Y recordar su infancia perdida en la inocencia:
aquellos prados, aquella aldehuela,
aquel manantial en que se lavaba la sonrisa...
Su madre trajinando en la cocina,
perdida en el resonar de los pucheros,
no tenía apenas más mañana que sus hijos...
Su padre, amable y silencioso, laborando el huerto,
con un honrado aroma a sudor y campo.
Su abuela, con los ojos ocultos en las arrugas del tiempo,
cosiendo al amor de la solana.
Todo duro pero sencillo.
Madrugar y trabajar con Dios de su parte.
Después las fiestas, y su devoción y derroche:
los músicos, siempre caros y reincidentes;
la zurra, con su deslenguado escanciar de las tristezas;
la vaquilla, terca y con más tablas que los mayores del lugar;
las chuletas en la cueva cavada
con sus propias manos
y el vino de la propia viña,
del propio esfuerzo,
con sabor a ambrosía
por más agrio que brotara.
Los domingos, siempre, la misa inevitable
por convicción y convención, como tantas cosas:
Las mejores galas, posturas, ademanes generosos,
los más tiernos propósitos apalabrados
con el cura en confesión
y olvidados a la siguiente alborada.
Fernando Lorente
(De Elegía del militante)