Érase una vez un hombre triste. Sin mayor precisión. Tampoco es necesaria. Érase una vez, como decía, un hombre triste que gozaba su quebranto con la placidez resignada que otorga lo irreparable. Apenas levantó una palma del suelo se afligió. Dejó de ver las cosas en su justa proporción, desaparecieron los olores a ras de tierra y sobresalió entre la espesura, con el consiguiente peligro de no llegar ileso a la mañana. Urdió ingenios paliativos de sus carencias y lo llamó cultura. Y creció y se hizo fuerte y anidó en un encastillamiento y lo llamó soberbia. Y encumbrado por encima de sí mismo se despeñó y se hizo añicos. Y volvió a empezar sin recordar apenas sus orígenes. Y se hizo triste. Y habitó entre nosotros. Y gozamos su quebranto con la placidez resignada que otorga lo irreparable. Apenas levantamos una palma del suelo nos afligimos… Y saltando eslabones y olvidando cadenas surcamos el espacio y nos perdimos definitivamente.
(Crónicas Oníricas de Prístino Páramo)
(De Entremundos)