Desde que ocurrió la “desgracia”, su padre es un pobre vegetal. A las 6.15 de la mañana se desarraiga de la cama que cada noche riega con su sudor. Luego deambula torpemente hasta la oficina y allí se arraiga en su silla frente a una pantalla de ordenador que le miente la vida de los otros cuando está encendida y le devuelve el reflejo de una planta mustia cuando está apagada. A su regreso, vuelta al rito de la cena -triste, callada, cansada- oficiado con el laconismo de las palabras indispensables: “pásame la sal, por favor”, “¿quieres un poco más?”, “no, gracias”, y frases por el estilo. Después se arrastra hasta el cuarto de baño y por fin, se entrega a su pesadilla cotidiana. La cama le recibe como una amorosa enredadera que lo acoge primero y lo posee después. Sueña que de su boca brotan ramas que se vuelven contra él y lo acaban cubriendo completamente, fundiéndolo con su cama en un muro vegetal que apenas se distingue del resto del jardín que es ahora el dormitorio. Su hija Ana acude en su auxilio, pero no puede franquear la tapia erizada de espinos, convertida ya en feroz empalizada. No puede ver que él es parte integrante del muro y su lengua es sólo una rama dura y retorcida…
Ana enciende la luz.
La dulce Ana ya no puede más.
Año tras año sufriendo en silencio el peso de las miradas de la gente. “Mírala, es Ana, la hija de la suicida”.
Y toma una decisión.
Coge de la entrada las llaves del coche y se dirige al garaje.
Allí está. Es un viejo Seat 1500. Todo un tanque.
Lleva veinte años parado, y siempre que lo ha visto le ha dado miedo.
Cuando se sitúa frente a él no se deja seducir por su perenne sonrisa varillada. Ni por sus cuatro faros como ojos fisgones y circunflejos. Hay algo que le murmura al oído que desconfíe…
Pero no puede seguir así. Si su madre se encerró en él y encendió el coche hasta que le sobrevino la asfixia en un garaje pequeño y lleno de humo quiere saber por qué.
Según le han contado -ella tenía sólo tres años cuando ocurrió la “desgracia”- su madre era un perpetuo cascabel, llena de risas y de proyectos, la alegría del barrio. Hasta el mismo momento en que la vio entrar en el garaje el viejo Samuel -“Hasta luego, don Samuel, voy a comprar unas cosillas, ¿quiere usted que le traiga algo?”- no dejó de mostrar una sonrisa en los labios. Lástima que el viejo y su alzheimer olvidaran rápidamente que la vieron entrar, que oyeron encender el motor del coche, pero que no la vieron salir.
Y después ya no se pudo hacer nada.
Pero hoy es distinto. Hoy va a ser capaz de sentarse en el coche, de ver con sus propios ojos las últimas imágenes que vieron los de su madre. En la facultad de Psicología ha estudiado que muchas veces un paciente se desbloquea al reexperimentar las situaciones previas al suceso traumático…
Así que, allá va.
* * *
El padre ha tenido que levantarse.
La ansiedad enorme que le producía su pesadilla le ha despertado.
Tiene la garganta seca.
Pasea la lengua por el interior de su boca para comprobar que no hay ninguna rama que le impida hablar.
Por unos instantes, cuando bordeaba los límites del sueño y la vigilia, ha creído que Ana llegó a entrar en la habitación.
Pero no. Debió formar parte de la pesadilla.
Está llenando un vaso de agua para combatir la quemazón de su garganta.
Oye el motor del 1500 encendido. “Ese maldito coche”, murmura colérico. “No me deja en paz ni dormido ni despierto. En cuanto amanezca lo llevaré al taller para que lo desguacen. Sólo así dejaré de oír su endemoniado motor”.
Y se vuelve a la cama para seguir sufriendo los golpes del insomnio, con la misma resignación con que el púgil noqueado pugna por levantar su cara de la lona sabiendo que, si lo logra, el próximo golpe será el definitivo.
De Entremundos