III.
Nos convoca acreciendo los colores,
pedestal del recuerdo inalterable
alzado por la muerte testaruda.
Allí, tras la estela cincelada de su nombre
sepultó setenta y cinco años de certezas.
Nuestro padre, tuyo y mío,
se ha hecho carne y pan para gusanos.
Vivimos sin querer sobremorirnos.
Llenamos nuestra sola pesadumbre
con un hueco horadado entre la nada,
una ausencia glacial que nos remuele
en esta pérdida de la raíz superlativa
y nos sentimos de improviso tan postreros,
accesorios, prescindibles, descosidos,
como pájaros aliquebrados,
como niños entristecidos,
como mar sin navegantes,
y sin sal,
y sin olas,
y sin playa siquiera.
Entonces tus cenizas resurgidas parten
y comparten generosamente, sin palabras,
el pan de tu vida, la sal de tu tierra fértil,
la savia del amor que te rebosa y que nos nutre.
Después el futuro pondrá a cada cual en su lugar
y arrancará la máscara de los que decían
ser de otro material y amigos y residentes
en el corazón más privado de nuestro mejor afecto.
Y en ese instante exacto veremos el reflejo
de aquellas manos que veían tanto y de tan alto
nítido en nuestras manos, que son sus herederas,
aquellas manos incompletas y tan plenas en nosotros.
(De Casi sin sentir que fui)