La oscuridad es el más dulce terciopelo.
Cuando el mundo apaga su voz al compás de tu pecho
soy imposible disfraz y detengo mis manos,
aletargo mis trampas,
reabro los pasadizos secretos a mi corazón
y puedes alcanzarme fácilmente,
incluso sólo con decirlo.
Y me quedo así,
desnudo de todo punto entre tus brazos,
a merced de tu osadía dormida que despierta.
Entonces soy yo en tus manos tibias,
suaves y voraces.
Y tú eres una ola blanca entre las sábanas de la noche,
una sirena cantando a la pobre nave vencida,
una tempestad calladita y firme
deshaciendo mi voluntad con tu formidable caricia:
no moverse,
no pensar,
sólo sentir.
Tu pelo es la más dulce oscuridad.
Ya envanecido por aromas de salvia,
etéreo me diluyo anudado a tu cuello,
susurrante en tu nuca,
devorador de tu boca y tus senos,
asediando tu espalda,
tus muslos,
tu vientre...
Y estás ahí,
promesa de dichas ignotas,
en precario armisticio con el afán de mis manos,
que ya son garras que acosan
tu enhiesta blancura y ruedan
por las suaves pendientes de tus valles
buscando el más tierno escalofrío
en tu recóndito silencio.
Entonces, a veces eres cruel:
te demoras en el beso merecido,
te recreas en mi nerviosa incertidumbre,
te sonríes ante el desamparo de mis ojos
que ya no ven,
colmados de la oscuridad de los tuyos,
para erguirte vencedora
y casi divina en tu dominación .
...Y al final todo estalla
como una noche hecha añicos por el día.
La oscuridad es el más dulce terciopelo.
Un rayo de luz,
aun fino como el borde de tu párpado,
es un sacrilegio intolerable.
Tú y yo,
enlazados en el reposo de noche,
somos cuatro pupilas ingentes y viajeras
soñando idéntico sueño.