Mi madre se ríe azul.
Eso nos cuenta mi padre.
A mí, además, me dice
que acabará devorándome
porque soy de color verde:
luego me zampa jugando,
me cosquillea la tripa
y no paro de reír…
¡Claro que me gusta el verde!
¡Sabe a Bazoka de menta!
Y también me gusta mucho
a lo que huelen mis padres:
Mi madre huele a sus mimos,
a pechos grandes y blandos,
a cama blanca y caliente.
Mi padre huele de lejos
a aguabrava y fortaleza,
pero jamás a sudor.
Y ahora ya no escribo más
que me tengo que ir al cole
a perder un rato el tiempo…
A todos mis profesores
no les preocupa otra cosa
que saber lo que me gusta.
Les digo: “las gominolas,
una guerra de romanos,
correr loco por la plaza,
una pedrea tremenda,
las tartas y los pasteles…”
Y ellos dicen: “después de eso”.
Como sé que siempre están
pensando en lo mismo, digo:
“pues que me besen las chicas”.
Y ellos “no, tonto, después”.
“¿Cuánto después?” les pregunto
sin comprender lo que quieren.
Ellos se parten de risa
y vuelven a las andadas:
“¿qué quieres ser de mayor?,
¿en qué vas a trabajar?”
“¡Ah! Era eso… ¡no sé!
¡Sólo de lo que me guste!”
“Pues di algo, calamidad”,
Y esperan que abra la boca.
Por fin arranco y no paro:
“Pues piloto de combate,
o médico, o arquitecto,
o escribir esas novelas
tan largas que leo a mi padre,
o pintar cuadros de ciervos,
o viajar en el Nautilus…”
“Vale, vale”, me responden.
“Y de todas… ¿cuál es la que más?”
Me lo pienso un poco, pero poco,
y respondo: “Seguramente oculista,
para ser mejor que don Gustavo,
que no sabe hacer ver a mis padres”.
Y ellos se quedan contentos.
Yo salgo al patio pitando,
tiro el pan con chocolate
y me aúpo hasta lo alto:
¡Soy el rey de la montaña!
Fernando Lorente