Encrespado y lunático pierdo todos mis nortes,
engaño a los que me aprecian, traiciono lo que defiendo.
Me deshago de angustia y me busco a mí mismo.
Me arrepiento con creces de mis soles diversos.
Añorando el misterio de tus ojos tan tristes,
arpegiando mil dedos de caricias contigo
rememoro aún indemne mis manos en tu pecho,
tus piernas en las mías enredadas, sintiendo.
Apareces etérea, poderosa sin duda,
Minerva vengadora de inteligencia toda,
toda tú voluntad, indiferencia, escarcha,
huidora de besos, partidaria de sombras.
Encelado en mí mismo como un perro sin amo,
sin collar, sin bozal o diccionario de vida,
no comprendo tus ansias de dejarme sin besos,
de arrastrarme al abismo de los mares inciertos.
Recupero de un golpe dos millones de nadas,
como si pudiera acaso escribir tu silencio,
como si pudiera, a besos, derrotar el olvido
que toda tu presencia edifica en tu ausencia.
En el cuadro en que yaces eres polvo y olvido,
tentativa frustrada de verdor en los labios
que me dicen, me miman, me iluminan y empujan
a tenerte en mis manos y no en un lienzo vano.
Fernando Lorente
(De La plegaria de las piedras)