El día pesa en mis hombros soñoliento, pero tiene premio:
todo mi mundo redondea sus aristas cuando es viernes.
Una señora me atropella con su maleta
y pienso en mi hermano y su tromboflebitis contusa.
Los viernes tempranea el público viajero.
Acarrea su equipaje como Sísifo su piedra.
Pero la gran diferencia está en el gesto.
No pueden ocultar la tenue sonrisa vengadora
del ocio que vence al negocio
y campean como el Cid por los pasillos.
Renqueo con dignidad haciendo un triunfo de mi cogida.
Subo la escalera que desemboca en el pasillo de D. D.
Me inquieto.
No suena su música.
Ninguna música.
D. D. no está.
A lo mejor ha decidido tomarse el día libre.
Ayer estaba recogiendo sus cachivaches cuando volví.
Eran las 15.30… Así que había cantado ocho horas.
¡Para que luego digan de los que no van a la oficina!
A lo peor, simplemente, se ha dormido.
Hoy no tendré sintonía que acune mi singladura…
Vuelvo a pensar en María.
El dolor está pasando los dedos por su corazón
como agujas de cristal envenenado. Seguro.
Su angustia es una losa de tristeza que viaja en coche fúnebre.
¡Lo siento mucho, pero tú tienes que ser fuerte y seguir!
La temperatura ha subido.
Los árboles desempolvan la misma primavera del año pasado.
Luego la estrangularán con el calor y la desnudarán con el otoño.
Siempre es lo mismo.
El eterno retorno de la realidad.
De Octomanario