Verte y comenzar a fumar fue todo uno. Adiós a los diez años, siete meses y un día de tortura. ¿Para qué seguir? Lo dejé por ti. Igual que antes dejé la bebida. Y mucho antes de eso, ¿qué había hecho antes de todo eso?... No podía recordarlo. Cuando nos casamos fue como si hiciese borrón y cuenta nueva. Adiós muchachos, compañeros de taberna. Agur veladas literarias preñadas de humo y alcohol. Adieu sarcasmos escabrosos y escarceos voluptuosos. Bye bye amor de contrabando y sincopado. En argot taurino, me corté la coleta, pero en realidad me extirpé del mundo. Hasta que en una estúpida discusión te lo eché en cara. Todo lo que yo había dejado por ti, que era demasiado. Y llegó la gran pregunta… Y tú: ¿qué has dejado tú por mí? Y no dijiste nada. Simplemente te calzaste los zapatos, cogiste el bolso y te fuiste a casa de tu madre. Al día siguiente te llamé, pero fue inútil. Ya no tenías palabras para mí. Y así pasaron tres días de tormento… Hasta que te vi por la calle, ríe que te ríe con tus amigos y amigas (tú habrías dicho “amigotes”, pero yo no voy a caer en la descalificación fácil). No te dije nada. Para qué. Simplemente me compré diez cartones de tabaco y seis botellas de ginebra. Me encerré en mi chiscón (la casa cada día me daba más grima porque parecía seguir siendo sólo tuya) y bebí y bebí, y fumé y fumé, hasta que al final de tanto exceso me morí.
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“Encontrado en su casa muerto por coma etílico. Los vecinos se percataron de que algo no iba bien cuando observaron que se filtraba por la puerta de la casa gran cantidad de humo y olía intensamente a tabaco. Cuando los bomberos derribaron la puerta encontraron el cadáver de José Fernández Kraus. El humo procedía de una pira gigantesca de cigarrillos encencidos. Posteriormente se comprobó que había inhalado compulsivamente el humo de más de cien cigarrillos, además de beberse cuatro botellas de ginebra”.
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Ahora he vuelto a empezar. Por un fallo en el sistema de reciclaje, mi memoria no ha sido borrada, aunque me ha correspondido un cuerpo distinto. Por lo tanto deduzco que lo de la reencarnación es una pura filfa. No hay continuidad entre materia y espíritu, o como quiera denominarse. Simplemente, llegados a la tesitura del trance final, cuerpo, mente y alma van cada uno por su lado y lo único que se tiene en cuenta en el proceso de reintegración es que no vuelvan a coincidir. Quién lo tenga en cuenta y cómo se llame es otro cantar. A lo mejor todo se queda en una simple reacción química, desconocida en este plano de la realidad, que no permite que vuelvan a combinarse los mismos elementos. ¡Qué sé yo! El caso es que puedes reingresar a la vida humana con cualquier edad, sexo, raza, etc., etc. Todo es aleatorio salvo, ya digo, la repetición. En mi caso, como he podido comprobar, no se ha cumplido del todo, pero la verdad es que estoy contento: mi nuevo cuerpo tiene bastantes años menos -veinte para ser exactos-, es físicamente más atractivo, está mejor dotado en todos los aspectos y no arrastra ningún tipo de menoscabo. Una de las cosas que peor llevaba del anterior era el calvario de las varices y el suplicio de la artritis de tobillos, rodillas y caderas, ¡vaya, que tenía las piernas de Fred Astaire!... Pero lo mejor de todo es que ahora me toca a mí.
No me ha sido difícil encontrarte. Ni lograr que te fijaras en mí. La convivencia de tantos años hizo que te conociera al dedillo, con la diferencia de que ahora tengo cartas mucho mejores que jugar en la partida. Es más, puedo asegurar que ya comes en mi mano. Y no voy a permitir que las cosas sean como la otra vez. Ahora seré yo quien dicte las normas, quien ponga los horarios y quien juzgue lo que está bien o está mal de nuestra relación y nuestra vida. Tengo tanta ventaja que me da un poco de apuro: probablemente sea ese concepto judeo-cristiano de la culpa. Pero estoy en el trance de acabar con todo ello. Por lo menos en esta vida y con este cuerpo. Sé que no moriré jamás, en el sentido de dejar de ser definitivamente. Cuando esta envoltura carnal llegue a su fin, simplemente pasaré a otra, como quien cambia de alojamiento, y vuelta a empezar… Así que me estoy planteando montar una salida inolvidable de este cuerpo en tu compañía, naturalmente, pero no lo sabes. Luego, a esperar a ver qué me toca en suerte… Tranquiliza bastante saberlo. Sólo tengo que encontrar la forma de “avisarme” para los posteriores recambios. Entonces mi felicidad no tendrá fin y seré lo más parecido a dios que deambule por la tierra. Porque saber es poder. Dentro de poco lo comprobarás.
Fernando Lorente (De Entremundos)