by Administrator
29. junio 2009 14:55
Todavía cree reconocer el olor de la sangre. Es más perceptible cuando se arrodilla a su lado y sigue con las yemas de los dedos la maraña de hendiduras rectilíneas que talló el hacha en su faena. Sus manos, trémulas de gozo, acarician el último latido del ser humano que anida en cada incisión. Luego posa la cabeza en el tajo y escucha el postrer rezo del reo, cercenado por el filo. Sólo de vez en cuando el ambiente se carga del olor acre e inconfundible de la sangre. Entonces se despliega y luego explota entre sus piernas el deleite y le parece ínfimo el precio que pagó al verdugo.