Ese niño era yo. Seguro. No podía ser otro. Solía dormir en el suelo en esa posición aspada. ¿Quién había tomado esa foto? ¿Cuándo? ¿Por qué?
Yo era un don nadie. Un
don me importa un pito lo que te pase que decía mi hermano mayor y único. Además, no sabía hacer nada bien. Sólo era peculiar mi forma de descansar. Dormía como san Andrés murió. Y viví mucho tiempo como una mancha borrosa de pura inconsistencia. Me abandoné a la molicie, me emborraché, me perdí y me encontré tantas veces que la cuenta hacía tiempo que sumaba una cifra ingente. Cuando naufragué por fin, mi tabla de salvación se llamó Lucía. Y enderecé el rumbo, y cosí mis velas y dejé atrás todo lo muy poco que fui, incluido mi hermano y su
“don me importa un pito lo que te pase” con un
“y a mí también”. Ahora tengo una mujer que me alumbra en un continuo presente y un hijo que limpiará mi recuerdo y llevará flores a mi memoria. No pido más. ¿Quién puede desear más sin quitárselo a otros?
Pero me gustaría saber quién me fotografió y cuándo y por qué. Sólo mi hermano pudo hacerlo. Pero hace tanto que desapareció de mi vida que no sé dónde lo puse, en qué rincón de mi afecto lo apoltroné, en qué lóbulo, en qué circunvolución cerebral lo crucifiqué, aspado, naturalmente, para que arraigara el olvido en su pura ascendencia. La pátina definitiva la puso la noticia de su muerte, venida por medios incongruentes… Yo le puse entonces un aspa en el margen de mi recuerdo y di sepultura a todos esos silencios tan incisivos que perfilaban su ausencia.
Y hoy recibo esta foto dentro de un sobre. Un niño de espaldas en el suelo. Aspado, desnudo, quieto por la foto y quieto, muy quieto, mucho antes de disparar la foto. Bajo su vientre un charco de sangre. Y mis manos traslúcidas pasan las yemas de sus dedos buscando las huellas del remitente. Un poco de calor en esta penumbra tan fría que llena de vaho la urna que me retiene. Y las temblorosas velas no ayudan en nada. Al otro lado del cristal, Lucía y mi hijo lloran. Y un hombre canoso que me recuerda a mí mismo en mis días felices les toma de las manos. Al fin y a la postre parece que sí le importaba.