No, no lo dejo estar.
No pienso rendirme.
Insigne poeta desconocido,
echo de comer a mis versos
su sombrero de ala ancha,
su chaleco,
sus zapatos desgastados,
su oronda impostura tan impostada,
su colgante hortera con la “D” de pedrería.
Canta bien,
canta como
si le fuera
la vida en ello.
Es un profesional del desconsuelo,
del micrófono engullido a sacudidas.
Interpreta sus letras con los ojos cerrados
y con una voz vieja y rasposa de blues…
Probablemente no quiere ver
para no estar,
para evadirse
masticando notas,
suicidando agravios,
desesperando en los pasillos de su laberinto…
“Deja que sea”.
Y es imposible.
Brilla con la desfachatez de lo genuino.
Se mueve con el gesto de los pumas,
sus colmillos retorcidos triscan las palabras
y me cautivan sus manos de cetrero.
Es cuando caigo en la cuenta de improviso.
Todos somos presas fáciles y apetecibles.
La riada desindivualizada de tergal y portafolios.
La diáspora ratonera de lo banal adormecida en las escaleras mecánicas.
[Los ojos pintados de mujer que desvían su trayectoria disfrazándola de infinito.
Las uñas pintadas de taller que tiznan con sus medias lunas negras la desgana.
Las bocas pintadas de tristeza global que besan sus remordimientos.]
Pero yo le sostengo la mirada.
Esgrimo mis dioptrías
como un salvoconducto
para hurgar en su cinismo bienaventurado.
Agrando mis pupilas
para retratar toda su excelencia.
Se trasmuta sutil carne de verso en mi cerebro.
Soy consciente de que me salva la poesía.
Él también lo sabe.
Creo que me dedica la canción
“susurrándome sabias palabras”
para que no le tema.
Let it be”, dice el lobo a los corderos que pacen gregarios.
“Déjalo estar”, “deja que sea”, mientras una tarascada en la yugular
ajusta cuentas de los desmanes pasados, de los oprobios vivos en el recuerdo.
Dani Daniel canta en el metro
como si nada ocurriese.
La vida va preñada de ardides,
el silencio quema su naves
y quizá fuera mejor modular microtonos
atusando las cuerdas fallidas de la lasitud.
Yo, insigne poeta de andar por el metro,
reconozco si me lo propongo el tufo de la desesperación.
“Let it be” canta D. D. en trance místico-semántico.
“Deja que sea un día más, una mentira más”.
“Déjalo estar, no pretendas cambiar nada que no deba ser cambiado”,
dices mientras clavas tu pupila en mi osadía azul de andar por casa,
y te reenvío los múltiples síntomas que lancinan mi albedrío.
En los túneles del metro no hay cobertura.
De Octomanario