Cibergeometrías

by Administrator 4. septiembre 2009 13:30

 

 La malvada hipotenusa capturó a Pi. Después del interrogatorio Aurora se convenció de que lo hizo porque estaba aburrida. Además, ella misma confesó que ya había raptado en anteriores ocasiones a otras muchas constantes…

El día en que todo empezó no tuvo nada de especial. Los escolares habían buscado en el ordenador por enésima vez el consabido teorema de Pitágoras y después de leerlo y tomar las notas de rigor, olvidaron cerrar el sistema. Este tipo de descuidos ocurría a diario en la biblioteca por lo menos con un par de equipos. Aurora tenía que apagarlos al final de la jornada y era entonces cuando leía las pantallas, aunque a veces fuera demasiado tarde… Es triste admitirlo, pero los usuarios son poco originales en sus pesquisas. La última que le resultó un tanto ocurrente fue la de alguien que escribió “dolis penis” y obtuvo el texto: “dolls penis pumbs, lubricants, anal toys and more”… Las imprecisiones en Google son misteriosas y se pagan caras. Y  eso pasa, primero,  por no seleccionar las páginas en español y, segundo, por no escribir correctamente las palabras (poenis en lugar de penis)  o no entrecomillar los textos que se buscan literalmente. Es probable que el “investigador” rastreara datos relativos a las condenas por “exceptio dolis generalis”, pero, por su mala cabeza, aterrizó en un jardín de lo más florido… En fin, a lo que íbamos.

La hipotenusa se quedó elevada al cuadrado, pero sin novio. Es decir, Aurora suponía que uno de los escolares había planteado la famosa ecuación, cuantificó la h, pero no dio valor a ninguno de los catetos. Y, aunque su nombre sea tan elocuente y los catetos no tengan muchas luces, a Aurora todavía le alcanzaba la memoria para recordar que sabiendo el valor de la hipotenusa, por lo menos era necesario el de uno de los dos catetos para completar el triángulo rectángulo, ya que el otro se obtenía despejándolo de la propia ecuación. Pero con una hipotenusa tan crecida como aquélla había que andarse con ojo. Y sus temores se confirmaron. La hipotenusa creció y creció y creció y de su tiesto se salió. Y buscó una cifra con la que escribirse… Al principio se conformó con el número phi (φ),  tan dorado, tan proporcionado, tan ideal de la muerte… Jugaba a su favor el hecho de que ya formaba parte de su demostración, por lo que acercarse a él no infundía ningún tipo de sospechas: Aurora recordaba someramente de sus clases de dibujo que se demostraba el valor del número phi relacionando un cuadrado con un arco trazado desde el punto medio de uno de sus lados y cuyo radio alcanzaba el vértice opuesto…  Si a esto se añadía que cualquier cuadrado que se preciara de serlo contenía cuatro triángulos rectángulos iguales, ya teníamos a doña hipotenusa codeándose con el número phi. Pero iniciar una conversación y comprobar que era un elitista fue todo uno: que si “hay que guardar la divina proporción”; que si “yo formo parte de la naturaleza para armonizar sus medidas”; que si “mi razón áurea ilumina el tamaño de casi todo lo bello”… Un coñazo en suma. Lo grande es que como el soberbio numerito no quiso avenirse a un arreglo y restarse de nuevo para quedar como conceptos civilizados, la hipotenusa  tuvo que tomar un atajo. No le quedó otra  que buscar un cateto de buen comer que incrementara su valor de forma descomunal. Cuando lo encontró -al fin y al cabo el mundo de las matemáticas está lleno de enormes catetos- la hipotenusa creció de forma tan proporcional como extraordinaria y aplastó sin dudarlo a este señorito tan fino. Y volvió a quedarse sola, pero ahora con un tamaño descomunal, que incrementó más si cabe su necesidad de encontrar valores estables y que no incrementaran en exceso la superficie del triángulo resultante. Como no sabía a quién acudir,  rebuscó entre las otras constantes. Sería demasiado prolijo enumerar todas las que capturó. Baste con saber que fue a buscar a su padre, Pitágoras, dentro de la misma página: conocía perfectamente su propia historia y no le fue difícil convencerle de que le presentara a otro número. Y no se le ocurrió otra cosa que presentarle el suyo, es decir, el número de Pitágoras (√2). Pero a la hipotenusa no le gustaron sus modos, muy ariscos, casi militares, y le dejó marchar. Se tropezó después con la constante de Napier,  e, base del logaritmo natural. Tampoco fue lo que se dice un flechazo, así que probó suerte con las otras constantes de notación griega: la  de Euler-Mascheroni (γ), la de Feigenbaum (δ), la de Bruijn-Newman (Λ), la de Ramanujan-Soldner (μ)… Para abreviar, sólo decir que todas fueron una sucesión de secuestros fracasados que condujeron a la hipotenusa a un estado de aburrimiento que rozaba la depresión.  Pitágoras, en un intento desesperado por animarla, le presentó, por fin, a la constante de Arquímedes, el número pi (π).  Y fue entonces cuando se produjo el milagro: la hipotenusa se quedó sin palabras y cayó rendida a sus encantos: Pi era el hijo perfecto del perímetro de una circunferencia y su diámetro.  Así que podía considerarlo un buen partido, “el señor de los anillos”, se felicitó la hipotenusa por su ocurrencia simplona. El caso es que presidía cualquier ámbito circular: esferas, semiesferas, casquetes, coronas, cilindros, circunferencias, círculos…  Vamos, que era toda una celebridad en las ciencias exactas. Pero las cosas no se tienen con quererlas, ni siquiera en un mundillo tan preciso y cabal como el matemático. Así que surgió el problema nada más cruzar las primeras frases: Pi tenía mucho más mundo que la hipotenusa… y no le interesaba lo más mínimo una pueblerina que apenas dominaba la potencia al cuadrado. Como consecuencia,  se negó en redondo (nunca mejor dicho) a tener la más mínima relación con ella. Pero lo que Pi no sabía es que la hipotenusa era de armas tomar. Después de una serie tan larga de secuestros, tenía un oficio en el arte de la argucia comparable al del astuto Ulises. Así que propuso a Pi que si le demostraba de forma sencilla su valor exacto, no volvería a molestarle. Y el muy ingenuo mordió el anzuelo. Y entusiasmado por la realización de la consabida maniobra de la circunferencia de diámetro uno que rueda a lo largo de su perímetro exacto y da una longitud de 3,14159265358979932384…,  no se percató de que al final  le estaba esperando la hipotenusa para encerrarle junto a un cateto a su medida y formar, así, el triángulo perfecto.

Y en ésas estamos. La malvada y orgullosa hipotenusa había capturado a Pi. Y lo peor es que Aurora no sabía qué hacer. Había  comprobado que la breve ausencia de las constantes secuestradas previamente produjo una serie de perturbaciones matemáticas pasajeras, que empezaban y acababan en el ordenador que se había utilizado en la consulta o a lo sumo en el de al lado. Pero el secuestro de Pi estaba durando demasiado –varias horas, diría Aurora- y las consecuencias empezaban a dar muestras de su gravedad en todos los ordenadores de la biblioteca.  Así que “a grandes males, grandes remedios” se dijo Aurora y, como si de una médium se tratase, convocó en el ordenador central a la hipotenusa, la interrogó con una dureza casi despiadada hasta que logró su confesión escrita y, cuando ella reconoció que su comportamiento había sido peligroso para el sistema, pero que no se comprometía a no volverlo a intentar, Aurora tomó la única decisión factible: marcó a la hipotenusa como bloque y pulsó suprimir. Ahora sólo quedaba esperar que las consecuencias no salieran al exterior, y rezaba para que sólo fueran imaginaciones suyas que todos los rincones de la biblioteca, y las esquinas de las mesas, de las pantallas, de los espejos del cuarto de baño, y los ángulos rectos  de puertas y ventanas y de todos los muebles, se estuvieran volviendo redondeados.  

(De  Entremundos)

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