Intento clavar tu sombra en la pared de mi nostalgia.
Allí, en el fondo oscuro de la luna nueva que reverbera
en el cristal de mi noche...
Refulges azulada y vencedora como un demonio impío
si restañas mis heridas de sueños desollados
y luego las desbridas, feliz y vorazmente.
Yo me resigno al desayuno incruento
del más lento calvario de mis horas sonámbulas,
transitando con tesón de masoquista
los rescoldos de la hoguera de tus besos,
arquetipo de un placer cansado y solo.
¡Cómo te odio cuando te añoro!
¡Cómo me pierde ansiar tu abrazo,
morir de amor sin quererlo ni comerlo!
¡Qué fácil fuera desuncirme si pudiera!
¡Ay, si te tuviera...!
¡Qué tres palabras de pérdida subjuntiva!
¡Qué conjuro maléfico
percutiendo sin piedad
el asma de mi exiguo pecho!
Si te pudiera tener y retener tan solo un segundo,
sentada en las rodillas de mi valentía te diría
“vida mía no soy nada salvo lo que fui a tu lado”.
Si te pudiera tan sólo releer
entre las líneas de tus cartas veneradas...
¡Con cuánto empeño,
con cuánta ferocidad
el fuego engulló tus letras
y después mis manos!
¡Con cuánta devoción
se me diluyó el alma
por efecto de las llamas
y aún gotea por mis dedos
como antorcha inextinguible
de penuria inabordable!
Tanto corazón amargo,
tanta falsa complacencia de tu nombre,
de tu risa portentosa, de tu deambular
por los mágicos senderos de mi ruina
te aplacó y distanció por fin de mi quimera,
pero me dejó tullido y amargado
odiándote
por no poder dejar de desvivirme
por encima de mí mismo y mi soberbia,
buscándote
palpando los escombros de las ansias,
perpetrando los registros más taimados,
sublimándome
en la nada de los otros,
en la vacuidad extraordinaria
de las más insulsas salas
tan colmadas de tu ausencia.
Porque te amo tanto y estoy tan solo
que me doy una lástima indecorosa y superlativa.
(De La plegaria de las piedras)