Llegué pronto, fiel a mi proverbial puntualidad. Como si fuera necesario comprobar que las cosas seguían en su sitio. Y lo estaban. Todo limpio y ordenado. Todo perfecto. Verdes franjas de césped fresco y primorosamente recortado festoneaban las largas hileras de lápidas blancas. Muchas de ellas, coronadas por una sencilla cruz, parecían vigilar la soledad del silencio… No la vi hasta que estaba prácticamente a pie de tumba, debido a su cortísima estatura. Ahora ya es evidente dónde nos hemos citado. Un cementerio es un lugar tranquilo. Los muertos no son muy bulliciosos. Parece ser que tenemos que llegar a un acuerdo sobre el reparto de los bienes. Ya le dije que no tenía mucha importancia. Que hiciera lo que quisiera. Al fin y al cabo, ella y mis tres hijos tenían la última palabra.
Mientras la esperaba he contemplado la sepultura desde fuera, con otros ojos, como si no fuera la mía. Como si tuviera que encontrar argumentos para venderla. Es cómoda (llevo habitándola unos meses) y está orientada al sur, como a mí me gusta, sobre todo pensando en el frío del invierno. Serán por lo menos diez años los que pasaré aquí. Luego, si hay suerte y mis hijos están contentos con lo heredado, tal vez la compren. Pero bueno, tiempo al tiempo. Todo se andará. Hay que ver qué pasa con los otros ocupantes. Los sepulcros que están a ambos lados del mío han sido vaciados recientemente y todavía no tienen inquilino. Cuando sepa de quiénes se trata podré hacer planes de futuro. No me gusta estar a mal con los vecinos y las disputas me cansan. Ya discutí todo lo que tenía que discutir con mi mujer. Por eso nos separamos. No podía ser que nuestra rutina cotidiana se fundamentara en engarzar una trifulca con otra. Así que un buen día, tras una serie de algaradas de especial virulencia, le planteé que algo había que hacer porque, si no, acabaría cometiendo una locura. Ella debió de ver en mi cara que hablaba en serio, porque al poco ya me había buscado una habitación mugrienta en una pensión de mala muerte para que abandonara la casa, y en cuestión de unos pocos meses firmamos el divorcio… Pero ahora yo estoy muerto. No recuerdo nada absolutamente de cómo ocurrió. Sólo sé que Griselda se ha puesto en contacto conmigo porque tiene que darme un recado de mi ex. Soy todo oídos.
Me comenta que no ha sido posible ponerlos de acuerdo. Mis tres hijos querían vivir juntos hasta que Adela, la pequeña, fuera mayor de edad. Pero mi ex quiere vender la casa. Argumenta que es demasiado grande, demasiado sórdida y que las paredes rezuman malos recuerdos. Los dos mayores han acabado por transigir con lo de la venta de la vivienda, pero aducen que quieren rehacer su vida lejos, a ser posible en otro país, ya que no pueden cambiar de planeta, y que en esos planes no encaja su hermana Adela. Con el dinero de la venta, una vez liquidada la hipoteca, todavía les quedará a cada uno un buen pellizco, así que mi ex mujer quiere comprarse un piso más modesto y vivir a su aire. Y llegamos otra vez al tema de la pequeña. Nadie quiere vivir con Adela. Todos dicen que se parece demasiado a mí y que eso dificulta la convivencia.
Griselda me sigue poniendo al corriente con sosegada eficiencia: Me refiere con un tono neutro que ha hablado con todos y que, en realidad, el motivo principal de haberla contratado es que quieren que me pregunte dónde había guardado el famoso millón de euros que cobré por testificar en falso contra el alcalde, cuando trabajaba en el ayuntamiento de técnico municipal. Aquí sí que se me hubiera helado la sangre en las venas de haberla tenido. No sabía que fuera de dominio público. El caso es que cuando cayó en desgracia el primer edil -de hecho creo que aún sigue en la cárcel- y luego su partido perdió las elecciones, los remordimientos fueron tan grandes que me propuse no tocar el dinero… Pero, claro, ahora que caigo, le conté mi hazaña a mi ex un día de esos en que quedamos en el cuartucho de mi pensión para liquidar flecos pendientes y, sin saber bien cómo, acabamos enzarzados en una discusión que desembocó en un beso incongruente y enloquecido, que provocó unas prisas de ropa prácticamente arrancada, que degeneró por fin en el encuentro más salvaje que recuerdo. Me imagino que los dos estábamos tan necesitados de sexo como de compañía. Fuimos un roto y un descosido.
Pues eso. Siguió argumentando que con todo lo que se les venía encima les sería de gran ayuda contar con un buen dinerito para salir adelante. ¡Mira qué bien: yo criando malvas y ellos llorándome desconsoladamente…! Y… entonces se me ocurre la idea… Griselda puede proponerles un trato: si compran a perpetuidad mi sepultura, garantizando mi permanencia en el cementerio, yo les diré dónde escondo el bendito millón. Es una transacción inmobiliaria ventajosa para todos. Ella no se lo piensa. Me comenta que tiene autorización para garantizármelo… ¡Pues no se hable más!... Le digo que saque papel y lápiz y que anote la dirección de un banco y las claves de apertura de una caja de seguridad.
Griselda lo anota parsimoniosamente. Cuando ha guardado su cuaderno en el bolso, su actitud es distinta. Una sonrisa ilumina su cara y parece haber crecido. Sus gestos secos y rígidos se relajan y adquiere repentinamente aires de marquesa. Yo me preocupo. Parece que le acabara de tocar la lotería. Y en cuanto la idea termina de recorrer las cenizas de mi cerebro un escalofrío recorre el recuerdo de mi columna vertebral de arriba abajo: ¡Seré imbécil!... ¡Le acabo de regalar un millón de euros!... Y entonces ella se quita la careta. Se sienta tranquilamente en la losa de mi sepultura y me suelta su discurso:
--Ha sido un placer hacer negocios con toda la familia. He de confesarte que me costó lo indecible convencer a tu ex mujer de lo que le odiaba su hija. Claro, sólo se parecía a ti porque a ella no la quería, porque no creía que fuera su madre, quién sabe si tú no la cambiaste incluso en el hospital. Y acabó por creérselo. Una médium puede ser muy convincente. Es como si tú mismo -¿desde cuándo me tuteaba?- le hubieras dicho que era hija de otra mujer. Sí, ya sé que es difícil de creer, pero soy muy persuasiva. Así que la desazón hizo que recelara tanto de ella que empezó a vigilarla. Yo me encargaba de sembrar la desconfianza. Hasta que logré que creyera que Adela planeaba su muerte. La aversión que cultivé día tras día hizo el resto, y ella acabó por adelantarse. Una sobredosis de somníferos diluida en la leche que tomaba cada noche antes de dormir, una nota de suicidio, con una caligrafía magistralmente imitada, que dejaba patente lo insulso de una vida sin su amado padre, zanjaron el asunto a todos los efectos. Con este precedente resultó todavía más verosímil el suicidio de otra mujer destrozada, primero, por la muerte de su ex marido (padre de sus tres hijos) y, después, por la de su hija queridísima… ¡Ah, se me olvidaba!... Antes habíamos tenido una sesión de hipnosis muy rentable para mí. Ella había firmado un documento por el que me hacía heredera universal. Yo era la fiel amiga de la familia que se había mantenido a su lado durante estos meses tan duros… Así que sólo quedan tus dos hijos, pero ¡algo se me ocurrirá! Soy bastante buena urdiendo tramas… No tardarán en aparecer por aquí las dos mujeres de tu vida para bien o para mal. Y con un poco de suerte, hasta es posible que les asignen las tumbas contiguas a la tuya… Bueno, me voy, que tengo prisa por hacerme cargo de mi dinero. ¡Recuerdos a tus mujercitas! ¡Y a ver si ahora las cuidas mejor!
* * *
Efectivamente, a los pocos días, o quizás minutos, no sé bien cómo marcha ahora esto del tiempo terrenal ni conozco el trámite de la asignación de sepulcro, aparecieron las dos. Como era comprensible, les asignaron las tumbas que flanqueaban la mía, seguro que movidos por la delicadeza de mantener unido el clan... Y lo han conseguido. Por fin nos llevamos bien. ¡Ironías de la muerte! Después de aclarar el cúmulo de malentendidos atesorados, somos de nuevo una familia… He sabido por mi mujer –nos hemos vuelto a embarcar en una relación- que mi muerte fue causada por un atropello nocturno a la vuelta del trabajo. Parece ser que morí instantáneamente. El vehículo circulaba a grandísima velocidad. Un peatón que fue testigo del accidente declaró que lo conducía una mujer tan bajita que apenas asomaba por encima del volante, pero le que pareció que me arrolló a propósito, puesto que cambió de carril, aceleró para embestirme y, sin tocar en absoluto el freno, se dio a la fuga, todo en poquísimos segundos. No pudo ver ni la matrícula, ni la marca o el color del coche porque la calle estaba muy oscura. Y si advirtió los rasgos de la conductora fue porque circulaba con la luz de cortesía encendida… No sé por qué –bueno, miento, lo sé perfectamente- pensamos inmediatamente en Griselda. Ellas tampoco sabían qué les había sucedido. Hasta que se lo conté. Y nuestra opinión unánime es que tenemos que mantenerla ocupada haciéndole la vida más difícil. Y ¡vaya si lo hacemos! Lleva cuatro días sin dormir. Procuramos que no olvide que sabemos quién es, dónde vive, en qué trabaja y lo que ha hecho. Tiene ventajas para los cuatro que sea médium. La comunicación se hace mucho más fluida. Sus clientes ya se han dado cuenta de ello y han dejado de acudir a su consulta. A nadie le agrada que le rompan un jarrón en la cabeza o que le quemen la mano con su propio cigarrillo. Así que es cuestión de tiempo que se derrumbe y no tenga más remedio que cumplir nuestro recado. Cuando se lo confiese todo a mis hijos daremos por zanjado el asunto. No sabe lo feroces que pueden llegar a ser enfadados, sobre todo cuando sepan lo que les ha robado. Nuestra muerte no les preocupará en exceso –para qué negarlo, sólo se quieren a sí mismos-, pero lo del millón de euros es harina de otro costal. Mientras tanto estamos ansiosos por recibir a Griselda como se merece. Nos tiene que aclarar si entre sus aptitudes también entra la adivinación. Sólo por el prurito de cerrar el círculo y comprender cómo perpetró todo el asunto. Aunque si es así ya sabe lo que le espera. Pero como vamos a tener todo el tiempo de este mundo recién estrenado, es mejor tomarse las cosas con filosofía y no adelantar acontecimientos.
Fernando Lorente
(De Entremundos )