Dios protege a los animales

by Administrator 20. agosto 2009 10:05
  

                Pone la mesa con gesto cansado. El día ha sido largo y difícil. Los niños por fin duermen el sueño de los exhaustos, que les permite no despertar aunque la casa se derrumbe. Aníbal roe su hueso detenidamente en la alfombrilla mientras que Jero se ha enzarzado en una frenética persecución de su propio rabo.

 

                Ya no dice nada, para qué. Los deja por imposibles. Luego murmuran los vecinos que está claro que es ella quien lleva los pantalones. “¡Señor, señor! ¡Cuánta paciencia tienes que darme”, piensa resignadamente Begoña. “Encima pretenderá que le haga todo lo que le gusta”.  Abre el puchero y se sirve dos cazos de carne estofada. “La verdad es que no sé para qué. Si luego es de plato único”.  Cada vez le cuesta más trabajo domar a los niños.  Ahora sí que habla en voz alta, dirigiéndose a él: “¿Sabes? Últimamente las cosas no son tan fáciles. Algo se huelen. No debía haber permitido que los novatos hablaran con los veteranos. Aunque ninguno sabe a ciencia cierta lo que ocurre, los más antiguos han ido atando cabos de forma sutil. Y cada vez que bajo a la habitación veo el miedo en sus ojos y siento el temblor de sus piernas. Y eso no es bueno”… Lo piensa mejor y se sirve un cazo más. “Aunque la carne del último ha salido exquisita,  ¿no crees, Aníbal?” y le echa un cazo en su cuenco. Aníbal, por un momento, parece que va a incorporarse y sentarse a la mesa. Pero no, decide que no. Con su hueso tiene bastante. Hace tiempo que los prefiere. Su mujer tiene razón,  es de plato único.

De Entremundos 

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