Sucumbo ante la estampa amortecida que me abrasa
de amor por esa niña ajada que me ausculta
con su ademán sumiso de muñeca rota
y luego arranca mis párpados de cuajo
sin perder la sonrisa dura y repentina.
Me incrusto en el dolor como el cuchillo
salvaje de la inquina primigenia.
No puedo reprimir su filo ni contradecir
la verdad que cercena los engaños:
la foto reverbera en mi retina.
Fernando Lorente