Para Gonzalo Escarpa,
tan distraído
Una mirada ciega de noche
deambula bajo palio de negrura.
Otras manos lentas me cercenan
todas las caricias que te sobran.
Hoscos labios muerden besos yermos,
suplican dientes y rezan lenguas
y todo se calla carmesí,
sangre de esa ese cándida
muerta por la falacia fricativa,
entre sus dos nadas in fraganti.
Todo tuyo para nunca conquistarte.
Para estar alejado de ti
de mí mismo me desmuero.
Desmerezco mucho si te importuno,
descreo poco si te esquivo.
Pura contrición en copa escasa
la vida que voy bebiéndome
con mil sorbos irreverentes, ázimos,
solapado y torpe y tan nictálope
por ser aleatorio y turbio.
Por la cocina del tiempo
cruzo sin pudor ni cortesía:
siempre es parca su abundancia.
Los postres de la vida
perpetran epitafios en las lápidas:
éramos tan solo plato único.
Matar a las hadas torvamente,
manzanas asadas con agria dulzura:
paronimia tan hiriente y homicida…
¡anida ovillada y tan artera!
Sacrilegio mayor sería que talar
la arboleda sutil de la magia,
Perrault, Andersen, Calleja, Grimm, Aldecoa
crudos en un plato apetitoso
para adictos al suplicio ectópico.
Después es correcto no eructar:
que no se escape súbito
el polvo de las metáforas
que dormitaba en sus manos
y se pose sin inquina
alando los versos más tenues
para beneficio y uso expreso
de lo que suponemos poema.
Matar a las hadas supondría
algo así como… no sé…,
celebrar la cobardía de morir
sin haber vivido y merecerlo.