Era lo peor de mí mismo.
Cuando conseguí expulsarlo
como un vómito callado
juré que nunca más lo albergaría.
Por eso yacía vulgar cadáver
entregado a la deshonra.
Como Antígona, pugné
por enterrarlo, y con la última
paletada las palabras se grabaron
lapidarias en el lugar arcano
donde debiera estar mi alma.
Y volví a sentir el terciopelo de la risa;
a pasear con las alas de Mercurio;
a sosegar mi corazón avejentado
con la añorada mansedumbre de los justos.
Desde entonces me arrepiento
de cada falsa expectativa
y también de todo el daño,
preguntándome por qué
lo que hace poco era cadena
ciclópea e insoslayable
ahora se me diluye recuerdo
casi legendario.
La respuesta a toda mi incertidumbre
se yergue con solo dos letras: Tú.
Todo el amor que desde fuera pueda
creerse inadmisible despilfarro,
pausadamente fue colmando el mar
con tando dolor que iba sepultando,
hasta alumbrar fructíferas praderas.
Plantamos la semilla del olvido
más beligerante y fiel que concebimos.
Creció fuerte y fecunda su cosecha.
Fernando Lorente
(De: Veleidades de mi sombra)