Asomó con curiosidad imparable

by Administrator 11. enero 2012 02:09

 

Asomó con curiosidad imparable.

Las diecinueve cincuenta y todo él ojos

‑perplejos, espantados, atónitos-

que olvidaban la traslúcida oscuridad 

de su mundo amniótico.

La premura rítmica de su madre

se agolpaba tras él y le proyectaba

envuelto en el manto de la vida

libre, roja, caliente y umbilical.

 

Afanada en el esfuerzo,

extenuada sin percatarse todavía,

lo contempla con cara única, irrepetible.

Yo los veo allí, juntos y hermosos,

lo mejor de mí en el regazo del parto.

 Y la charla del médico,

del amigo médico,

que te recompone con un cariño inefable,

que juega a tranquilizar con la broma adecuada,

con la justa medida de lo que puede decir,

sabiendo insinuar y callar con magistral discreción.

 

Luego te va raptando

Morfeo

pausadamente

‑celoso y profesional‑,

y  yo,

tan solo

ante el miedo a tu profundo sopor

y la extrema  palidez de tu rostro,

busco respuestas que aplaquen

el pánico que trastorna mi plegaria.

-‑¡Tranquilo, todo va bien!

            (¡Qué frase maravillosa!

            ¡Las palabras pueden ser

            lo más hermoso del mundo...!)

Entonces te dejo dormir y me vuelvo a verle.

 Ahí está diminuto

y ya sufriendo a manos de los hombres:

            pesado,

            medido,

            palpado,

           estrujado con rigor científico

           y envuelto

           en la sirena 

          de su propio llanto.

 Me desespero con las ansias de cogerle en brazos,

de besarle con la intensidad de nueve meses de espera,

de llevarle en volandas al lado de su madre

acariciando su piel recién estrenada.

 Por los pasillos del hospital,

sobre tu vientre aún abultado,

viaja con la cabeza erguida

venteando el universo.

No ve más que luz ‑creo‑,

tan distinta de su oscuridad.

No oye más que el fragor de la premura,

pero nosotros no podemos hablar,

sólo miramos.

 

Y, por fin, llegamos a nuestra habitación

‑de inmediato  nuestro hogar en miniatura‑.

Él es un fisgón impenitente

y observa inquisitivo,

atendiendo a las voces

con una aplicación admirable.

 Me arremango la emoción y lo sostengo:

tiene la piel suave,

sonrojada,

recubierta de pelusa de algodón

como un fruto atónito e inquieto

recién caído del cielo.

 Yo tengo el corazón en los mismos labios...

Y no soy capaz de otra cosa que

abrazarte,

besarte,

dejarte descansar...

y luego mirarle en su cuna mínima

levantando su cabeza

y proclamando su deseo incuestionable de vivir.

 Y pienso

‑¡loca esperanza!-

que el mundo es desmesuradamente bello.

Fernando Lorente

(De La miel y la hiel)

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