El día ha despertado más oscuro
(jugando con el tiempo le hemos robado una hora),
más frío
(la primavera juega a despedirse del invierno),
más legañoso e inasequible a la piedad
(he jugado a dormir mal, como todos los domingos).
Hay aviso de huelga parcial en el metro.
Los flecos de los amagos de las tímidas protestas del conductor del convoy
pretenden convencernos de que el movimiento obrero no ha muerto.
¡Menos mal…! Entonces el olor que nos adorna debe provenir de otro fiambre.
Vamos, que sólo supone unos minutos de retraso.
En su pasillo de siempre, D.D. canta “Born to be alive”.
Me trae a la memoria la vuelta ciclista de hace unos años.
¡Menuda letra! Parece una obviedad.
Me refiero a lo de “nacido para estar vivo”,
pero no lo es tanto. Y tiene otros dos conceptos más,
que para una canción de este tipo es mucho:
1. No necesita sentar la cabeza para justificar su vida.
2. Con una maleta, una vieja guitarra y algo nuevo que ocupe su mente se siente bien.
Esto, salvando las distancias,
es lo más parecido que encuentro
a aquella parábola bíblica de los lirios del campo.
Desde luego, preocupaciones, ninguna.
En fin, duro lunes.
Inaugurar la semana cuesta:
desahuciar el estraperlo del horario anárquico;
fusilar la última imagen de ocio que se nos durmió en la retina;
sacrificar el “pues apetece seguir un rato más”;
ejecutar, en suma, una retahíla de ardides
para que no se nos suicide la vida entre las manos.
Porque no somos capaces de asumir que hemos nacido para estar vivos.
Es algo tan evidente como biológicamente incuestionable.
El problema es, por lo visto, la memoria.
Yo corregiría: el problema es el sentimiento de culpa.
Y lo redondea el sentimiento privatizador de lo mío y el miedo a perderlo.
Pero es que hoy tampoco es el día adecuado para agudezas filosóficas.
Quizás el martes, sí, el martes mejor, cuando el fin de semana
haya quedado aislado de nosotros por la corriente fría del lunes.
Cuando nos reunamos alrededor de G. como peces ansiosos
y a la rebatiña domestiquemos el concepto que nos lance,
diseccionemos la pequeña realidad que hemos deglutido,
diagnostiquemos galgos o podencos literarios,
pervirtamos la esencia y subvirtamos la existencia,
arañemos con nuestra pequeña ignorancia la pulida superficie de la ignorancia
gigante y gastada de los petimetres que cobran una fortuna por parecer ser lo que nunca serán,
dobleguemos nuestra mente al contenido del corazón y nos sintamos, simplemente,
más humanos,
más personas,
en una palabra:
vivos.
De Octomanario