En lo alto de la iglesia
campanea la campana
en su resonar egregia.
Las gentes acurrucadas
en sus camastros de palo
escurren el bulto y piensan:
“La misa no es obligada
ningún día entre semana”
y refuerzan su fe cierta.
Dentro de la iglesia estamos
quien lo cuenta, o sea yo,
y una lechuza andrajosa
que, huyendo de la ventisca
y de la nieve heladora,
por la ventana se aloja.
Se aproxima a la bujía,
y enfebrecido delirio
repentino le posee.
El búho bebe la vela,
vive la vida bebida
y alegre revolotea.
Yo veo beber al búho,
en el banco vigilando
con mis miserias sentado.
Hasta ese preciso instante
leía devotamente,
el misal entre las manos.
Pero el alboroto hace
que de mis dedos escape
el libro y pare en el suelo.
Me sorprendo fascinado
por esos tirabuzones
dignos de von Richthofen
y la baba se me cae
mientras contemplo extasiado
que se acerca una polilla
-mariposa de segunda-,
que obstinadamente busca
la luz que la vela alumbra.
Inevitable y ardiente
la vela prende las alas
tenues de la candelilla.
El búho disimulaba
andarse por las Batuecas
mientras esperaba cauto.
Por fin ocurre el milagro,
dentro siempre de la iglesia,
y la polilla en barrena
vertiginosa y fatal
cae y no alcanza a tocar
el macizo pavimento.
Recojo el libro del suelo
y con prudente recato
me dirijo al Creador:
“¿O sea que una lechuza
come y bebe de caliente
sin haberlo merecido
y yo aterido de frío,
miserable pero humano,
con el estómago huero
me distraigo y desconsuelo
sin tener un mal mendrugo,
con un libro entre las manos?”
Y el Hacedor enfadado
abrió un momento los cielos
y respondió de esta guisa:
“¿Mejor te hubiera venido
haber sido la polilla?”
Moraleja para todos:
De nada sirve rogar
simulando que rezamos.
Curra y ayuda a obtener
riqueza con tus dos manos
sin escurrir un instante
el bulto de tu tarea.
Y aquí se acaba el enredo
de una vela, un libro pío
y una humilde mariposa
-mejor palomilla boba-
cuando los colocas juntos
debajo del mismo techo
y los contempla con celos
un beato resentido.
Si esta historia que te traigo
no ha llegado a complacerte
porque con la mariposa,
con la vela sin aceite,
o con el libro de preces,
te hayas identificado,
no te apures, tiene arreglo:
echa una moneda al gorro
y olvídate de este cuento.
Fernando Lorente
(De Casi sin sentir que fui)