No creí poder despertar nunca de ese silencio. Se me clavaba con tanta intensidad en el recuerdo que hacía desaparecer cualquier sonido de mi memoria. Miraba mis manos en medio de la nada y sobre ellas se agolpaban millares de preguntas que no sabía articular, como mariposas primero, como moscas pegajosas después y, por último, como gusanos inmundos que las devoraban calladamente. En mi pesadilla yo era consciente de lo urgente que era reaccionar. Mi boca se abría, se cerraba, se abría, se cerraba… y no llegaba a escuchar una sola sílaba de los alaridos desgarrados que emitía. Mis manos ya no estaban, ni mis brazos, y miraba hacia mis pies y la nada desvanecía cualquier atisbo de corporeidad. Pero yo sentía…, o creía que sentía, o pensaba que creía que sentía, o quería creer que sentía…
Pero no, todo se resumía en una simple y burda espera. Ahora lo sé. Aquí sigo, esperando a que suceda algo. ¿El qué? Si lo supiera podría decirlo. Sólo sé que huele a tierra húmeda, y siento un gran peso ante mi cara, como si estuviera a punto de venírseme todo el mundo encima de improviso.
De Entremundos