Infanciedades IX

by Administrator 7. julio 2010 07:31

 

En mitad de la encarnadura pura de su carne hice una parada técnica. Había un lunar

allende los mares de su mirar que se encrespaba entre mis dedos colegiales -mas expertos

en eso de tocar, que de casta le viene al galgo aunque esté mal pregonarlo- y luego enlaciábase

mayestático y abandonábase renuente a mis lascivos labios infantiles. Por aquel entonces yo calzaba

manos de sabañón, lucía rodillas desconchadas y los zapatos me duraban ilesos apenas un respiro

entre piedra y tropezón. Pero tenía encanto para las chiquillas y me perseguían vaya usted

a saber por qué. Probablemente porque les gustaba mi lengua y los derroteros que tomaba

cuando pretendía  cuidar de su saliva... ¡Qué juegos aquellos!

 

Así que planté tienda y defendí el pendón de mi delicadeza lingual en múltiples consultas sin malicia,

pero los hermanos mayores veían lúbricos menesteres de la carne donde yo sólo admitia camaradería

y las consecuencias eran contundentes e inexplicadas,  por lo que los chicos me rehuían

-para que no les zumbaran también la badana- pero las chicas acudían en tropel como a la miel las moscas

llevadas por la instigación impúber y tan rebelde de “si le sacuden es que es malo y eso me gusta”.

Se forjó entonces la mínima leyenda que me aún me adorna de desenvolverme mejor entre mujeres

y lo más probable es que sea cierto, aunque a estas alturas carezca de importancia.

Fernando Lorente

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