Le había salvado otra vez, pero no dejaba de intentarlo. Le advertí:
--Si Rayo te muerde morirás.
--Mejor -me contestaba-. Si va a morir, quiero irme con él. Es mi único amigo.
--Pero nosotros somos tu familia. Él es un simple perro.
--Es mentira. Sois unos monstruos. Me hacéis trabajar de sol a sol. Duermo seis horas y sólo descanso para comer. Mientras lo hago juego con Rayo. Es mi única diversión.
No dije una palabra más. Maté al perro, tiré de la cadena con fuerza y le obligué con el látigo a volver al trabajo.
De Entremundos