Amanece de ceniza. Encinta. Demacrada. Abatida como empalizada inservible. Amanece de silencio. Enjuta. Derrotada. Asaltada como coraza de azúcar. Así se siente, vulnerada, lacerada, puro paria en estado de gracia. Las manos sobre el regazo. Los ojos más allá del mar, donde acaso crezca una esperanza. Los hijos que no tendrá le miran con sus tizones ciegos y blasfeman. ¡Cuánto penar para arrepentirse siempre! Le sobraba amor y la traicionaron una y otra vez con las mismas palabras, promesas de antaño urdidas con desdén de rutina perpetua. Y ahora se lame sus heridas. Amanecer y anochecer amancebados la contemplan con su sorna de crepúsculo superfluo. Algo se oculta en su interior envilecido, no vencido. Magma puro, incandescente, primigenio. Tectónica de placas. Extrusión kárstica. Erupción volcánica. Volver a empezar.
Fernando Lorente
(De Entremundos)