Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. El clavo se estaba empleando a fondo… “¡No podrá conmigo!”, pensaba. Pero mi talla y mis fuerzas menguaban. Los niños habían entrado en clase. Cuando me acerqué, los peldaños ya me llegaban a la grupa y la seño, desde su enorme estatura, me reprochó: “Cada día más lento y más pequeño”. Y su boca sonriente era una brizna de carne en el pico de un ave. El clavo dolía como si ardiera. La seño me cogió, miró el casco de mi pata delantera y arrancó de cuajo la herradura defectuosa. Ya cabía en su bolsillo y allí me desmayé.
De Entremundos