7.30 de la mañana.
Alonso Martínez.
Riada de gente con la huelga de chichinabo en ciernes,
como una espada de Damocles de plastiqueta:
el cincuenta por ciento preavisado de servicios mínimos es la caña.
D. D. no está cantando.
Cambia las pilas del mando a distancia.
Me armo de valor y aprovecho para hablar con él.
Llevo mucho tiempo intentando comprarle un cd autoeditado.
Imposible.
Con él en mis manos me veo obligado a devolvérselo:
No tiene cambio.
En el ínterin,
le hago la pregunta del asno:
“¿Tú eres Dani Daniel?”
Y a preguntas tontas respuestas aviesas:
“¡Pero, papito!”
Y me quedo frío. Me ha dejado en evidencia.
Lo suyo sería huir, pero aguanto a pie firme el sonrojo
y valoro en milisegundos distintas opciones:
- Dejarle de propina el resto.
- Pro: me llevo el cd.
- Contra: me asusta que lo malinterprete.
- Dejarle pagado el próximo cd que dice va a grabar.
- Pro: me llevo el cd.
- Contra: me inquieta que piense que soy un lunático obseso de su persona.
- Decirle que mañana me devuelva el cambio.
- Pro: me llevo el cd.
- Contra: me jode que piense que soy gilipollas.
Conclusión: me quedo sin cd.
Pro: Ninguno
Contra: Mañana lo volveré a intentar con un sentimiento integral de bobería
y con el convencimiento de que el cielo se caerá sobre mi cabeza
si es preciso para evitarlo.
Como resultado más patente de lo narrado
esta sensación de hallarme entre Escila y Caribdis
se ha quedado a vivir en mi corazón.
Quería llevar una prueba de vida a la guarida de la pisci,
y me he quedado sin prueba y sin música.
Decido sobrevolar mi desazón.
Me observo como resultado de la tirada maliciosa de un dios trilero.
En un momento determinado
fui un lance de palillos,
de runas,
de dados,
de genes...
Y eso no ha cambiado.
En cada instante jugamos y apostamos:
todos contra todos.
Y de esa interacción caótica nacen
los actos en unos
que serán
las inacciones de otros:
acción y reacción,
logro y fracaso,
premio y castigo,
nacer y morir,
ser y no ser,
estos son los fonemas,
amado simio,
nada más,
porque no hay dilema,
querido Hamlet,
porque casi nunca hay elección.
Nuestras vidas son los ríos,
que diría el vate Manrique,
y yo
Nuestros ríos una mierda,
nuestra vida una simpleza
y todos
a la greña por recibir sin dar,
por ser amados sin amar,
a dios rogando
pero sin el mazo andando.
Y así nos va.
Yo para ser feliz quiero un camión.
La cultura de la simpleza,
no de la simplicidad
de lo bueno, bonito, barato,
bellacos todos, pelagatos,
meapilas declarados con urgencia en el trincar.
Emilio y Cándido se han suicidado.
Disimula. No queda otra.
De Octomanario