El futuro es un arma cargada de pasado

by Administrator 12. agosto 2009 14:14

 

              “Después nos tienes que hacer una cena fabulosa” le dijeron sus hijos. “Muy bien”, contestó él, siguiéndoles el juego: “¿Qué os apetece?”… “Una fuente enorme de patatas fritas, salchichas de frankfurt y flan” dijo Miguel. “No, mejor macarrones con tomate y tarta helada” corrigió Adela…

 “Me está bien empleado” se decía pesaroso Jorge, aunque desplegaba la mejor de sus sonrisas ante sus retoños, mientras pedaleaban los tres a lomos de sus viejas bicis. “Es tremendo elegir entre guatemala y guatepeor. Si quieren ir al cine, con sus palomitas y su refresco, se pone por un pico. Y si me los llevo al parque a montar en bici nos lo pasamos cañón, pero luego se les encrespa el hambre y es peor el remedio que la enfermedad. ¡A ver quién es el guapo que les dice que no!... En fin”… “Está bien, chicos, subimos las bicis y luego compramos en el chino patatas, salchichas y unos flanes, ¿de acuerdo?”… Jorge había tomado una decisión rápida, pero no al azar. Los macarrones tardan más en hacerse que las salchichas y la tarta helada era más cara que tres flanes de bote, así que estaba muy claro. Miguel dice que sí desde el principio y Adela, más difícil de contentar, arruga un poco el gesto, pero acaba transigiendo al ver que ha triunfado su postre. Jorge sabe que este dispendio le costará el desayuno de toda la semana que viene, pero no está dispuesto a que sus hijos vuelvan a casa de Asun sin cenar… ¡Eso sería lo último!           

Llegan al portal. Suben las bicis y Jorge decide que mejor baja él solo al chino y ellos se van bañando. Mientras se dirige a la tienda busca consuelo en su capacidad de salir adelante de las situaciones complicadas… ¡Qué difícil se ha vuelto la vida de repente! Desde que se separó de Asun, nada es tan fácil como parecía. Con el tiempo –con muy poco tiempo, la verdad- se había dado perfecta cuenta de que las cosas eran sencillas porque santa Asun se las echaba a la espalda. Si pudiera dar marcha atrás no volvería a cometer esos estúpidos errores de cómodo varón adocenado. Entendía perfectamente que ella tirara la toalla. Ahora veía con una nitidez odiosa que él habría hecho lo mismo si hubiera estado en la situación de Asun, con una diferencia importante: no habría aguantado ni la cuarta parte de los años que ella. “Joder, si ella quisiera, podríamos volver a intentarlo”… Y en un impulso entretejido de nostalgia, comprensión, ternura, encandilamiento… en fin, todas esas pequeñas cosas que adornan los afectos, la llamó al móvil. “Hola, Asun. Soy Jorge. Te llamo para decirte que llevaré a los niños un poco más tarde. Voy a comprar algo de cena porque están muertos de hambre. A eso de las diez, todo lo más, los tienes en casa bañados y listos para ir a dormir. ¡Ah!..., te quiero”. No sabía bien por qué había cerrado así su mensaje. Bueno, en realidad, sí. Primero porque estaba hablando con un buzón –con esa sensación de idiota que se le quedaba siempre en el cuerpo- y, segundo y más importante, porque se había dado cuenta de que no daba pie con bola sin ella. Porque su ausencia le había demostrado hasta qué punto llenaba cada rinconcito de su vida de una forma tan cotidiana que había dejado de valorarla. En fin, lo bueno del futuro es que siempre estará por hacer.

* * *

            Nada más entrar en la tienda se percata de que no debía haberlo hecho, pero es lo jodido de estas situaciones, que no suele haber marcha atrás. Los cuatro compradores están arrinconados en el fondo, fuera del alcance de las miradas del exterior. Jorge, lógica y cobardemente, intenta darse la vuelta, pero sabe que no podrá ser… y un sirlero a su espalda se lo confirma poniendo la navaja en sus riñones. “¿Dónde crees que vas, guapete?” le canta al oído, con un aliento a muela podrida. “Vete con tus compañeros de juego al fondo, anda. Y pórtate bien, que si no…” Y para demostrar que no bromea, le corta el lóbulo de la oreja y se lo pone en la mano. Jorge sabe que no debe quejarse… Pálido y sangrando copiosamente, saca con su mano izquierda un pañuelo, mientras guarda como un tesoro en su mano derecha el retazo de su oreja… “No me lo puedo creer… Es imposible que me esté pasando esto… ¡Dios mío! que no vaya a más, que los niños están solos en casa”.

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