asoma,
prevalece y me dispara sus renglones
justo en el centro del coraje,
ya presa codiciada y a deshora.
Yo con estrofas de dardos me defiendo,
y en esta refriega domestico versos
malheridos en gavillas cereales
que obcecadamente acopio en el pautado
y albo campo del cuaderno…
Y ya por completo florecido
concluyo que escribo porque leo
y vuelvo a leer porque yo escribo
en este círculo heterótrofo sumido,
porque sé que tercamente me trillo
en el tálamo candeal de mi cosecha
hasta que la noche me llueve en las palabras.
Y de este ungido modo me transmuta,
absorto ya, la gracia de la voz
que troca terciopelo de las peñas,
domingo condenado a repetirse,
albricias que anticipan mi alegría.
Tu cuerpo
Empiezo a escribir
como último recurso,
ansioso de escaparme
del silencio de mi mente…
Ya no sé qué hacer…
Vivo el penar larvado
del caracol escarnecido
por ser lento y tener techo.
… Ni qué pensar:
Vivo tan viviendo en mí
que la casa está tomada
y mis neuronas, pura broza,
se autoinmolan
en un mísero holocausto
que siempre me extravía.
Tampoco acierto a responder…
Si sigo callando vencerá el omnívoro silencio,
esa pausa agazapada entre palabras
que me grita y deja en cueros
a merced del enemigo…
Sólo el niño ve desnudo al rey.
Y yo envejezco tanto…
Pero hoy he decidido descrecerme
y al deshacerme empequeñezco
y desmedito de tal modo
que comienzo a revivirme:
Y concluyo irrebatible:
Te quiero con voluntad duradera…
¡Si eres lo mejor que me ha pasado
y no te mimo!
Porque te añoro si me faltas.
Porque repudio tu ausencia
como lo hacen las saetas que reniegan
de ser sólo un arma en pena
y ceban insaciables sus segundos con eones,
ajustando a contramano
su artilugio de relojería.
Y es entonces cuando dueles
y coses en mi piel el desierto de tu ausencia,
engarzando letanías de abandonos,
engastando soledumbres yermas,
encastrando aristadas lágrimas de reproches mudos
como asiduos comensales a la mesa de cristal
del reloj en que me muero.
Y resuelvo que sea,
sine die,
tu ausencia breve
y tu presencia
inequívoco milagro:
perfumada querencia biyectiva
de la costumbre de colmar enamorado
el costado tan precario
de mi seso y mi deseo,
de mi todo tú,
porque solo tú lo nutres quedamente…
Y decreto que seas mi amor perpetuamente,
y hagas de tu aliento motor de mi pecho,
de mi pecho sostén de tu cuerpo
y de tu cuerpo
sueño ni envidiado ni envidioso:
solo pan candeal
casi perfecto
que me alimenta
humilde y necesario.
En el blog de poesía
Las afinidades electivas comenté: "Escribo como necesidad extrema, para contarlo y contarme, para aplacarme, para agradecer y denostar, para reivindicar la palabra como la herramienta que más nos acerca a la idea de dios y de nosotros mismos. Intento por todos los medios ser fiel a mí mismo. Si algún día llego a la conclusión de que es imposible me dedicaré a otra cosa. Mientras tanto escribo". Y creo que sigo manteniéndolo. Aquí y ahora, como siempre, peleando tranquilamente con la vida, cometiendo pequeñas renuncias, pero sin perder el norte,
mi norte. Ahí van unos ejemplos de diverso
género.
Un abrazo para todos.
Palabras para Javi
Todo necio confunde valor y precio.
Antonio Machado.
Abróchate el corazón
que hace mucho frío.
No quieras conocer ni por asomo
a todos los que sepan apreciarte
-por fortuna serán muchos-.
Simplemente disfruta su alborozo:
lluvia fresca resbalando por tu cara.
Date con el mismo derroche de la risa
con que ellos te dan sus alegrías.
Y ama, ama mucho y de seguido,
a los que calienten generosos
la médula más frágil de tu alma
porque de ellos debes ser enteramente.
Evita a toda costa dañar al que te odie
-serán muchos menos, pero aun así serán-.
Simplemente ignora su rencor:
si devuelves rabia por inquina
tú tampoco habrás crecido
y perderás altura en cada vuelo.
Anúdate la impaciencia
que el camino siempre es largo.
Cada meta tiene un mapa detallado
con la clave correcta de sus pasos,
los refugios estrictamente ineludibles,
los tiempos y silencios convenientes,
pero se dibuja únicamente si lo alcanzas
y echas la vista atrás con perspectiva.
Porque es inconcebible un atajo que lo sea
sin conocer el trazado del sendero,
cuenta hasta diez serenamente
y comprobarás que lo más fácil
suele ser la antesala de lo falso;
el éxito es patrimonio del esfuerzo sostenido
y apenas se detiene en lo superfluo.
Y recuerda siempre que el sentido común
es el menos común de todos los sinsentidos.
Ajústate la tristeza
que siempre es poca la risa.
Despacha de un plumazo la premura de la pena,
esa lacia salvedad del entusiasmo.
El cuerpo es calmo templo de la mente sana,
del pensamiento alerta y sin rastro de anestesia,
del contento responsable que ve el vaso
mejorable siempre y casi lleno por defecto.
El júbilo sin miedo es contangioso
y agranda la esperanza si es sincero.
Que tu risa desgrane cada noche como un trino
los problemas que trataron de infestar tu certidumbre.
Ríe y vive sin premura atolondrada:
tras la lluvia del llanto escampa y vuelve la risa,
escoltada por las diversas dificultades de la vida.
Desbrídate la nostalgia
que también duele lo ajeno.
Escucha atento el sufrimiento que clame aunque lejano
porque, por justicia, debe arraigar su desconsuelo
en el sustrato más tierno de tu pecho.
El mundo no lo abarcan tus dos brazos
por más protagonista que te juzgues.
Desapégate de ti para encontrarte:
verás que aunque tu sitio está en ti mismo,
eres una celda ínfima del panal del universo
y debes ser abeja laboriosa que no estorbe
el trabajo honesto y próspero del resto.
Entrégate a conciencia
que la vida bien lo vale.
Haz lo que debas pero no lo intentes.
Si arraiga en tu voluntad un germen de incertidumbre
la navaja del fracaso cercenará tus logros.
Porque más hace el que quiere que el que puede
tu potencia está en tus actos y no en los de los otros
y la consideración anticipada del fracaso
nutre solo un légamo de molicie inadmisible.
Hazlo aunque te equivoques y aprende de tus errores,
que no lograrás tu meta sin encaramarte en ellos,
porque casi siempre el éxito es consecuencia justa
de una secuencia exacta de fracasos sucesivos.
Protégete del miedo
que es baluarte del tirano.
El temor es patrimonio de la supervivencia.
Nadie debe desoír el mandato de la huida
si el instinto lo aconseja y está en su sano juicio.
Porque de valientes se llenan los cementerios,
hazte amigo del rodeo cuando la línea recta
concluya apresurada en el umbral del matadero.
Que todos los itinerarios conducen a Roma
y que tus piernas deben trasladarte cautas
siempre haciendo caso de tu mesurado seso.
Pero teme al temor que te anquilose,
teme al pánico que te congele,
teme al pavor que te mutile,
teme al susto que postergue lo que deba consumarse
para seguir siendo uno mismo en el sentido de lo exacto.
Y recuerda que el tirano es siempre un ser pequeño
que se escuda en nuestro miedo y con él crece,
que disculpa su intención con mil augurios funestos,
que disfraza su egoísmo con el dolor insalvable
de quienes se opongan al menor de sus deseos.
Revélate ante el odio
que sólo engendra impotencia.
Aprenderás que el rencor es doloroso mordisco
o látigo rabioso que fustiga el raciocinio.
Escruta, pues, tu corazón y comprueba
concienzudo que la ira no dirige tu criterio;
que la rabia no se sienta en la balanza
desequilibrando zafia el platillo del afecto;
que el desprecio más taimado no desdeña
lo justamente advertido por tu discernimiento.
Porque la cólera desarbola implacable
el velamen del navío más vehemente
mantén el norte firme en el mar de tu existencia
y elige bien la singladura que conduzca al mejor puerto.