Mejor lo dejamos estar

by Administrator 6. octubre 2009 14:44
    

He leído Mass miedo de Gonzalo Escarpa y me han entrado unas ganas locas de escribir todavía no sé bien qué. Es evidente que muerdo las flores y pisoteo las buenas intenciones de todos los que pasean por las calles de esta ciudad que duerme en su mañana de lunes. No hay esperanza y la que hay no me gusta (podría decir aquello de me cago en tu puta madre pero soy demasiado civilizado… aunque pueda sospechar y sospeche que ella, la que no baila boleros, es lo peor que le ha pasado a mi ciudad en los últimos doscientos años). Es consustancial con mi forma de ser, pensar y repensar y luego volver a pensar para luego regurgitar y después reconsiderar para decidir con criterio racional y… no hacer nada. Ése es el problema. Empieza por hacerme daño la oscura maraña tejida sobre el futuro del hijo que no será y la mujer ideal que ha desertado de su propia existencia: ruedas de molino que abisman en un mundo sin sentido. ¿Quedará poesía? ¿Hay responsabilidad sobre las palabras, las dichas y las calladas, las ciertas y las mentidas? ¿Qué coño es la sociedad? ¿Quién habla de raíces del hombre cuando se extirpan a diario por millares como mala hierba y casi nadie hace casi nada? ¿A quién le importa el destierro de los que escriben, el confinamiento de sus lenguas y sus pensamientos si el miedo nos hace obedientes y tan blandos por fuera como si no lleváramos huesos por dentro? ¿Nos limpiamos las gafas como hacen los ciegos, por si acaso estuvieran sucias? ¿Qué me importa lo que guste o no guste de lo que escribo? ¿Quién no se expulsaría a sí mismo algunas veces, quién no se apagaría sin dudarlo aunque sólo fuera por unos instantes, bendito Rimbaud? Se me pudren las noticias en las manos y el pescado crudo cambia sus aletas por un nauseabundo aliento de estercolero marino; se rumorea que no es más que el comienzo de una podredumbre universal que abolirá paulatinamente la lucha por la vida hasta dejarla en una tentativa de ducha por la grima de quitarse la peste de uno mismo. Luego cruzo el semáforo que perpetra este lunes y casi me atropella un sauce seco que se desangraba en el surco del carril-bus. ¡Qué desengaño descubrirse súbitamente estafado por la servidumbre del ser sin ir más lejos de serlo! Y luego el tren pasa a lo lejos, como una bestia que huye llevando en su vientre a esa pareja de pijos incongruentes con la realidad del sistema irreal que les traslada sobre unos raíles que se enroscan en sus piernas como sierpes de necesidad, íncubos y súcubos de la peor calaña que abusan de la posición dominante de sus tentáculos para jodernos a todos sin demasiada imaginación pero de forma contundente. ¡Y luego dicen de la coca-cola! ¡Será que se mata poco! Pero, por lo menos, que no se nos quede nada en el tintero o en el cuerpo, que no se nos vuelva espesa la sangre para que cuando los niños lloren, o El Corte Inglés se levante en armas, o la burbuja ecuménica estalle por su más tersa superficie, o el cemento almado hasta las ansias tiemble de tristeza, nos demos cuenta de que seguirán descojonándose como siempre los de siempre de los de siempre. Y que la poesía sea ritmo o rima o risa o acción o reacción o cambio o bala o crasa criba de criminales ¿a quién coño le importa salvo a cuatro perros verdes? También yo podría cagarmeenlaputamadredelmáshijo-deputadelosmortales... y luego ¿qué? Otro coche con otras luces acosándote, otro sándwich de polla de artista de a 1.000 €, otro logotipo pintado de ojo de gran hermano que lo jode todo, mucho parloteo y nada mejor que hacer, salvo quejarnos del hijo de puta que se lo lleva crudo, que se lo come crudo, que se nos come crudos tan callando. Pero, eso sí, ella, la pobre negra, que baje los putos pies del asiento, que deje de manchar con su presencia los doloridos antros de nuestro lumpen residencial. Ya leeremos para hacernos libros y hombros probos y baratijas, ya nos venderemos por un plato de lentejas, ya compondremos el cuadro universal de la falacia. Y cuando ya no sepamos si somos más o menos la mujer que termina el final de lo que acaba saldremos y llegaremos a la vez en el mismo tren que nos deja perplejos cada día… Por cierto, ¿por qué tantos trenes para no salir del libro? Quizá podrían engarzarse amatistas con el candor de lo cósmico que subyace en el estío, ese principio de incertidumbre que teje caries en el hielo de los polos, ese baldosín a contrapelo del buen gusto que desgracia una pared discreta con su color chillón, que parece un soniquete de los Pechosboys asesinando una obertura. Tal vez podría cocinarse un solomillo tan delicioso que derritiera los dientes del alicate más atroz, que ascendiera al firmamento con el fragor inusual de la santidad fileteada. Es posible, incluso, que la sílfide más prístina pasara por harpía ante lo arcano de su ambrosía. Acaso lo ignoto despierte la sed desmesurada por lo fastuoso, muela cualquier diagrama que marque su posición, astral o terrenal, y actúe como el botón de muestra de lo nuevamente cándido, como el resorte que dispare la beldad hasta aproximarla al otro extremo de las mismas heces, para caer luego en barrena en el estruendomundo. Después de todo, disfrutemos las molestias de vivir mientras dure la mentira de la literatura, mientras encontramos la persona que dejamos en ese pueblo perdido de la provincia de Cádiz que hubiera sido algo en nuestra vida si ella y nosotros tuviéramos una importancia biyectiva y las dualidades dejaran de ser poemas fáciles, si pudiera ser por un solo instante linterna de voces diversas para ciegos doloridos. Por pura poesía escribir C2H2 cuando lo químico sería C2H6, vamos, etano, pero quizá es que no lo entiendo. Pero confieso que roeré mi error con mayúsculas y negritas y versales de tomo y lomo y salvedades redundantes de erres ornamentales y retrógradas que ridiculizan el ruido recalcitrante del sacrificio de los palíndromos. Para que luego llegue un surfer de mierda y se camele la vida como a una niña tonta que bebió demasiado y no se le ocurre otra cosa que verse lista… Y no me consuela en absoluto pensar en lo que Neruda o Gonzalo puedan o no puedan hacer esta noche, al fin y al cabo yo haré lo de siempre, y la siguiente también y la otra y la otra, y aunque permute palabras ecolálicamente, aunque no atienda a su significado y rime pernil con mandril no cambiará nada, porque la vida nos pasa por encima como un camión sin frenos y apenas controlamos algo más que el puro proceso de la micción, y eso sólo hasta el punto exacto del no poder más. Pero, claro, si me fuera a morir mañana, si te fueras a morir mañana, no creo que yo escribiera ni tú me leyeras, es más, creo que ahora, que ambos sabemos que a lo mejor no nos morimos, en realidad estás pasando los ojos por las letras que yo he escrito,  eso lo puede hacer cualquiera, pero leerme, lo que se dice leerme… En fin, para rematar la puntada de oro, el chocolate del loro, hablar de la poesía que pudiera salvar el mundo, de los poetas que bajaron del Olimpo, de los que están o estarán en los cielos, de decir lo que no se sabe decir, de que se ponga en pie o que se acueste, la poesía no sirve para nada… Y por eso es tan bella, porque todo es poesía hasta que lo piensas, hasta que lo digieres, hasta que lo devuelves al  medio… Se me cae de las manos la misma violencia de creer que podría utilizarla para fines legítimos… Sigo con mi gilipollez de que el fin no justifica los medios, y debo de ser el único. Y vuelvo a pensar que con unos cuantos tiros en la frente –siempre cara a cara, por Dios, somos asesinos, pero no cobardes- hubiéramos evitado sufrir lo que sufrimos… Es ocioso poner ejemplos y, pensándolo mejor, es dudoso que alcanzaran las balas a cubrir tanta demanda. ¡Satán ora pro nobis, que Dios no nos quiere!

Fernando Lorente

 

 

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