El albor mismo de la génesis lo grabó.
Inscripción sin letras,
sin palabras,
sólo geometrías,
sólo colores
antes del color.
Se nace, como todo, partiendo de la nada.
De esa que asusta tanto por ser
extremada entelequia incomprensible.
Y a las más altas cumbres de miseria
(querido Groucho) nos encaminamos
con soberbia excelsa y minúsculo equipaje.
Se llega a saber que no se sabe,
pero... ¡tan fácil se olvida la enseñanza!
Y aquí estamos:
un suspiro de centurias
colma mares de segundos
y como éramos seguimos:
dualidades sencillas
para mentes primerizas:
Bueno/Malo,
Blanco/Megro,
Mar/Desierto,
Caín/Abel,
Cigarra/Hormiga.
Con el transcurso del tiempo
inventamos crucigramas
y decimos sin sonrojo
que para llegar al ocio
se pasa por el negocio…
Y comprobamos asombrados
que los clásicos prefieren
ser cigarra antes que hormiga.
¿Por qué tamaña inquina
contra cualquier hedonista?
Infecundo tuercebotas,
manirroto reprobable.
La pobre hormiga acredita
lo vital del sacrificio
con la sangre humilde y roja
de todo insecto cantor.
Con el paso de los años
se enriquece sutilmente
y va cortando las manos
de tanta cigarra ociosa
-que cantar no es un oficio-
convertidas por decreto
en vagas y maleantes,
y disfruta con deleite
del sublime sacrificio
(ora pro nobis) que ocurre
en su altar particular
para consumo selecto.
Pero ¿en qué se quedaría
un extremo sin contrario?
Reverencio a las cigarras
por su constancia melódica,
por su fricción sistemática
y puede que licenciosa
de cualquier extremidad.
Me suena a música honrada
su menosprecio de corte
y alabanza de maleza
y envidio sobremanera
cualquier trago de su vino
o el aroma de sus rosas,
porque cuando no nos miran
todos nos vemos cigarras.
Fernando Lorente
(De: Veleidades de mi sombra)