
Tendí la mano.
Hacía frío.
El viento silbaba su letanía.
Salí como si hubiera nacido
sin un rasguño de mi sueño
y di a la caza alcance
en el breve frenesí
de la vida que moría.
No me abandones ahora:
soy peregrino aterrado
que llora en la oscuridad;
soy un bastón hecho añicos
que palpa la angustia
de unos brazos sin manos;
soy una voz insistente
que miente el único nombre
que sigue creyendo a su pesar.
No desdeñes
mi pequeñez infinita
en tu simple infinitud
de ser perfecto.
No te das cuenta...
Tiendo la mano y hace frío.
Tiendo la risa recién lavada
y llega la prisa y se la lleva.
No me percataba.
Me estoy muriendo cada día
desde que nací.
¡Eso entristece y justiprecia tanto
el sentido de lo efímero...!
(De:
La plegaria de las piedras)