Otra noche de mierda en esta puta ciudad de Nick Flynn
Por Fernando Lorente
Puedo empezar diciéndote que es una novela que conviene leer y merece ser leída. Pero si ya lo has hecho convendrás conmigo en que no es posible mantenerse indiferente. Porque si en cualquier aspecto de la vida se puede entrar con silencio respetuoso y discreto o como un elefante en una cacharrería, Nick Flynn opta desde las primeras palabras de la novela –su título-, desde la primera página –la cita de Beckett-, desde el primer vistazo que nos permite atisbar el escaparate de sus páginas –un cajero automático-, por abrirnos las carnes, por descerrajarnos como un tiro en el centro del cerebro la vergüenza de ser como somos y no avergonzarnos por ello. En sus páginas no hay concesión a lo gratuito, ni rendición ante la ternura… Se nos descarna en las manos, porque es lo que pretende su autor consigo mismo. Y lo consigue, y en el trance de lograrlo nos escarnece a todos. Es un canto estridente y prolongado que camina por el filo de la doble moral. Es la historia de un superviviente que se siente en su salsa como pez pantanoso en el cieno del doble rasero. Es el relato de un espectador que se asoma con estudiada indiferencia, con inaudita ferocidad, por encima de la valla que confina nuestro mundo del bienestar. Es, en fin, la crónica de la rendición de un ser humano (su propio padre), el anuario (puesto que deambula por la vida en años) de la destrucción programada de un individuo para que surja de sus miserias otro (él mismo), ni mejor ni peor, simplemente con algo más de suerte…
Nick se reduce a un eufemístico diminutivo del zar (Nicholas), a un apodo de sí mismo, a una versión de su propio padre que lucha por no seguir sus huellas; se juzga excrecencia del tronco del árbol caído del que hace leña sin piedad, aunque sea su progenitor (sobre todo por ser su progenitor)… No tiene ningún problema en reconocer que es mal hijo, que no quiere ser buen hijo, que su padre no merece tener un buen hijo… Y rehúye el encuentro por la mucha sangre que supondrá… La reminiscencia del fatum clásico actualiza su reverberación en los prolegómenos de su encuentro. Sus palabras son increíblemente esclarecedoras: “En cierto modo yo sabía que acabaría apareciendo, que si me quedaba lo suficiente en un sitio él me encontraría, como te enseñan a hacer cuando te pierdes. Pero nunca nos enseñaron lo que hacer si los dos estáis perdidos, si ambos acabáis en el mismo lugar, esperando”.
En esta tragedia cotidiana que es la vida, en este teatro y mercado del corazón, los hilos que nos mueven son metálicos, líquidos, oscuros, desalmados y cotizan en bolsa, y las moiras que los gestionan mantienen escarceos con la cuna, el éxito social y su carencia. No hay lugar para los bienintencionados ni para los que erraron su camino. Por eso cuando el peso social se hace insoportable, cuando cedes al chantaje del qué dirán, cuando el “tanto tienes, tanto vales” es un marchamo grabado a fuego en tus cuartos traseros, no puedes perdonar que te vuelvan a fallar. Así de cristalino lo dice Flynn: “El día que mi padre entró por la puerta me volví transparente. No sabía cómo hablar de él con los amigos, con los colegas. Se me acercaban algunos, de costado, como cangrejos, ofreciéndome ayuda, comprensión, pero eso sólo alimentaba mi vergüenza…”
En busca de su catarsis, cuando los acontecimientos se han desbocado y el padre cae en barrena abatido por el fuego graneado de toda una sociedad que le menosprecia, le encarcela, le excluye, le arroja a la calle, le recoge y le vuelve a deshauciar incluso de sí mismo, la duda alumbra un remordimiento que hace que Nick busque terapia redentora en el cuidado de todos los excluidos sociales que tropieza en su camino. Pero no lo hace porque sea un deber moral, sino por puro remordimiento, para intentar enmendar en otros las desatenciones e injusticias que propinó a su padre. Que este sufra un delirio casi permanente, inducido por el abuso de drogas, y de sueños, y de corazones y de afectos, todos rotos y corrompidos. Que un cúmulo de desgracias le impulse a la travesía solitaria del desierto de la vida. Que sus dos hijos escurran el bulto y se justifiquen en la distancia o el olvido. Todo esto acaba por dejar un poso de duda en el jucio final del hijo… Y el dudo luego existo se abre camino al final del texto -transitando posibilidades tan inquietantes como que el demonio no exista y que sea sólo dios que está borracho- para rematar la faena, para cerrar el círculo, para clavetear la tapa del libro como si de un ataúd se tratara con estas palabras: “Si pudiera sostener a mi padre en la palma de la mano y acercarlo a la luz… Ahí estarían todas sus historias, dentro de él. La claridad de la palabra, la transparencia de la historia. Mi padre se construye enteramente a partir de las cosas que cuenta, como el andamiaje que rodea a un edificio en construcción. (…) ¿Cuántas historias se le pueden arrebatar sin que se derrumbe el edificio?”
En definitiva, nadie gana nada... todo acaba siendo pasado, y la fortuna y la gloria perseguidas hasta la obsesión (ser el escritor más grande que haya dado Estados Unidos) anticipan en vida el fin al que estamos abocados, convirtiéndonos “en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada” ante los ojos de los demás.
Nick Flynn no deja un solo lugar donde escondernos, un refugio donde cobijarnos hasta que pase la tormenta. Él ha llegado a publicar y obtiene el reconocimiento de su padre, pero no se otorga el propio… Ya está todo el pescado vendido. Es la sociedad la enferma, es nuestro sistema la máquina que nos digiere y nos expulsa deshechos en las aceras como desechos, condenándonos a pasar las noches, por frías que sean, al raso: “Te despiertas sobre la hierba, con la ropa empapada. El rocío es la medada de Dios. Otra noche de mierda en esta puta ciudad, murmura mi padre”. Y esto, durante las noches que te resten, porque la sociedad solo ofrece a los desvalidos no un bote salvavidas, sino “una roca donde descansar un momento, recobrar el aliento, orientarse un poco (…) consciente de que los mendigos, en su mayoría, nunca volverían a ganar la orilla”.
¡Qué visión más dura y desesperanzada! ¡Qué bienvenida callada dedicada a la tercera Parca! Y ¡qué lejos del amoroso hijo que cuida a su padre con esmero y sufre cuando se aproxima el fin…
Yo me quedo con la visión de Philip Roth: “Morir cuesta trabajo, y él era un buen trabajador. Morir era horrible, y mi padre se estaba muriendo…” (Patrimonio), pero doy gracias, muchas gracias, por haber leído este texto impagable, esta prosa poderosa, profunda, poética. Algo sonó en mi interior también cuando llegué a su última página.
Publicado en la revista digital Crónica Social