Me nacieron de la nada.
Y supongo que estallé:
artificio sin pasado,
conjunción de cromosomas
sin saberlo. Me esbozaron
tributario de la nada,
engañoso bagaje
de supuesta inexistencia.
Porque yo nací con todo
lo que fueron otros antes
de que yo nada fuera.
Perdonadme por el juego
de palabras, pero es así
con independencia
de lo que podáis fantasear.
Porque yo soy sólo
yo aprisionado
en el nombre
que me atrapa.
Para que yo fuera
hasta este punto
se gestaron guerras,
se labraron leyes,
se agradeció poco
o demasiado
a los hombres grandes
y medianos sus proezas,
a los mezquinos
sus perversas felonías.
Resumiendo,
sé que soy
porque
miles de millones
fueron antes.
En la secuencia infinita
de la cosmogonía,
desde el tiempo primordial
allende los eones
había una trabazón
preestablecida,
un equilibrio,
entre la infinita materia
y su ausencia acreditable:
esa que respondía
a mi ser y estar cabal
y riguroso.
Y no es justo ni injusto,
celestial o demoníaco:
soy yo
por las circunstancias
que me precedieron.
Todo lo demás
son cabezazos a la pared:
podemos vestirlos
con diversos trajes
y camelar determinismos,
fatalidades e injusticias
socialmente inaceptables.
Incluso escudarnos
en diversos proverbios
al efecto y, por tanto,
bobos en su puro contenido:
homo homini lupus
y burdas coartadas
de pelaje semejante.
En este damero universal
cada uno defiende con fiereza
su escaque, y su trayectoria
la trazan normas sin excepciones.
Solo recogidas las piezas,
en la caja mueren las diferencias.
De Casi sin sentir que fui