Era muy cuidadosa pero, a veces, se escapaban las notas de su estuche. Ella ya no podía emitir un sonido más tenue, más apagado y exiguo, pero eso era precisamente lo que permitía que algunas notas, aprovechando su extremada delgadez, se deslizaran por el ojo de la cerradura, por los pestillos mal cerrados o por el mínimo resquicio que a veces dejaba la cinta al ser atrapada por la tapa. El caso es que vagaban por el piso en su busca y acababan por esconderse en los rincones con la esperanza de sorprenderle a su llegada. Había aprendido que las notas se caracterizaban por vivir el momento y tener poca memoria. Entonces a ella no le quedaba otra que entonar el toque de llamada. Pero los sonidos prófugos eran reacios a volver, lo que le obligaba, a su vez, a enviar parejas de compases tras su rastro. Cuando la situación se le iba definitivamente de las manos, partituras casi completas deambulaban perdidas por las distintas habitaciones y la mezcla desacompasada y extemporánea de sus melodías fragmentadas desquiciaba el sueño de todo el vecindario.
Esto ocurría desde hace más de un año. Exactamente desde la noche en que él murió. Ella la convirtió en un réquiem interminable: Mozart, Brahms, Verdi, Armstrong, Gillespie, Davis… desgranaron sus quejidos lastimeros como una herida sangrante que destilara dolor. Los pistones nacarados que tanto mimara él añoraban la caricia de su mano izquierda, que ya no volverían a sentir. Temblaban al recordar el instante en que manos y trompeta se encontraban e iniciaban un diálogo sigiloso, trenzado con sutiles trueques de temperatura, urdido con procesos osmóticos imposibles entre piel y metal, hilado con el dolor compartido del recuerdo de aquella guerra que le cegó y amputó dos dedos de su mano derecha forjándole trompetista zurdo siendo diestro.
Ella era consciente de las noches interminables de música bellísima, sí, pero ajena e incapaz de expresar con rigor su pérdida, porque contaba la de otros. Y vistió su desamparada agonía con su propia voz: desplegó fraseos que mitigaran su ausencia insoportable, elaboró digitaciones nacaradas al gusto de su oído y compuso exquisitas piezas de sobria sencillez. Creó música para su amo con la esperanza de recuperarlo del otro mundo como hiciera Orfeo con Eurídice… pero era sólo una trompeta. ¡Si Orfeo fracasó, cómo iba a lograrlo ella!
Sus pistones sucumbieron en el filo de un agudo lancinante. La sepultaron por fin en el ataúd de su estuche. Desde entonces descansa en paz pero, a veces, toco su silencio y me calla la tristeza.
De Entremundos