“No hasta que por fin me haya mordido” fue lo último que dijo riéndose, yo lo oí. ¡Y vaya si le mordió! ¡Le arrancó la cabeza de cuajo!
El policía no ha creído una sola palabra. Es comprensible, mi ropa está empapada de su sangre, la misma que aún gotea de mis labios.
Pero digo la verdad. Él sabe que cuando viene no puedo hacer nada. Que se enseñorea de mi voluntad. Pero me lo suplicaba desde hace tanto que bajé la guardia y ocurrió. Me dormí un instante y volvió con mucha hambre atrasada. Sólo le gustan las cabezas alegres. Ésta es la tercera.
Fernando Lorente
(De Entremundos)