D. D. canta a Joe Cocker.
Se desangra en su “With a little help of my friends”...
Mece el cable del micrófono su mano crispada.
Los dedos clarean en sus falanges de puro brío.
Su voz de negro, como la de Cocker,
matiza la pena en su inglés perfecto.
Y me inocula pesadumbre desgranada.
Pienso en María…
He pensado mucho en ella,
desde que ayer Marisa me dio la noticia.
Hay dolores que calan hondo,
como si aplastaran el más delicado de los nervios.
Y no hay excepciones
que nos salven
ni atajos
que restrinjan su vigencia.
Lo siento tanto porque te ha ocurrido a ti
y porque yo ya lo sufrí y sé lo que supone
la envergadura de ese manotazo helado.
Lo que duele,
las piedras que resquebraja
de nuestro cimiento,
de nuestra poca inocencia.
Por eso D. D. canta como un bálsamo.
Su voz administra el ungüento solidario del igual:
“con una pequeña ayuda de mis amigos” hay alivio,
comunión discreta que lenifica la pena,
vínculo afectivo que mitiga el desgarro.
D. D. debe de saber también de congojas.
Parece que cante un dolor ancestral para tu luto.
La vida es
una carrera perdida,
una encerrona,
una feroz historia que siempre acaba mal,
pero tiene sus momentos,
breves como el resuello de un asmático,
brillantes como la risa de los niños,
inefables como el amour fou que todo lo abrasa.
De Octomanario