--Niño, tira pa’ dentro.
Cuatro palabras mal habladas. No salía a mirar lo que yo pudiera estar haciendo. Era innecesario. Ya lo sabía. Actuaba como siempre, con indiferencia, casi con desdén. Pero, ¡ay de mí si no obedecía!
Poco después de comer un mendrugo de pan ahogado en un sopistrajo inmundo oía:
--Niño, tira pa’ tu cuarto.
Cinco palabras mal dichas. Ya estaban las nueve de cada día. Ni una más. Yo no era Benito. “Niño” bastaba. Para qué esforzarse en aprender un nombre... En mi habitación la noche caía como una losa grande y negra que tapiaba mi ventana y aplastaba todos los sonidos. El tiempo de descanso era una tragedia cotidiana en ese cuartucho sin otra cosa que un jergón en el suelo. Si tuviera por lo menos un libro… Llevaba así dos o tres años –me flaquean la noción del tiempo y la memoria-. Hacía cinco que habían muerto mis padres. Por entonces tenía diez años y ningún familiar conocido. Hasta que los servicios sociales me encomendaron al único que se dejó embaucar, rodé de un centro de acogida a otro.
Con las primeras luces se repetía la misma historia. Los cultivos alrededor del pozo y éste coronado por el engranaje. Y yo vuelta a la noria. Mi “tío” la llamaba de sangre porque yo la movía, como un animal. Yo también la llamaba así, y el látigo sabía bien por qué. Dios parecía estar ocupado fumando en el porche con él.