Leí en el horóscopo del periódico que hoy no era mi día de suerte. Me advertía que anduviera con cuidado y que no entablara conversación con desconocidos. Era el colmo. No contentos con intentar que creyéramos las noticias casi inconcebibles de la pura realidad, ahora nos asustaban con el hombre del saco. Que no entablara conversación con desconocidos… ¿Será posible? Era para ir a las oficinas del diario y pedir el libro de reclamaciones. “¿Te das cuenta de lo que pretenden?”, me pregunté mientras lavaba mis manos ante el espejo del aseo de aquella estación de servicio. “Sí. Es indignante, tendríamos que hacer algo” dijo mi reflejo. Al principio no le di importancia. Casi ni me fijé en que, realmente, yo no había contestado. Pero lo terrible fue reparar en que yo me lavaba las manos y él no: se había quedado con los brazos cruzados, como esperando a que yo siguiera la conversación. Le debí de mirar como a un espectro. El caso es que ya no medió ni media palabra. Sacó del reflejo de un bolsillo inexistente un enorme cuchillo y aquí estoy, preso en el espejo observando mi cadáver ensangrentado en el suelo. Y así hasta que venga el siguiente y lea en el periódico su horóscopo para hoy. Espero que éste sea tan desobediente como yo. Si no usurpo su reflejo con el mío, los 21 gramos de mínima corporeidad que me restan se quedará vagando por el espacio… ¡Quién me mandaría hablar con desconocidos!
De Entremundos