El accidente debió de ser espantoso. Carretera secundaria, noche y alcohol. No hace falta añadir mucho más, salvo que el coche no tenía alas y voló.
El conductor está ingresado en mi hospital. Ha sido plenamente consciente y culpable de la desgracia. A mí no puede ocultármelo. Su jactanciosa destreza al volante se fue creciendo con las súplicas de sus cuatro acompañantes. De nada sirvieron las peticiones de parar para apearse en mitad de la nada. Él no aminoró, sino todo lo contrario. Como suele ocurrir en estas situaciones fue el único superviviente.
Ahora yace crucificado en la cama, escayolado de pies a cabeza, inmovilizado por poleas, atravesado por mil varillas metálicas que pretenden devolverle su hechura humana, asaeteado por cien agujas que lo nutren y lo sedan. Y no hace otra cosa que pensar en lo ocurrido. Pero ya es tarde. Ahora me toca a mí. Éste es mi trabajo. Cuando yo morí, después de tres operaciones y una dolorosísima agonía, juré no abandonar este hospital hasta dar con el culpable de mi atropello. Aún no lo he encontrado. Se dio a la fuga, pero no tengo prisa, todo se andará. Mientras tanto recibo a las ánimas de los muertos recientes, que me traen noticias frescas de otros fallecidos con los que se cruzan. Yo les describo a mi verdugo con la esperanza de encontrar su pista y les presento al suyo si está ingresado en este centro. Precisamente acaban de llegar los cuatro acompañantes del crucificado… Están deseosos de saludarle. Después de mucho porfiar he conseguido convencerles de que hay que tener paciencia. Cuando les haya enseñado a empuñar bisturíes con sus dedos de aire, a estrangular o acelerar goteos con sus manos de frío, a desbridar heridas con sus ansias de daño, podrán comenzar a visitarle. La muerte innecesariamente dilatada y dolorosamente viable es el único recurso que nos queda. Cuando estén en este lado ya veremos.