IV
¿Qué buscas?
Un augurio acorde con mi destino.
¿Qué destino?
Devorar la más íntima de tus ansias.
¡Qué crueldad!
Tú me piensas y respondo.
Tú me temes y atenazo.
Tú me adoras y me crezco.
¿Cómo había estado tan ciego?
A mi memoria acudían en tropel
los funestos profesores que habitaban
mis peores pesadillas:
volvían a ostentar su poder invulnerable,
imponían su criterio con el palo o con la regla,
nos crucificaban con la razón de la fuerza...
Y aunque alguno iluminó mi vida con un limpio afán,
los infames hicieron su trabajo con holgura...
y tuve miedo.
Después se dieron cita
los taimados religiosos
de hábito de diversos colores,
mano desmayada o volandera
-¡qué más daba!-,
aficionados al pellizco,
a la sospechosa cercanía,
a la carne pecadora,
al exterminio de la dicha,
a la amenaza constante
del sufrimiento eterno.
Y aunque alguno conocí que fue piadoso
el trabajo estaba hecho: de tal forma lloré mis pecados...
que temí a Dios.
También se apresuraron a acudir
los más torvos policías:
reencarnación de la sevicia elemental,
realidad prevaricada y flagrante,
victoriosa y resumida
en presunta culpabilidad
de todos los delitos existentes.
Y aunque alguno honesto y bondadoso
se cruzó en mi camino justamente
la legión que se lustraba el correaje,
se bruñía las hebillas con deleite
y con sus botas nos pisaba el corazón
alcanzó su afición primera...
y temí a la autoridad.
Pasó mucho tiempo hasta que mi razón
decidió de manera irrefutable y necesaria
el olvido de casi todo lo aprendido,
el valor de sentirse ella misma en lo posible
y nada menos,
abjurando
de la culpa que engendra rencor,
del odio tan querido al envidioso,
de la humillación inveterada del sumiso.
Y cuando por fin me tropecé con sus ojos
engullí sereno el reflejo engañoso de su ansia:
comprendí que el temor al miedo es un círculo vicioso.
Fernando Lorente
(De Tentativa del hombre sin miedo)