A Federico García Lorca
In memoriam
Fue en aquella vereda,
más allá de los almendros.
Una detonación imperceptible
y el silencio acaparó su voz.
El campo fue estertor de su boca,
de bruces apoyado en amapolas,
y los insectos poblaron su cuerpo
en el festín de la carne y su ritual.
El atardecer fue testigo de su adiós
sin palabras, sin quejas, sin llanto:
Con un oscuro pensamiento de luto
entre los ojos se exigió valor
en lo hondo de sí mismo.
No escenificó
un perdón dramático a su verdugo:
aquel triste pelele
cumplía su cometido
con precisión rutinaria:
le ofreció un pañuelo,
la gracia de implorar
un último deseo...
Pero su mirada indiferente
se distraía en el degüello del sol.
Y murió el poeta,
quedamente,
con una esperanza indolora en su garganta.
Fernando Lorente
(De La miel y la hiel)